Hoy hace 12 años que llegué a Tumblr. 🥳

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@maquinolandera
Hoy hace 12 años que llegué a Tumblr. 🥳
Birth of god
Bajo la sombra
Mi vecina se ha inventado un enemigo para poder dormir. Ni pastillas, ni la tele, ni contar ovejas. El enemigo es su mejor somnífero. Lo alimenta de sombras hasta quedarse dormida, y como todo enemigo es malo: ella es buena; y los buenos no tienen culpas. Poco importa el enemigo si puedes dormir, poco importa si le puso mi cara o la de un tipo cualquiera. En el duro sol el enemigo imaginario le da sombra porque de noche todo es sombra, ella se cobija en su sombra y oculta en él su propia sombra.
Tarde se aprende lo sencillo
La función empieza a las 7:00 P.M. Mientras llovizna me fumo un cigarrillo y entro faltando quince minutos. Asiento D5 para la obra teatral “El silencio”. Única función, todas las butacas vendidas. La mitad del público está por llegar. Una silla cómoda me recibe, miro a mi alrededor a ver si reconozco a alguien: ninguno; pero al buscar en las caras húmedas de la gente me percato que todos los presentes han venido en parejas, parejas solitarias o pares de parejas, pero parejas todas, excepto yo. La obra no es romántica ni nada parecido tengo entendido, aunque no sé de qué va exactamente, pero ¿por qué en parejas? Quizá luego se equilibre la cosa, o se desequilibre porque seríamos impares, son doce las sillas de mi fila en la nave central. ¿Qué pasa si todos en mi fila vienen en pareja? ¿Alguna se sentará en diferentes filas? ¿Mi soledad desequilibra este lugar? Ojalá otro solitario nos complete.
De repente una voz femenina: —primer llamado.
La gente se apresura a entrar a sentarse. Unos ancianos diagonales a mí se preguntan si le dejaron comida a su perro. Atrás hablan sobre líos de oficina. A uno solo le resta escuchar conversaciones ajenas.
De nuevo la voz: —segundo llamado.
Disminuye la intensidad de la luz hasta casi apagarse por completo. El silencio revela el propio latir y la saliva que baja por la garganta. Todos miran el telón cuando es iluminado por un gran reflector de luz circular. El telón pesado no se mueve, parece una fotografía, nada se escucha tras él. Las expectativas crecen. Es un telón rojo sangre aterciopelado lleno de pliegues que miramos con minucia. Luego empiezan a mirarse de reojo unos a otros, y a las otras parejas. Pasan los minutos y se miran sin disimulo, como preguntándose lo mismo. Corre el reloj varios minutos y el murmullo muta a una libre conversación de tono quejumbroso.
Un señor regordete empieza a aplaudir y a chiflar muy fuerte, entonces los demás le siguen y aplauden, hasta que pasa todo un minuto entero en ello y el telón no se abre ni nadie aparece para explicar la tardanza. El señor regordete sale del teatro hasta la recepción, luego vuelve diciendo — No, no me dicen nada, que nadie sabe nada—. Son las 7:40 P.M. El regordete se vuelve a sentar de un tirón. La gente sale y entra del teatro hacia el recibidor para comprar chucherías y hablar de naderías. Luego el regordete arremete otra vez — devuélvannos la entrada—. Muchos le siguen también. El sonido de la gente abriendo bolsas de comida y masticando raudamente. Creo que en cierto modo disfruto esta vivencia grupal sobre al agravio de la tardanza. Quizá estoy saturado de lo ficticio.
El señor regordete cansado ya de gritar se levanta iracundo con su tímida pareja en dirección a la salida. De repente en el sombrío recinto cae una segunda luz, más pequeña pero de igual intensidad que me baña por completo. La señora tímida hala a su marido regordete, me señala y se detienen a verme bajo el dintel de la salida a la antesala. Esa luz solo me ilumina a mí y a nadie más en el lugar. Mi corazón late cuál solo de batería, todos, absolutamente todos me miran, desde los palcos hasta el anfiteatro, incluso gente de atrás se pone de pie para alcanzar a mirarme. Miro a mi alrededor encogiéndome de hombros sin saber qué decir, y aunque ya lo sé no me salen las palabras. Respiro hondo y le musito a la pareja de al lado— No sé nada— negando con la cabeza lentamente. Pero no dejan de clavarme sus miradas, siento sus acechos clavados en la nuca, como un toro en el ruedo. Me aguardan como si yo fuese el inicio de la obra.
Pasan varios minutos quizá solo eternos segundos y me pongo en pie, debí traer una mejor camisa. Miro directamente a la luz como para inquirirle su mirada pero me cega en un periquete. Todos tienen mayores expectativas que cuando bajó la primera luz bajo al telón porque ahora esa luz tiene voz y rostro. Cuando me repongo, le digo a la gente. —No sé nada, soy alguien del público como todos ustedes. — ¿Qué dijo el chico? — pregunta alguien. Otro grita —Que tampoco sabe nada —. Muchos comienzan a reprenderme — ¡mentira!— ¡habla! Entonces me hago a un lado de la luz dejando la silla vacía e iluminada.
El señor regordete volvió a sentarse, me examina con los ceños fruncidos y con minucioso detenimiento, lo que hace que tiemble aún más. No tengo donde sentarme, entonces bajo por el pasillo hacia el escenario para recostarme en el proscenio y todos me siguen con la mirada. Me siento en el suelo y una señora de la primera fila me dice — Será mejor que comiences—, entonces me levanto enojado y le digo —Sí, será irme, porque no sé nada, ¡nada! — pero no quiero irme, quiero saber cómo acaba esto, y ya de pie encuentro penoso volverme a sentar, entonces camino en el proscenio y me subo al escenario, necesito demostrar que no hago parte de la obra, pero sobre todo necesito respuestas, ¿por qué no empiezan? Ya ha pasado una hora.
Camino por el escenario lentamente, miro fugaz al público y descubro el telón para pasar tras él, pero lo que veo, lo que veo me deja encandilado: es la obra de teatro desarrollándose. Las bailarinas más hermosas bailan con tanta gracia, como ninfas alseides, de una belleza tal que incitarían los celos de la misma Afrodita. Bailan como si levitaran, sin provocar siquiera ruido, solo avivan melancolía. Nadie habla, todo se narra con los gestos, la utilería y las luces. Bruma traslucida es cubierta por luces lívidas. Y sus vestidos, sus vestidos, y los colores, los colores, y los trajes, los trajes, ¿el escenario es acaso posible? Es Eros clavándome una flecha cada que vislumbro cada detalle. Camino al borde del escenario para ir tras bastidores y me encuentro un tipo robusto que sin mediar palabra me niega el paso, entonces regreso al telón, a seguir maravillado con la obra, de repente me acuerdo nuevamente del público y traspaso el telón.
—Señores, señores, la obra se está presentando — me doy cuenta que poco menos de la mitad del público se ha quedado. — ¿cómo así? —Dice alguno que queda — ¿detrás del telón?— a lo que asiento con la cabeza diciendo entusiasmado — Sí, así es, acérquense y véanla ustedes mismos, no les miento— entonces muchos de los que quedan terminan de enojarse aún más y expresan — ¿cómo es posible? Qué falta de respeto, qué locura — y tiran los folletos arrugados al escenario, otros muy pocos se acercan por curiosidad, suben, y una vez que develan el telón se quedan pasmados. Entonces se sientan en las tablas como niños pequeños a observar lo que resta, los viejos se sientan como pueden y la docena de público se rinde ante lo bello y lo triste.
El pequeño grupo y yo salimos del teatro, y en el recibidor la taquillera corre a decirnos — Faltaban ustedes, estamos devolviendo el dinero de la entrada— pero todos sin pensarlo se niegan a recibirlo. — ¿Es cierto que es la única función? — pregunta alguien. —Me temo que sí, sólo hacen únicas funciones, mañana los actores volverán a su país— Todos salimos afligidos al no poderlos ver por segunda vez. Penados de no haber visto la obra por completo. — Gracias, adiós— dicen. La pregunta que nos ronda a todos al salir es ¿por qué nunca se abre el telón? ¿cómo saber que la obra ha comenzado sin nosotros?
Paso el dintel de la puerta principal, ya hay un montón de gente haciendo fila para la siguiente función. Busco el encendedor en mi bolsillo y encuentro también la boleta de entrada. Asiento C7 para la obra teatral “El silencio”, única función. La función empieza a las 7:00 P.M. Mientras empieza a lloviznar me fumo un cigarrillo, entro faltando quince minutos.
Manos frías
Soy la mano que cierran los ojos de tu cuerpo, y tú las manos que esta tarde abrocharon mi vestido. Somos las manos que adornamos, las manos que saludamos, las rosas rojas que lancé, la espina en mi dedo, la copa que quebré, las cartas que escribiste, las manos que a mi padre pediste.
Soy las manos que sanaron tus heridas y los rasguños que he dejado en tu espalda.Eres las manos tirando las cartas, una noche de teatro de sombras, la línea de tu vida acortada, meñiques de promesas pactadas. Somos las manos que juntamos en un parque, el beso apoyado en el buró, las manos que juegan con el cable, el teléfono que discaste, los números que mi mano apuntó.
Somos las manos que se estrechan. Los dedos que juegan con mi pelo al verte, mi mano estirando mi falda deshecha, tus manos frotando tus borrosos lentes. Somos las manos bailando, mis dedos revolviendo la bebida. Eres las manos que metiste al fuego, soy las manos que contienen tu vida.
BIOPIC
Conocer a alguien es como ver su película, como ver su biografía en cartelera. Los avances revelan muy poco de su historia, solo has escuchado rumores de su trama. Es una historia que nunca termina, es insondable, infinita… y revelado el drama te habla más sobre ti mismo que ella a sí misma. Como un espejo, como una luz proyectada.
Muchos prefieren por sobre todo la comodidad. Para ellos hay películas que ofrecen un asiento ergonómico, aterciopelado, reclinable, palomitas de maíz dorado con sirope y gaseosa, o una narrativa fácil conforme a las ganas de un domingo por la tarde.
He puesto tantas expectativas. Suelo querer adivinar finales pero no hay final, solo el que le das. La mayoría de personas terminan distrayéndose de la pantalla o cuando llegan los nudos se salen de la sala. También sucede muchas veces que las películas más intrigantes son las más difíciles de ver, las más grises, las más viejas, proyectadas en cines baratos de sillas raídas. Pasa a veces pero tampoco es la regla, la única regla es que nunca sabes qué va a pasar en la siguiente escena.
Mi vida es una mezcla de géneros, una tragedia en la mañana, un drama psicológico en la tarde, un musical en la noche. Un domingo cualquiera puede ser una película muda a blanco y negro, y si no tengo un conflicto con el mundo lo tengo conmigo mismo. Mi vida está atravesada por tramas sobrepuestas. Inicios, nudos y desenlaces se cruzan todo el tiempo. Sé que ahora estoy en el inicio de algo y estancado en el nudo de otra cosa, y por ahora nada bueno desenlaza. Trato de forzar finales pero terminan abiertos o colgando de un acantilado para siempre, y cuando busco la tranquilidad del statu quo aparece una femme fatale en la mitad de la trama.
Maquinolandera
LUCERO
Bajan del taxi dos piernas veladas sobre tacones negros. Es una joven esbelta de finos rasgos llamada Diana. Cierra la puerta al salir, baja su falda y camina hacia la puerta del edificio. Se agarra de la baranda para no tambalear y llega al último rellano. El taxista espera a que encuentre las llaves en su bolso y cuando por fin las encuentra lo mira sonriente y las bate en el aire, el taxista sonríe y se va.
Sube por el ascensor, son doce pisos y se queda en el sexto. Entra a su apartamento cansada y somnolienta, tira su bolso desde lejos en la mesa del comedor pero este se desliza por el vidrio y cae al suelo, entonces con pereza lo recoge y lo coloca en la mesa. Se sienta en la cama en pijama con la mirada perdida en el horizonte, son las 12: 34 A.M. De la mesita de noche saca los utensilios para desmaquillarse, entra un viento frío por la ventana y se acerca para cerrarla. Es una noche solitaria y estrellada, mientras con la esponjilla se limpia el cutis observa por la ventana, de repente ve algo en el edificio contiguo que la deja atónita, es la silueta de una joven que está sentada al borde del edificio como buscando suicidarse.
Sin saber enseguida qué hacer, se pone un abrigo, toma las llaves y sale del apartamento. Sale del ascensor en el primer piso y se palpa el abrigo, piensa —El celular — La puerta del ascensor se cierra entonces sigue caminando. Sale a la calle y mira hacia los edificios, no hay nadie en las calles, alza la mirada y ve a la chica sobre el pretil mirando el precipicio y entra en aquel edificio abandonado. No hay ascensor, sube por las escaleras rápidamente y llega a la azotea al abrir la puerta roja. De espalda está una adolescente agraciada que se cubre con una chaqueta negra, sus cabellos pintados de rubio se agitan en el aire y su rímel corre entre sus lágrimas.
— Hola — saluda Diana y la chica se voltea a verla. Diana vuelve a decir.
— Hola ¿qué estás haciendo aquí?
La joven la repara de pies a cabeza lentamente y luego mira el firmamento.
— Miro las estrellas ¿no son lindas? Desde acá son solo luces pero te ponen a pensar— se limpia la nariz.
— Sí, es cierto — dice acercándose lentamente a la joven — por qué no bajas mejor y las vemos en un lugar más seguro.
La joven se seca las lágrimas y la mira fijamente a los ojos.
— No hay lugar para mí en este mundo.
— Claro que tienes lugar en este mundo, en este mundo caben como un millón de personas más y todavía queda espacio. Tan solo en esta azotea caben como veinte.
La chica sonríe. Diana también le sonríe y le extiende su mano.
— Bajemos y hablamos.
El silencio se apodera del momento. Ambas se miran.
— ¿Cuántas semanas tienes? – dice la joven mientras le mira el vientre a Diana.
Diana queda desconcertada ante la pregunta y se recuesta al pretil.
— ¿Por qué sabes que estoy embarazada?
Le vuelve a ver el abdomen,
— ¿Dos? ¿tres semanas?
Diana asienta con la cabeza y se queda pensativa.
— Tres.
La joven también asienta con la cabeza y le dice.
— Sólo quería verte y que me vieras.
Diana confundida frunce el ceño.
— ¿Por qué sabes que estoy embarazada? Nadie lo sabía.
La chica mira a Diana y luego la puerta roja de donde entró a la azotea.
— Si sales por esa puerta no tendrás que ir mañana a esa clínica y despertarás sin embarazo pero si salimos juntas nos veremos en unos meses.
Diana se lleva las manos a la boca desconcertada mientras no le quita la mirada de encima.
— ¿Quién eres?
Diana se lleva nerviosa las manos a la cara, al cabello y la mira.
— Ver las estrellas te pone a pensar ¿no? — susurra la joven.
— ¿Por qué querías verme?
— Lo pedí porque no lo has pensado mucho, necesitas perspectiva.
Diana se lleva la mano a la frente sin saber qué decir.
— Tranquila — dice la joven con la mirada seria y gacha — si decides salir sola por esa puerta no recordarás nada de esto en la mañana y podrás seguir con tu vida.
Después de un silencio Diana llora y le dice.
— Es muy difícil tener este poder de dar vida, que ni siquiera entendemos cómo funciona, pero sabes, también quiero hacer otras cosas en el mundo además de ser madre, y respeto mucho, muchísimo a esas mujeres que eligen ser madres pero siento que yo no soy esa persona.
— Lo sé. — La joven frunce el ceño — Te confieso que solo quería esto porque estaba enojada contigo, y quería que al menos me miraras a los ojos mientras te fueras por esa puerta.
Diana ahora mira la puerta de salida, entonces mira la ventana de su apartamento. Allí está Diana medio desmaquillada durmiendo en su cuarto.
— ¿Qué quieres? — pregunta con ternura Diana.
La chica mira el horizonte y vuelve a verla.
— Quiero nacer, quiero vivir, pero si no es contigo me van a conseguir otra mamá con el tiempo. Entiendo bien que no me quieras, o que no me quieras ahora, en este momento, y está bien, estás en todo tu derecho porque lo que matas es sólo un cuerpo, no un ser humano, yo soy el ser humano.
— Ya no sé lo que quiero, la verdad. No había pensado mucho en esto porque tenía miedo de dejar crecer la idea de tener un hijo, una hija, porque esto interrumpiría muchas cosas en mi vida.
— Entiendo.
Diana se acerca un poco más a ella y le sonríe.
— Te pareces mucho a tu papá.
Ambas sonríen. La joven mira la puerta roja, Diana la mira también. Suena en todo el edificio un sonido repetitivo, aturdidor y agudo.
El sol se mete por la ventana abierta. Diana se despierta en su cama con la esponjilla en la mano y detiene la alarma que suena a las 6:00 A.M. Entonces se despereza. Se cepilla los dientes, se baña. Se sienta en la cama ya cambiada con la mirada perdida en el horizonte y empieza a maquillarse.
Sale del edificio y hay algunos curiosos en la calle de al frente, un celador está recostado en la fachada del edificio viendo la situación.
— Hola Juan ¿qué pasó allí?
— Anoche una joven se suicidó en el edificio abandonado.
— Qué triste — dice acongojada.
— Sí, estos jóvenes de hoy en día.
— Nos vemos Juan, se me hace tarde.
Diana se coloca sus gafas de sol.
— Nos vemos señorita Diana.
Diana mira el tumulto y sigue caminando, se pierde entre los transeúntes.
X�_���$
Mestizo Carnívoro.
No hay una raza superior, y si la hay yo no la soy. Hay quienes nacen y quienes se hacen, también están los que se quedan como son pero no esos valen la pena. Para cuando me termine de hacer ya estaré viejo pero naceré hecho en la próxima vida, entonces tendré un nombre estúpido, me llevarán al veterinario, comeré brochetas de carne, engordaré, y no haré nada, que en cierto modo es quedarse como se es, pero ya estás hecho, hecho y derecho; mientras tanto me la paso de caza todo el tiempo, cazo el tiempo a mi favor, los días de perseguir llantas de carros se acabaron.
Camino por el calor de una calle sin asfalto y en lo único que pienso es en una sombra, en un charco, en una fuente de agua. Jadeo debajo de un cacharro y me molestan las moscas, malditas moscas —Grrrr—. Camino a la playa, me revuelco en la arena mojada y se me va el día entre turistas embarrados de crema, sudor y grasa. Lamo las nalgas bronceadas y redondas de una turista, saben ricas, se asusta la tonta y se echa a reír. Anochece y las calles nos las tomamos los salvajes: los gatos, los perros, las ratas, los delincuentes.
A las basuras de los ricos del pueblo les pusieron canastas metálicas, la mejor basura era la de los Benavides, despilfarradores, políticos tradicionales en el poder, sin su basura la cosa se pone mala. Deambulo por los estaderos en la noche para encontrarme con mi amigo, yo le digo Pobre diablo de cariño, es un tipo solitario que va a La Sabrosa, una taberna diagonal a la gallera. El Pobre diablo se sienta en la barra día por medio a tomar, a mirar la nada y con cuidado ceremonioso le quita la etiqueta a las botellas de cerveza y con ellas hace origamis, ¡qué mierda de entretenimiento! yo de tener manos me la jalaría a toda hora.
Con Pobre diablo tengo una especie de convenio. Yo lo espero a que termine de beber sus cinco a seis cervezas, pague la cuenta y salga a saludarme. Espero a que compre un pincho de carne del que me da un pedazo y nos vamos despacito hacia su casa, él armado con el pincho de madera cual puñal para que no lo ataquen y yo armado con mis dientes de hueso afilado. Una vez un maleante se acercó para robarle sus tres pesos pero salté y le mordí el talón, él, borracho y tambaleando lo pinchó en la barriga. Los vecinos llamaron a la policía pero no los esperamos. Desde entonces es mi colega, o más bien mi cliente y al llegar a nuestro destino me da el último pedazo de carne de gato sazonada y entra en su pocilga de mala muerte.
Lo espero en la taberna otra vez y otra vez lo acompaño hasta a su casa, esta vez le huelen las tripas y no es un daño estomacal, cierra la puerta y me voy, siempre es así, nunca entro a su casa, es una relación estrictamente profesional. Nosotros los perros tenemos el poder de oler de todo, la mierda por ejemplo dice mucho de uno, dice del amor, de la felicidad y hasta la muerte que se aproxima. Camino hacia el parque principal y veo a un vagabundo arrastrando un saco lleno de porquerías, para los perros los vagabundos son como otros perros, por eso les ladramos tanto o andamos con ellos en manadas, pero sobre todo los odiamos, son como perros que no saben ser perros, están así por un maleficio.
Llego a la taberna La sabrosa pero esta vez no veo a Pobre diablo, hay un aviso fúnebre en el poste de la taberna y supongo que dice: Se murió Pobre diablo. Qué triste, pobre Pobre diablo, ya no comeré pinchos de carne gatuna cada dos días. Estoy jodido, sin buena basura y sin el trabajo de Pobre diablo. ¡Mierda!
Ya no recuerdo la última vez que comí carne. Saboreo mierda verde de bebé en un pañal roto, este bebé no aprovechó muchos los nutrientes y la comida le pasó intacta, rico, pero nunca sabrá igual a la carne, adoro la carne. Llego a la carnicería y el dueño me echa, ¡erda! insisto y me tira con rabia lo primero que tiene al alcance, un hueso cartilaginoso, lo mejor que he comido en días ¡gracias hijueputa¡ A los humanos no les hace bien comer tanta carne, los pone de mal humor. Llega un camión con mucha carne del matadero, dos jornaleros descargan la carne que chorrea sangre y lamo un poco de esta en el suelo. Rica. Los jornaleros cierran la puerta trasera del camión y se embarcan. Entonces los sigo detrás. ¡No vayan tan rápido hijueputas! ¡Esperen! Voy corriendo a su paso mientras siguen transitando por las calles del pueblo pero el camión se desvía hacia las afueras donde la carretera es larga y no puedo seguirles el ritmo, pero mi olfato sí,
En pocos minutos llego a la finca de un ganadero que tiene tres perros grandes cimarrones cuidándola. Cuando uno es así de inteligente como yo es más precavido, es el instinto protegiendo el cerebro, no cobardía, sin embargo me arriesgo y me dejo ver y oler de esos brutos tras la reja, les muevo la cola y tras una espera me mueven la cola de regreso, deben de estar aburridos de jugar entre sí. ¡Los tengo bobos! Entro a la finca pasando entre las rejas porque soy así de flaco mientras que a esos perros fornidos no les entra ni una pata. Jugamos un rato, juegan rudo los tarados pero al rato me les escabullo para buscar carne. Me encuentro de pronto con los restos de las vísceras que dejaron de la matanza de hoy, son muy pocos pero son.
Me voy lleno de la finca y regreso sólo cuando van a matar reses. Los días de matanza de reses solo nos concentramos en comer, ni nos miramos y las tripas alcanzan para todos, suculentos intestinos, hígados, bilis, y hasta un par de veces me premia la buena fortuna con delicados fetos de ganado, sabrosos, terminamos con el hocico y las patas pintadas de rojo.
Me veo en el reflejo del estanque y no me reconozco, he doblado mi peso hasta parecerme a un hermano menor de esos atarbanes, pero la alegría no me dura mucho, los atarbanes se ponen cada vez más bruscos y al final del día me echan, dizque porque nunca me quedo a cuidar la finca, lambones asquerosos, de todas formas venir hasta aquí me toma demasiado tiempo y esfuerzo, entonces regreso al pueblo.
Los días se alargan pero las noches se acortan. Le hago cara de cordero degollado al señor de los pinchos ambulantes pero no me da ninguno, en la madrugada lo sigo hasta su casa con sus pinchos trasnochados y no me regala ninguno, maldito matagato. Imagino que los pinchos que están por dañarse se los da a sus lombricientos. Voy al asadero otra noche y ya hay varios perros expectantes por alguna sobra. En el restaurante chino nunca dejan sobras y la casa de butifarras a veces me da algunas podridas.
Son los primeros días de Mayo e inician las contiendas políticas, los Amarillos Benavides contra los Rojos Rojas; también están los Azules pero son ni fu ni fa. Los tres colores se pelean todos los años el poder, para mí son todos grises. Todo lo que sé de política lo sé por los viejos que se ponen a jugar ajedrez en el parque principal, nadie sabe que un perro callejero escucha de cerca conversaciones humanas.
Los Amarillos son los oficialistas de derecha, llevan tres periodos gobernando en la alcaldía y aspiran a un cuarto mandato, descarados avarientos. El primero de ese periodo Amarillo fue el papá Benavides, luego la señora de Benavides, después la hija Benavides y ahora aspira Benavides Junior. Por otra parte está Vito Rojas líder de la oposición, gobernaron dos periodos antes de los Amarillos pero como exclaman siempre — No nos dejaron gobernar—por cierto, son de izquierda. Los azules gobernaron una vez hace mucho y ahora participan por las sobras que dejen los demás, buscan favores políticos como puestos burocráticos o permisos especiales para los suyos. Es increíble todo lo que hablan los viejos en el parque sobre política, si hubiese un poder solamente de los ancianos este pueblo estaría mejor.
La política nunca ha sido lo mío, siempre busqué tamales y no me dieron ni uno, pero este año las cosas podrían ser diferentes. El pueblo hace meses empezó a recibir regalías por un viaducto de petróleo que pasa a las afueras y el poder se hizo más apetitoso que un asado con chimichurri. Ya están las calles inundadas de propaganda Amarilla, ellos marchan por el parque principal frente a la catedral y allí hablan de lo que han hecho en los gobiernos anteriores y la imperiosa necesidad de continuar su política Amarilla. Los ancianos del parque dicen que siempre hacen obras a medias para que el próximo candidato pueda ofrecer terminar esas obras, ¡qué cabrones!
Los amarillos tienen poder porque están en el poder, controlan a la policía y a sus funcionarios. Les prohíben a los trabajadores de la alcaldía, a sus familiares directos y hasta de segundo grado asistir a reuniones Rojas. Tienen saboteadores pagados para no dejar transcurrir manifestaciones públicas. Es decir, los tienen maniatados como a hayaca de carne desmechada.
Recorro aburrido las calles de los barrios bajos, no hay que quedarse echado por ahí. De repente percibo que huele a carne pero no sé de dónde viene, agudizo mi olfato, el aroma baja de los cielos como una luz divina, son unos hombres que hacen un asado en la azotea de un edificio de cuatro pisos. Como la cosa es de hambre me meto entre las rejas y subo lentamente por las escaleras hasta llegar a la azotea. Contemplo un asado de res y chorizo que deleita los ojos. Un hombre rollizo me echa al verme —Pase perro hijueputa —y salgo bajando por las escaleras dando trompazos, ¡Ussh, Gordo grasoso! Llego de nuevo a la calle y me quedo ahí tragando olor y babas. Tiempo después el Gordo me baja las sobras y se pone a fumar un cigarro en el andén, me ve comer y exhala.
La noche siguiente vuelvo a esa casa. Subo lentamente, asomo mi cabeza y el Gordo al verme se burla de mí, no sé de qué se ríe la bola esa, entonces me llama con un pedazo de chorizo y voy en el acto. Son tres hombres, el más duro trae un revólver, el flaco un binocular con el que vigila las casas y el Gordo hace el asado. El Gordo me da unos huesos con carne salada. Deliciosos. Me como hasta los tuétanos y las astillas óseas se me quedan en el esófago, toso, las muerdo y las vuelvo a tragar más finitas. Como hay camas improvisadas en la azotea supongo que esa gente se queda a dormir, yo también me quedo a dormir también esa noche allí, el asado puso el ambiente cálido. Por sus conversaciones me doy cuenta que son Amarillos, ellos le pagaron a todo ese sector para que votara por Junior Benavides y cuidan para que en la noche no llegue algún Rojo a querer comprarle a aquellas familias sus votos, por eso los comandos de vigilancia son secretos. Los Rojos no saben qué casa está siendo vigilada, pero sí saben cuál está comprada porque en su fachada tienen publicidad Amarilla.
De repente marcha por la calle un carro sospechoso, confirman entre ellos que no es del sector. El Gordo llama al comando más cercano para que venga a hacer refuerzo pero el Duro ya está listo para enfrentarlos. El Gordo y el Duro bajan y yo los acompaño. Es un carro de vidrios polarizados que anda lentamente por el sector ¿qué busca? Lo que no se le ha perdido. Siempre entre los vigilantes hay al menos dos que viven cerca y conocen a la perfección quién vive en su cuadrante y cómo son los carros que tienen, la mayoría de sectores no tienen ningún carro porque son sectores muertos de hambre. El Duro saca el revólver y les apunta desde el andén mientras avanza, es un carro de los Rojos lleno de publicidad que pensaban usar para empapelar algunos postes. ¡Ilusos! Los Rojos al ver al Gordo acercarse se dan a la huida mientras yo les ladro —Guau, guau— hijueputas. Llegan los refuerzos que ríen al verme ladrarles a los Rojos.
Fernando es el jefe de todos los comandos, el mandamás después de los Benavides. Ya los había escuchado recién hablar de él y al verme perseguirlos le caí en gracia. El hombre se agacha y me pone una pañoleta Amarilla en el cuello y me lleva con él a su comando en su camioneta, es una casa de tres pisos a cuatro cuadras de la anterior. Subimos a la azotea y allí me sirve un plato de carne que me deja rendido.
Vuelvo a la noche siguiente y llego primero donde el Gordo, se parten de risa al verme con la pañoleta en el cuello ¿no han visto una pañoleta o qué? Me dan las sobras y el Flaco al verme me da un puntapié, parece que no le agrado al langaruto, y al Gordo le agrado a veces. Entre todos deciden ponerme un nombre: Facho. ¡Malparidos! Dizque Facho, ¡Malparidos irrespetuosos! Voy al comando de Fernando pero no está. Me dan comida sus lavaperros y me voy.
Es tarde. Camino rápido por los andenes cubiertos de una luz cálida amarilla y las calles están solas. Al llegar al barrio siguiente, busco el área más empapelada de la cuadra y un lugar alto. El olor a carne me confirma el lugar, entonces me cuelo por las rejillas metálicas aunque cada vez es más difícil porque estoy engordando y llego a un tercer piso que tiene la puerta cerrada. Rasguño la puerta varios minutos hasta que un tipo expectante y apuntando como loco abre de un tirón la puerta, me ven y descansan cuando se dan cuenta que soy sólo yo, un perro que parece marica con una pañoleta de los suyos. Me acarician y alimentan con sobras de chivo. Hago el mismo recorrido todos los días pero no en el mismo orden, elijo diariamente cuál será el último puesto donde me quedaré a dormir. Estoy tan gordo que parezco una perra preñada.
A Fernando se le ocurrió llevarme a sus visitas. Llegamos a una casa de familia y él saluda muy cordialmente, les habla con decoro e incorpora mágicamente un tono populista. Expresa que en aras de construir un mejor pueblo necesitan de su apoyo, pero como nada es gratis en la vida él en un acto de buena fe les va a ayudar desde ya con algo, entonces el Don o Doña de la familia que habla por todos los votantes de la casa pone un precio en efectivo por la venta de los votos, a veces no piden dinero sino la condonación de alguna deuda con el municipio o alguna deuda grande con algún servicio público, pero en fin, negocian su precio. Se venden por un pedazo de carne como yo, solo que esa carne es su misma carne. Cuando aceptan el trato se procede a poner varios carteles Amarillos en la fachada para que quede pactado públicamente su intención de voto.
Termina la jornada de visitas en la tarde y me embarco en la parte trasera de la camioneta, cenamos y seguimos. En el día también hay vigilancia, son principalmente abuelas chismosas que después de hacerle la comida a sus hijos y nietos quedan desocupadas, también están los vendedores de minutos que se ponen con sus chazas en los andenes y miran si algún Rojo se acerca a alguna casa a engatusar a una familia que los Amarillos ya han comprado.
Los Rojos no compran votos, lo suyo es la retórica, les dicen por ejemplo —Recíbanles a los Amarillos la compra del voto pero voten por nosotros— y les refuerza el discurso exagerando la riqueza de los Benavides para moverles con la envidia el odio. —Se bañan con leche, sus perros solo comen carne de primera adobada en vino, prenden el fogón de la estufa con billetes de a dos mil, hay que bajar a esos oligarcas— decían.
A dos semanas de las votaciones el ambiente está tan tenso que se corta con la cola, los jingles provocativos no faltan. En la plaza amanecen caricaturas de Junior Benavides ahogándose, y los Amarillos responden con imágenes de Vito Rojas siendo sodomizado por Marx. A los Amarillos les dicen pollitos, a los Rojos Frijolitos, y los Azules Pitufos, es una locura. Después de tantas burlas los Rojos también se arman con revólveres y cachiporras, en ocasiones se escuchan tiroteos, pero nada serio, este es un pueblo pequeño y no sólo la gente se conoce entre sí sino que muchos han crecido juntos aunque ahora estén en bandos opuestos.
Para descansar de la política me voy al parque y tomo agua de la fuente, ¡qué calor hace! de repente un hijueputa Rojo me intenta quitar la pañoleta Amarilla asumiendo maltrato animal, entonces le muestro el verdadero maltrato animal, lo muerdo en la muñeca rompiéndole la camisa y salgo disparado del lugar. Cuando vuelvo al parque ya no lo veo, pero ahí están los mismos ancianos de siempre jugando ajedrez, son como mi noticiero imparcial. Uno de ellos lee el periódico y dice —Las encuestas a la alcaldía dan a los Amarillos el 40% de la intención de voto, a los Rojos el 30%, a los Azules el 10%. No sabe no responde 15% y el Voto en blanco 5%. Pa’ fregarte, esas encuestas dan risa, a nadie en el pueblo le preguntaron por quién iban a votar ¿se lo habrán preguntado a la bruja Almanza será? —decía el anciano burlándose.
El día electoral se acerca. Nos cuentan que el candidato de los Azules se reunió con Vito Rojas para una posible coalición y están en negociaciones. Los Amarillos están infiltrados en ambos colores y al enterarse de la posible alianza empiezan a temblar, una posible coalición puede sacarlos del poder y perder la plata que han gastado en la compra de votos y sobre todo en la carne que me han dado, bueno, eso no es pérdida. Fernando con su cabeza calva y fría contiene la calma como siempre. Sólo le basta un segundo para idear el plan de ataque como si ya lo hubiese pensado, entonces manda a llamar a dos muchachos y les paga para que en la madrugada empapelen toda la casa del candidato Azul con publicidad Roja.
Voy con ellos y los veo hacer su trabajo. Da risa esa casa, no dejan nada de la fachada sin empapelar de publicidad Roja: empapelan la fachada, las columnas, las rejas y los árboles ¡qué risa! En la mañana nos cuentan que el candidato de los Azules llamó enojado a Vito por su atropello y cancela su alianza puesto que aún estaban en diálogos. Vito le exclamó que él no había dado ninguna orden pero ante la duda los Azules dijeron que se quedarán independientes. Triunfo para los Amarillos.
Camino sin prisa hacía uno de los puestos de vigilancia, ya hace hambre, quizá hoy pidan pollo asado. Subo las escaleras y al girar me encuentro con Fernando que está de pie hablando por teléfono, el ambiente está pesado, más que de costumbre. El resto de la banda me ve y le dicen a Fernando con la mirada que he llegado, cuelga el teléfono, me ve y niega con la cabeza como lamentando lo que he hecho. Me da la espalda para no verme y el Gordo saca su arma como un rayo y me dispara, los tiros dan contra la pared y yo bajo las escaleras dando vuelta a trompicones y termino mareado en el sardinel como la primera vez. Comienzo a correr y los compinches de Fernando me siguen atrás, Pum, pum, suenan los disparos. Corro como alma que lleva el diablo, o como alma que quiere llevar. No entiendo nada ¿qué hice? No hay tiempo para pensar. Corre Facho. ¿Qué hice para que me persigan así? No soy tan importante, parece que me persiguen para divertirse. Primera vez que usan las armas de verdad, la vida de un perro para ellos no vale mucho. Pum, pum, me zumba la oreja, casi me dan, todavía me siguen atrás. ¿Por qué me disparan? Sigo corriendo, ya estoy cansado. Me persiguen por detrás y el Gordo aparece manejando por delante al final de la calle, quiere interceptarme, entonces encuentro un parqueadero cerrado en la mitad de la calle e intento escabullirme allí pero dos perros rabiosos empiezan a ladrarme, sigo corriendo y el carro de el Gordo se sube al andén y me pasa por encima, chillo como un cerdo marcado con hierro. El carro frena y los que corrían atrás buscan mi cuerpo entre las llantas. Salgo corriendo maltrecho, manchado de grasa y con mi cola rota. Entro al jardín de la casa del difunto Pobre diablo y ruego de que no me hayan visto.
Los hombres me buscan a pie con una linterna peinando el sector, veo que mi pata sangra y que he dejado el rastro hasta estos arbustos, es cuestión de tiempo que me encuentren, entonces Pobre diablo se asoma a la ventana, me ve malherido, abre la puerta y me deja entrar por primera vez. Su semblante es más triste que el mío, su enfermedad lo tiene en los huesos, me recuesto en la sala y huelo mi trasero, la cosa es seria, soy un tamal de carne molida.
A un día de las elecciones llega una señora a ayudarle a Pobre diablo con su enfermedad, al parecer es la hermana, me ve y le pregunta a Pobre diablo si yo soy el perro que querían matar los Amarillos ayer, entonces ella le cuenta lo que pasó. Atando cabos y con la lucidez que da estarse muriendo me di cuenta de la verdad, al parecer el tipo Rojo que yo había mordido en el parque me vio entrar a uno de los comandos, esa era una información clave puesto que al saber lo que los Amarillos observaban podían entrar a las casas que quedaban en los puntos ciegos y visitarlos con su verborrea de izquierda. Cuando le llegaron los refuerzos al Rojo yo salí de ese comando recién comido y me dirigí al otro, entonces uno de los Rojos me siguió y se dio cuenta que entré a otro comando, ¡maldita sea! revelé esa noche cinco comandos de vigilancia, es decir, todos los que conocía, y con lo aburridos, enojados y frustrados que estaban por eso me querían matar.
Llegó el día de las elecciones, yo no puedo ni alzar cabeza. Pobre diablo escucha en la radio sobre las votaciones, de repente entra a la casa el vendedor de pinchos ambulantes, Pobre diablo me señala, entonces el vendedor me observa, me palpa, ve que sigo es mis carnes ey me alza en sus brazos, me monta en una carretilla que dejó en la entrada y me cubre con una lona.
Bajamos por las calles y la lona no me deja ver nada, escucho que los Rojos vitorean alegres su triunfo. El vendedor de pinchos me lleva por la carretera a las afueras del pueblo, lo huelo. La carretilla se detiene de pronto, él habla con un campesino en la carretera que dice que los Rojos compraron a los registradores de los comicios y quemaron los votos Amarillos en una finca cercana. Ambos ríen y se despiden. ¡Campesinos chismosos! Seguimos andando por la carretera larga. La mirada se me va apagando, pasa de gris a negra, negrísima. Espero nacer hecho en la próxima vida, aunque haya gastados mi últimos días persiguiendo llantas de carros.
Animales espirituales
Odio cazar mamuts. Son tan grandes, tan bermejos,
No tengo ese rojo en mis venas, ni avaricia,
Ni la fuerza bruta que supone cazarlos.
Como en mi cueva no hay más bocas que la mía,
Cazo perdices grises y conejos blancos.
La soledad es un animal muerto que se pudre,
Te sacias de él pero no tienes a quién darlo.
Hasta el amor que alimenta se echa a perder,
Y de la soledad de su piel te haces un abrigo.
Quiero que mis genes sean arte rupestre.
Parir feminas de piedra en paisajes florales.
Pintar animales divinos en paredes ocres.
Tener con el mundo hijos espirituales.
Mi mente vuela alto, pero no tan alto, vuela más alto que las iglesias, que sus cúpulas y dioses inciertos, y vuela más alto que el desdén de los que niegan que quizá haya un dios, vuela más alto que los que vuelan con psicoactivos y que la puridad de los que los condenan. Vuela más alto que el amor, pero no es más grande que este y me fatigo bajando donde no sé surcar la corriente. Vuela muy alto, solitario, y no tengo patas para bajar y posarme en las ramas del mundo sin irme de boca.
Naufrago de sí
Vivo pequeño en una botella sellada,
Y mi cama es un papel doblado
Que pide ayuda en la marejada.
Esta casa, mi casa, lo único palpado,
Es toda ventana con vista al mar,
Y en ella floto encerrado.
Quisiera llegar a tierra firme
A un destino de manos,
A un puerto de ojos,
Olvidarme de mí,
Pero nací aquí adentro
Y no puedo cambiar el viento
Ni puedo cambiarme a mí.
Y siempre las mismas preguntas
Inundadas de temores
Si se rompe esta casa,
Me perderé en los albores,
Porque nací de unas manos
Para buscarme otras,
Y no tengo pues,
Ajenas ni propias.
A veces sueño con las manos
De un náufrago que me escribía,
Un escritor con los días contados,
Preso en una isla baldía.
Cuando lo abrumó la incertidumbre
Y pensó que no lo salvarían
Quiso entrar en la botella vacía,
Y escribió sobre sí con otro nombre,
Y escribió sobre mí y me dio un nombre
Y me dejó errando a la deriva.
Transeúnte.
Tengo un par de cosas que hacer en la vida, dos o tres a lo mucho, luego me iré, lo sé, y como no sé cuáles son esas cosas, ni cuándo serán, entonces todo lo prolongo: la graduación, el amor, las clases de piano. No siento vida en mi vida y vivo en la película de otro, soy una silueta en un plano general, una carreta de frutas destruida tras una persecución; soy el que mira miope al cielo preguntando si Superman es un avión; me siento en un restaurante para cubrir el fondo mientras un chico conoce a una chica, tengo una cara común y soy tan liviano que no dejo huella. Tal vez soy tímido porque soy un extra y dios me llamó «transeúnte», tal vez por eso nunca visto de rojo, y mi voz no encubre otras voces y mi sombra se esconde en mi cuerpo porque por alma mi sombra tengo. Tengo un par de cosas que hacer en la vida, quizá escribir esto sea una y salirme del papel sea la otra.
CLICHÉ
No sé lo que es el amor
Nunca lo he sabido.
No nací en él
Ni en él fui forjado.
No le escribo porque es ciego.
No lo busco en la esquina
Porque tiene alas
Y está volando.
No toca a mi puerta,
No me pinta pájaros,
No me mueve el piso,
Y como vivo en las nubes,
En castillos de aire,
Los mueve el viento,
Y como son derribados,
Por razones de peso,
Caen apesadumbrados.
Vivo escribiendo escombros,
Demoliendo y construyendo,
Entrelucido Y enrevesado.
Inventando fortalezas
Que aquieten las tormentas
Que armo solo en mi cabeza.
Y al amor
Le cierras la puerta
Y quiere entrar por los ojos.
Toca mis ventanas
Y enciendo la radio de mi soliloquio.
Pero se cuela en otros,
Y arma una fiesta en la noche,
Y hay tanto derroche,
Y tanta abundancia,
Que tiran la casa
Por las ventanas del alma.