18/12/22 El día que lo vi llorar
Nací en año de mundial, quizás por eso el fútbol me eriza la piel y me llena los ojos de emoción, conocí la pasión desde la panza. Hoy la Selección Argentina de fútbol masculino se coronó campeona del mundo en Qatar y la emoción es total.
Vi el partido al lado de mi viejo y de D. Sentí los nervios de mi papá desde el instante en que puso un pie en mi casa y se acomodó en la silla. Lo abracé y le agarré fuerte la mano una y otra vez durante el partido porque veía que las emociones en cualquier momento lo desbordaban y temía que se volviera a desmayar como en el partido anterior.
Los primeros 70 minutos fueron tranquilos, con una Argentina siendo superior a Francia, dando una clase magistral de fútbol, ganando 2-0. Aaah, pero contuvimos el aliento cuando el rival hizo gol de penal y a los pocos minutos nos igualó el resultado. La frustración era total, ¿por qué siempre tenemos que sufrir?
Cuando Argentina otra vez tomó la delantera no alcanzamos ni a respirar porque en un abrir y cerrar de ojos nos volvieron a igualar. Intentaba pensar que en el fútbol se gana y se pierde, que es solo un juego, que estábamos jugando contra los campeones del mundo de Rusia 2018, que Argentina hizo un mundial espectacular. Ningún pensamiento era suficiente, el deseo era uno solo y cualquier alternativa iba a tener sabor a poco, a angustia, era imposible imaginar que salir segundos fuera suficiente de alguna manera.
En ese momento para mi y creo que para todos los argentinos que amamos el fútbol, a Messi o a la Selección, solo existían los 22 jugadores en cancha, la pelota, la hinchada incansable en el estadio y el relator. Alrededor de todo el país el silencio era profundo, como si estuviéramos sumergidos abajo del agua, hasta inconscientemente conteníamos la respiración.
Después de casi 50 minutos de sufrimiento llegamos a penales. La imagen de la web en la que veíamos el partido iba atrasada en comparación con la de la radio que papá escucha siempre a la par, D. salió al pasillo para controlar su ansiedad, nosotros muteamos el tele y nos quedamos con el relato de la radio, escuchando penal a penal.
Guardo esa imagen para siempre en mi mente, mi viejo y yo agarrados del brazo, cabeza con cabeza sobre su celular súper moderno que apoyado sobre la mesa y con unos auriculares inservibles como antena, nos transmitía la voz del Bocha Houriet relatando al detalle cada acción en cancha. En pleno siglo XXI en donde el nivel de tecnología es inimaginable, no teníamos imagen, éramos un padre y una hija que aman el fútbol escuchando por radio los penales de su selección, porque antes que ver los goles nos interesaba saber si éramos campeones.
Cuando el relator dijo “si lo hace Montiel es campeón del mundo Argentina” agarré el brazo de papá. Cuando el relator gritó gol, papá también gritó pero esta vez sin levantarse de su silla, al instante apoyó los codos en la mesa y se llevó las manos a la cara. Se puso a llorar, como un niño desconsolado. D. entró y lo abrazamos mientras se desahogaba, nunca había visto o escuchado a mi viejo llorar de esa manera. Lo vi en muchas circunstancias, incluso en momentos muy duros, pero ver a un tipo, que parece un roble, desmoronarse de esa forma, no tiene explicación. Aunque quisiera no lo puedo describir, su desahogo fue el desahogo de todo un país que vive el fútbol como vive la vida… CON PASIÓN.
COMO SI NO EXISTIERA NADA MÁS.
El relato del último gol:
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