Back in town
Hoy volví a la ciudad, ¿sabes? Sí, a esa ciudad en la que nos conocimos, nos enamoramos y nos destruimos mutuamente: Nueva York.
Tengo que confesar que, aunque esperaba gran parte de las sensaciones que me asaltaron en cuanto llegué, me es imposible (aún a estas alturas) procesar todo cambio con el que me he topado. Puede que esté de más aclarar que mis visitas previas (obligadas de alguna manera) fueron fugaces en el sentido más estricto de la palabra, pero en mi defensa, lo hago para justificarme de algún modo. Necesito aferrarme a algo para aceptar finalmente la verdad que cayó sobre mis hombros cual balde de agua helada… Nada es como antes.
La ciudad en sí, no tiene grandes cambios. Los lugares que frecuentábamos siguen ahí, y los cambios más notables son los de imagen: que si nuevos manteles, sabores, o exhibiciones; en realidad la esencia es la misma. Me atrevo a decir que incluso el aroma a comida mezclado con sudor y frescura sigue exactamente igual de consistente y penetrante.
Hablando del teatro que nos vio nacer, me limito a afirmar que sigue igual de espléndido, sin embargo, los rostros que exhiben en los promocionales son tan, ¿cómo explicarlo? Ajenos. Y no es que haya dejado de sentir ese cosquilleo en las costillas cada vez que me imagino a mí misma en el enorme escenario con los mil reflectores apuntándome directamente, simplemente… cambié: las canciones por los libros, y los largos ensayos por horas detrás de un escritorio. Mi trabajo como editora me hace más feliz que los musicales en su momento.
Ni siquiera trataré de explicar la magnitud del cambio que percibí en Battery. Reemplazaron nuestra banca de madera por un bloque de concreto frío e incómodo que además de todo, carece de estética. Ahora todo el parque está iluminado por una luz blanca y pétrea que, de primera me hizo sentir un escalofrío. Nuestra fuente desapareció y ahora sólo existe un vacío en forma de glorieta que me cala hasta los huesos. Y ni hablar del enorme y antiguo edificio en que estuvo mi departamento. Ya no tiene el color granate desvaído del que nos burlamos mil veces, y las escaleras de emergencia ya no rechinan con el soplo del viento. Ahora todo es más nuevo y menos… Mágico. A saber qué habrán hecho con la curiosa decoración de mi apartamento.
Luego está tu hogar que, desafortunadamente dejó de ser azul y pequeño. ¿Qué tan acogedor puede ser un edificio gris de cinco pisos con un local de comida hindú en la base? Me tomo el atrevimiento de decir que nada; quizá lo más rescatable sea el enorme tronco que nos sirvió de testigo ante una variedad infinita de confesiones a la media noche, y donde la Luna (mi cómplice eterna) siempre me ayudó a tratar de resolver las cuestiones perpetuas en mi vida.
Justo como ahora.
Mi reloj dice que llevo tres horas eternas tratando de descifrar la razón de que sienta este lugar como el más extraño de entre los que mi corta vida me ha permitido conocer. Me he roto la cabeza imaginando mil explicaciones y excusas que me permitan sentirme bien conmigo misma para que pueda ir y disfrutar de la exquisita excursión que decidí hacer hace un par de semanas, pero sé (y lo supe desde el principio), que no lograré absolutamente nada sin antes admitir que el cambio que siento no es realmente secundario a la ciudad, sino a nosotros.
Nos mudamos a Chicago y ahí nos esforzamos por reconstruir nuestras vidas, tratando de enlazarlas en alguna parte. Decidiste iniciar una licenciatura en pedagogía y yo inicié una maestría. Rentamos apartamentos del mismo edificio, y trabajamos para la misma institución. Batallamos para que lo pasado quedara atrás, y lo logramos. Desafortunadamente, nuestros espíritus también dejaron parte de sus esencias atrás.
Tú con todas tus experiencias, te volviste un hombre frío, formal y seguro de sí mismo que supo salir adelante a pesar de todas las trabas que se presentaron. Yo dejé atrás esa actitud soñadora y ese concepto poco realista que tenía de la mayoría de las cosas para enfrentarme a la vida adulta y así poder vivir de una manera razonable, fuera de ese cuento de hadas que me creé al dejar mi hogar.
Peleamos juntos, nos esforzamos, y volvimos a pelear hasta que nos deshicimos de esa enferma dependencia que nos habíamos creado.
Poco a poco, dejé de buscarte y tú de hablarme. Nos saludábamos cordialmente en el ascensor, y después de intercambios incómodos y voraces encuentros, volvíamos a nuestras rutinas, como si nada hubiese sucedido. Maduramos. Aprendimos juntos que, para liberarnos realmente, debíamos abandonarnos. Te abracé cuando creíste fallar en una primera cita y me consolaste cuando me sentí idiota por haber actuado de la manera incorrecta. Nos comprendimos como nunca lo hicimos antes. Realmente fuimos amigos.
Fue así que me impulsaste a tomar una decisión difícil.
Volver a Tampa quizá fue la cosa más cuerda que pude hacer en el último año: me establecí como nunca lo hice antes en la ciudad en que crecí, conseguí un trabajo en el que tengo las habilidades ideales para desenvolverme. Y me siento realmente feliz.
Es por eso que dediqué toda la tarde a tratar de explicarte el cambio que sentí al venir de visita. Quiero que sepas cuán agradecida estoy contigo por haber estado conmigo en New York, Chicago y Florida. Por hacer de mi vida un infierno. Por haberme impulsado y haberme hecho crecer. Por creer en mí. Por todos y cada uno de esos detalles que has tenido para conmigo.
Sé que mi vida no es la misma desde que llegaste a ella, y que, a pesar de la nostalgia que pueden provocarme ciertos cambios, me siento con una satisfacción inmensa al saber que sigues formando parte de ella.
“Eres eterno, amor.”
Tuya, Marley.









