Sobre el año de abuso emocional que viví sin darme cuenta
Mientras escribo esto puedo leer los comentarios en mi cabeza, -¡Ay que exagerada!-, -pinche vieja ridícula, lo dice solo por llamar la atención-, -A ver si tan acá ¿Por que no lo denunciaste?-. Pero bueno aquí va.
Hace un par de meses, cuando empezó mi viaje de redescubrimiento y patada hacia la vida real, tuve flashbacks del pasado y me acordé de EL ex from hell, el culero (porque no hay otra palabra para describirlo) y me cuestioné un buen rato si debía escribir los pormenores de por qué esa relación se fue al caño.
Entonces le conté a mi hermana (tiempo después también a Tamara de Anda quien también me dio su sorora bendición) y su respuesta inmediata fue -¡SÍ HAZLO!- seguida por una reflexión que me parece bastante atinada. Todos hemos llegado a hacer cosas que lastimaron a otra persona, pero hay quienes realmente parece que dedican todo su tiempo en una relación a hacerte sentir como mierda y cuando terminas con esa persona ¿se supone que tienes que llevarte todas esas experiencias desagradables a la tumba? ¿Pretender que nunca existieron para salvaguardar su “imagen pública”? Hay dos lados para cada historia, eso es cierto, seguramente él también podrá contar mil y un momentos en los que yo fui un ser humano detestable, pero este es mi lado de la historia.
Existen muchos tipos de abuso y maltrato, sobre todo en las relaciones de pareja, muchas cosas que para algunas parejas pueden ser juegos o bromas en otras pueden ser demostraciones de violencia emocional y a mi me tomó varios años despertar del trance y darme cuenta de que muchas de las cosas que me hizo y me dijo, llamémoslo “Emilio Lopesce”, fueron efectivamente abusos.
Lo diré abiertamente, terminamos porque le estaba poniendo el cuerno con otro chico y me sentí tan pero tan miserable por hacerle eso, por que esa fuera la razón de que termináramos, que me culpé durante un buen tiempo, hasta que un par de sesiones de terapia después los recuerdos comenzaron a llegar a mi.
Conocí a Emilio al año de haber llegado al DF a vivir, por ahí del 2011, era amigo de unos amigos de la universidad y nos conocimos en una fiesta. Durante años fue de esas “amistades” que nunca terminan de consumarse pero que cuando te lo encuentras en una fiesta puedes platicar por horas y horas, finalmente nos reencontramos cuando ya estaba por terminar la carrera y a pesar de que no quería una relación seria, porque ya tenía planeado mi viaje a California para finales de año, por alguna razón me pareció una buena idea darle el sí.
Ahora, desde pequeña me he considerado una persona de convicciones y temperamento fuertes, a partir de la adolescencia me juré que jamás permitiría una relación que me lastimara, que la terminaría a la primera señal. Jamás pensé que la primera señal llegaría durante el momento de mayor dolor emocional que he sufrido en mi vida. En la época en que mi papá falleció, cuando mis emociones se entumieron, mi umbral del dolor emocional se afectó y cualquier sensación de abuso o violencia pasaban por desapercibido.
Habían pasado dos días del funeral de mi papá, despertamos Emilio y yo en casa de mi mamá, donde todavía vivía, y me pidió que por favor fuéramos esa tarde a su casa y nos quedáramos a dormir ahí porque ya llevaba demasiados días afuera de ella y sus papás lo iban a regañar. Él tenía 25, yo 22, llevaba 3 días conmigo, la amenaza de los papás regañones aún así por alguna razón era válida. Tomé mi Chevy morado del 92 y nos conduje a casa de sus papás en el centro de Coyoacán. Mi mamá me preguntó si era lo que yo quería hacer, si no quería estar cerca de mi familia dada la situación, sólo recuerdo la sensación de caminar por levitación, como si no tuviera voz propia o fuerza de voluntad, me dijeron que lo hiciera y lo hice. No tenía fuerza para cuestionarme. No lo regañaron, ni siquiera le dijeron algo, su mamá me abrazó cariñosamente y Emilio y yo nos fuimos a su cuarto, del cual no salimos hasta la noche para cenar algo y regresar a los pocos minutos. No quería tener sexo esa noche, insistió y lo hice. A la mañana siguiente le pregunté si podíamos regresar a mi departamento para estar con mi mamá y con mi hermana. -¿Sabes? Yo también estoy pasando por muchas cosas y no puedo estar para ti todo el tiempo-. Me regresé manejando sola a mi departamento.
Unos 4 o 5 meses después ya me encontraba viviendo en California, él estaba en la Ciudad de México y skypeábamos regularmente. Una noche le conté muy emocionada que había comprado un vibrador y que gracias a una investigación profunda en PornHub había descubierto el arte del squirt. Su reacción fue completamente contraria a la que había pasado por mi mente, después de mansplainearme que el squirt no era real y que sólo eran orines (esto naturalmente no es cierto, puedes googlearlo en infinidad de foros de sexualidad femenina) inmediatamente comenzó a reclamarme que no iba a querer regresar a México con él porque "ya no lo iba a necesitar”, reduciendo en tres segundos mi vida sexual a su pene y su desempeño sexual sobre mí.
Regresé al DF tras 8 meses de estar afuera del país, el primer día lo pasé con mi familia y con él, dormí en su departamento porque había visitas en el de mi mamá. -Te voy a robar la primera semana, te quiero sólo para mi, dile a tus amigos que los puedes ver la siguiente, no seas mala, te extrañé mucho-. Él trabajaba con su papá medio tiempo, durante 4 días no vi a nadie, sólo a él y una noche a su roomie, una vieja amiga de la universidad, con quien tras un grato reencuentro pasamos una noche cheleando en el comedor, limando asperezas y recordando viejos tiempos. -No me gusta que te vuelvas a hablar tanto con ella, yo quería que regresaras para estar contigo y ella a huevo tenía que robarte toda la noche para que sólo platicaras con ella- (él se quiso ir a dormir a mitad de la noche de chelas porque había fumado mucha marihuana y le dio sueño).
El cuarto día en la tarde, mientras él trabajaba me buscó mi entonces mejor amiga, me dijo que ya llevaba muchos días en la ciudad de regreso y que por favor nos viéramos, quería que conociera su nuevo departamento, a sus roomies y llamaría también a dos de nuestros mejores amigos para recibirme. Le dije a Emilio que iba a ir con ellos en la noche -¡Me prometiste que la primera semana ibas a ser sólo mía!- Igual me fui con mis amigos.
A mi regreso de California honestamente no estaba entre mis prioridades empezar a trabajar inmediatamente y pasé mis primeras semanas en la ciudad entre el departamento de Emilio viendo series y con mi mejor amiga y sus roomies de fiesta. El tema de mi estado emocional a mi regreso de California es tema para otro texto, pero dejémoslo en que no estaba pasando el mejor de los ratos entre crisis post universitaria y depresión tras la pérdida de mi papá.
Durante esta temporada viví una cantidad interminable de episodios de abuso y violencia emocional, desde frases pequeñas como “¿vas a salir vestida así?” porque me puse una mini falda con crop top y botines para ir a un toquín con amigos; burlas y regaños frente a su familia y amigos por preguntarle qué diantres es una pieza de arte transitoria; pasando por escenarios de cotidianidad hogareña como su incapacidad de lavar platos o su gusto por fumar marihuana en el piso de la cocina mientras me dejaba preparando el desayuno sola. Hasta la cereza del pastel que fue el día que me dejó encerrada en su departamento por 8 horas.
Una mañana desperté poco antes del medio día, él ya se había ido a trabajar con su papá un par de horas antes, cabe destacar que sus oficinas estaban en la misma colonia a unas 8 cuadras de distancia. Desperté, me preparé algo de desayunar y me preparé para regresar a mi departamento, cuando me percaté que al salirse había cerrado el departamento con doble llave estando yo adentro. Caminé al comedor para tomar mis llaves y poder salir, oh sorpresa, las pinches llaves no estaban donde yo las había dejado la noche anterior. Le marqué por teléfono, le pregunté si se había llevado mi juego de llaves y me contestó tranquilamente que sí porque no había encontrado las suyas.
-¿Por qué cerraste con llave si el juego que traías es el mío?
-Jajajaja ay perdón, es que estaba bien grifo porque me fumé un porro en la mañana.
Entonces me puse a buscar sus llaves, seguro estaban adentro del cuarto. Las busqué por una media hora cuando me di por vencida, definitivamente sus llaves tampoco estaban. Volví a marcarle.
-Ya busqué por todos lados y no están tus llaves, ¿puedes venir a abrirme por favor?
-Ay que menso, ya vi que mis llaves estaban en mi morral, traigo los dos juegos. Uuuuy no, no puedo por que estoy trabajando.
-Trabajas a 8 cuadras sólo dile a tu papá que sin querer te llevaste mis llaves y vas a venir a abrirme.
-No, es que no puedo, no tengo tiempo.
-Pide un taxi y te regresas en el mismo taxi para que sea más rápido.
Me quedé así hasta las 6 de la tarde, esta conversación ocurrió a medio día y él se había salido a trabajar desde las 10. Cuando llegó se rió de la situación, nunca me pidió una disculpa. Tomé mis llaves y me fui de fiesta 3 días seguidos.
No duré más de dos meses con Emilio a mi regreso antes de que termináramos después de una larga discusión en su departamento, en dónde por alguna razón tenía más peso mi gusto por la fiesta (¿Que qué? ¿Una joven de 23 años que le gusta salir de fiesta? ¡A la hoguera!) que el haberle puesto el cuerno con un amigo, porque naturalmente lo segundo sólo era una consecuencia de ser una perdida (no, la palabra “perdida” no fue de mi autoría, salió de su boca, real).
¿A qué voy con esto en la hora de la ventilación de situaciones personales?
Evidentemente cuando se mira en perspectiva no viví la peor historia de abuso emocional en una relación, tengo amigas muy cercanas que han vivido cosas infinitamente más fuertes. En el último año se han vuelto sumamente conocidas iniciativas en las que mujeres de todo el mundo revelan episodios de su vida como la primera vez que sufrieron acoso o violencia de género.
Esto no significa que mi experiencia sea menos o que como mencioné al principio, tengamos que guardarnos experiencias dolorosas como si nunca hubiera ocurrido y no hablar de ello por salvaguardar la imagen pública de alguien. Debemos hablar de estas cosas, mujeres y hombres, mencionar los nombres de las personas que nos hirieron, no porque queramos llamar a una casería de brujas, pero porque el dolor en muchos casos tiene nombre y apellido que podemos sanar y hasta perdonar, pero no olvidar. Nunca olvidar, para que no volvamos a permitir que nadie pase por encima de nosotras otra vez.