A propósito del 2016, el 6 de Marzo de mi 2016 pasé mi primer noche en Ixtapa.
Llegué directo a desempacar una serie de luces en forma de estrella para que mi cuarto se sintiera mío; colgué mis fotos, saqué las cartas selladas, seguro escribí algo.
Apagué la luz para dormir con mis estrellas de colores,
y me quedé dormida llorando.
Similar a mi primer día de kinder, que me senté a ver mis coletas, mi falda blanca de tablones: sonreí mientras empecé a llorar.
Es que yo siento el desgarre cuando me arrancan una etapa del cuerpo.
Había logrado mis sueños adolescentes, no podía creer que ya no iba a contarle a mi abuela, y tampoco quería confesar que hubiera preferido tener 7 años para siempre. Pero mis luces de estrellas se veían lindas, y me esperaba el resto de mi vida al día siguiente –más un desmayo, un jugo de manzana, y nuevas amigas que siguen presentes–.
Después de ese 6 de Marzo, la historia ha sido solo mía. Aprendí cosas que son indispensables para crecer desde el mantenimiento básico de una casita (mi primera regadera la vino a instalar Karen Villarreal un par de semanas después de que llegué, ella y Majo me visitaron primero), a valorar las visitas (hasta hoy mi parte favorita de vivir lejos), a mandar y recibir flores, a sentirme acompañada cuando me llamaban para preguntar qué había comido. Conocí suficientes historias para reconocer que mis papás fueron adorablemente perfectos. Entendí que hay personas que necesitan compartir espacio y contexto para incluirte en sus vidas, y quienes no te olvidan así pasen años, playas, aniversarios.
Nos seguimos conociendo.
Imposible enlistar lo que ha pasado en 10 años, tengo pocas cosas en común con mi versión de ese momento.
Gracias, Ixtapa.
Fuiste por mi hasta la Riviera Maya, me trajiste de vuelta 8 años después. Te aprovechaste de que yo voy a donde Dios me diga, sin miedo ni preguntas.
En el camino he perdido tanto, que lo tengo todo.