Engaño misivo
Carlos nunca soñó que podía plagiar su carrera de escritor con tanta facilidad. Aquella tarde de miércoles en la vía a su trabajo ese accidente de tránsito fue el golpe de suerte que le costó la cita de cumpelaños de su novia. Pero ni la pelea ni la partida súbita con lanzada de florero incluida le habían importado tanto como su hallazgo de ese día.
El camión de la correspondencia se había volcado a pocos kilómetros del restaurante por culpa un aparente conductor irresponsable concetrado en el teléfono. El hecho ocurrió justo delante de Carlos quien tuvo que frenar súbitamente para dejarle una marca permanente a su parachoques y su vida.
Luego de unos segundos de haber pasado el susto propio de saberse cercano a una muerte estúpida, se percató de la escena: la pequeña Van había quedado volteada sobre el lado del copiloto y el cartero automovilístico se arrastraba con dificultad para salir de la ventanilla del auto ya sin dos ruedas.
Pero Carlos no lo ayudó, en su lugar se puso a usmear las cartas que se derramaban desde los sacos inmensos de la carga de la camioneta. Como la puerta de la maletera también se había soltado, aprovechó para meter su mano y sacar un puñado del nuevo tesoro que parecía servirsele en bandeja de plata al futuro de Carlos. Las metió sin pena en los bolsillos de su chaqueta, extendió el brazo por un segundo puñado y las guardó más seguro y confiado del valor de su hallazgo, lo mismo hizo con el tercer y cuarto grupo. Apurado porque el accidentado conductor ya alcanzaba a verlo, agarró en sus brazos el quinto y último lote de cartas, todas las que pudo, corrió a su auto y se fue al volante en un baño de papel sobre.
Una vez en su casa, Carlos destinó toda la noche vuelta madrugada en ordenar alfabéticamente el correo, en una especie de tributo al delito que iba a cometer. Una vez llenado todo el piso de la sala y el comedor comenzó por la A de Álvarez, Carolina a abrir carta por carta y deleitarse con los contenidos que traían cada uno de los escritos.
Cuando ya iba por la F de Fernández, Fernando decidió que una semana de risas recostadas en la pared, cigarros consumidos en posdatas e insumos para excusas futuras no eran suficientes ¡debía llevar esas cartas a un fin más noble y rápido! y así fue como decidió armar su primer libro de cuentos.
Invirtió algunos de los nombres pero conservó casi intactas las anécdotas, las disculpas, los reproches y los amores imposibles que se hicieron correspondencia volcada hace dos miércoles. "De Álvarez a Fernández" fue su menos ingenioso título de recopilación, un vago intento de mantener puro su esfuerzo de plagio riguroso.
Fue allí cuando apreció Nuria y el florero volador, pero Carlos no sintió ninguna nostalgia por los 7 años de relación que lanzaba por la borda pues estaba seguro del éxito editorial que le esperaba a esas cartas pérdidas.
Luego vinieron las entrevistas con las librerias, las impresiones y ventas masivas, las charlas seudo intelectuales en las que explicaba con una asombrosa mentira cómo se había topado con cada historia, y los contratos para dos recopilaciones más: "Narrativas G-N" se llamó el segundo y la trilogía la completó su mejor criticada obra "Zamora fue el último en escribir". Una clara demostración de una pluma con práctica y de sensibilidad inminente ante la vida, según la clasificaba la prensa cultural.
Pero la obra maestra no estaba completa.
Carlos sabía que el plagio perfecto debía tener un único final: la eliminación de toda referencia previa. Un miércoles de mayo, en honor a su golpe de suerte, manejó su aún chocado Toyota hasta el final de la carretera y bajó la carga postal a un lado del camino para prenderle llamas.
Estando a punto de hacerlo, algo lo detuvo. El horror de saberse cercano a cada remitente lo conmovió. No podía. Había escrito y recitado aquellas penurias tantas veces que sentía una deuda con sus personajes reales. Así que montó de vuelta los sacos y condujo al lugar donde todo había comenzado.
Tomó un número y se dirigió a la taquilla tres. Allí, de forma amable e inocente con la mentira perfecta con la que tantas veces había actuado en sus tertulias de literatos convenció a la chica que lo atendía que había hallado esas cartas en la parte baja del parque Los Chorros cuando daba un paseo por la zona. Cuidó el detalle de dar una dirección cercana al lugar donde hace unos años había sucedido el volcamiemto.
Tanto la cajera como el gerente de la compañía de correos escucharon atentos y sorprendidos la historia falsa del impresionante descubrimiento de 768 cartas envueltas en sacos intactos. Carlos, complacido nuevamente por sus habilidades persuasivas, ayudó a los empleados a poner cada una de las cartas en el cajetin correcto de destino.
Lo hizo casi mecánicamente pues sabía a la perfección que Bonilla, Míriam le escribía a su tío en Barcelona para reclamarle su herencia; mismo lugar al que García, Tulio le había querido hacer llegar una felicitación de cumpelaños para la ahijada; o que en Valencia tanto Rodríguez, Freddy como Salcedo, Victor tenían dos novias a las que les dedicaban palabras similares de amor y deseo; mientras que en San Félix, Ofelia esperaba ansiosa las noticias de su nieta Colmenares, Rosa quien partía a Colombia definitivamente.
Al terminar, se despidió con gratitud de los empleados postales quienes le adularon su buena acción. Manejó un par de kilómetros y, por no dejar de intentar su rendición definitiva, decidió levantar su celular y marcarle al viejo número de Nuria.
















