El recuerdo de Panamá y su lluvia eterna mantienen viva mi esperanza en un final feliz. Antes de partir allá por primera vez, mi madre me había entregado una bolsita de tela transparente con adornos dorados. Estaba cerrada con un hilo del mismo color y dentro tintineaban trece monedas de bronce y aluminio, cada una con denominación de un peso mexicano, mi moneda nacional.
Creo que fue un trece de junio, día de San Antonio.
Cada año mi madre me hace esta ofrenda para que pronto pueda encontrar un buen esposo. Soy una mujer con una carrera, con un buen trabajo, saludable y llena de pasatiempos hermosos. Me encuentro bastante satisfecha con mi vida en general, pero es cierto que uno de mis sueños ha sido siempre tener "un buen esposo", un compañero de vida, que me elija y sea mi familia... y esto no significa que no aspire al éxito profesional y a la realización personal, creo que no son mutuamente excluyentes.
Simplemente es un bonito anhelo, pero también es algo de lo que no puedo hablar sin ponerme a llorar, pues para que el sueño se haga realidad de la forma en que lo espero es necesario y obligatorio que se me demuestre que he sido elegida en pleno ejercicio de la libre voluntad, y por tanto, el matrimonio es algo de lo que yo no pienso hablar primero. Y mucho menos lo pediré ni lo insinuaré jamás. Es ley.
Y será como en los cuentos o nada.
En este mundo así se conjura ese hechizo.
Así debe ser en el guión de mi vida.
Así y de ninguna otra manera.
Pues bueno, era junio de dosmildiecinueve y yo tenía un saquito de monedas entre las manos. Sentía su peso intrínseco cuando las sopesaba barajando las monedas atrapadas en la tela entre los dedos, y el peso simbólico lo cargaba con el corazón. El gesto de mi madre era para mí tan divino, tan místico y compatible con la forma en la que me gusta comprender mi existencia, que me estuve un buen rato allí sentada a la orilla de mi cama con dosel, orando a mi manera, dirían en esta líquida modernidad: "manifestando".
Guardé el saquito de en mi cajón de la mesa de noche junto al gatito de tela morado que huele a lavanda, y me preparé para el sueño.
Antes de dormir mi madre me dijo: "no olvides hacer tus oraciones y pedirle a San José que puedas encontrar un buen hombre que te ame". Más conmovida aún me entregué al sueño mientras llovía sobre mis mejillas.
Y el mes siguiente yo volé a Panamá. Era julio y llovía en el Casco Antiguo mientras cenaba cosas preparadas con yuca, una raíz que nunca había probado, en la amena compañía del matrimonio que me recibió allá, Carlos y Lelys.
Siendo unas personas muy amables, tranquilos y agradables, me llevaron a conocer el lugar, terminada la jornada de auditoría. Los dos son como de la edad de mi madre y me sentí como en casa.
Recorrimos un montón de Iglesias de distintos estilos arquitectónicos y tomé muchas fotografías, prometiéndome que al volver investigaría más de ese trocito de historia latinoamericana.
Y aunque visité tantas, los detalles de algunas de ellas sí se me quedaron muy presentes. En todas encontré diferencia importante de estilos, pues al igual que aquí en México, unos quinientos años de tendencias influyeron la arquitectura.
Y claro, aproveché cada curiosidad para tejerme alguna historia fantástica a partir de esos recuerdos y los eventos felices de septiembre de ese año.
No estoy segura de alcanzar a reconstruir el recorrido con la exactitud que quisiera, pero me he ayudado del archivo de fotografías para intentar darle un orden.
Digamos que, primero, visité la Iglesia de Nuestra Señora de la Merced, construida en 1680. En esta iglesia la maravilla en turno era que el techo parecía estar sostenido por unas columnas de madera delgadísimas, oscuras, delicadas y aparentemente ligeras que me hicieron dudar que existiera la gravedad, la masa o el peso. Y digo "parecía " porque carezco de la competencia técnica para identificar qué estructura realmente sostiene qué parte de una edificación. Esas columnas bien podrían ser detalles ornamentales, elementos que no cargan peso, pero que sabían fingir bien.
Como nunca vi nada parecido guardé varias fotos de ellas, desde todos los ángulos posibles y también algunas del techo de madera para preguntarle a algún experto cuando se diera la ocasión.
A modo de corona descansaba orgullosamente en una plataforma, un órgano color caoba. Adelante con las imágenes. Je.
Al salir tocó recorrer la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen, que se parece mucho a mi iglesia favorita de México que se encuentra en León, Guanajuato, el Templo Expiatorio del Sagrado Corazón de Jesús. Sin embargo esta parroquia se construyó en los años cincuenta. Era blanca por doquier, llena de vitrales. Según Google, el estilo es gótico, bendito sea el Señor. Cuánto lamento no tener la costumbre de limpiar el lente de la camara:
Ya se iba haciendo tarde y la catedral Santa María la Antigua nos recibió con luz muy tenue. Era toda blanca, pesada y sobria. En mi opinión, preciosa, sin detalles recargados y con un piso de baldosas que me recordó a un tablero gigante de ajedrez. Investigué que se construyó por allí de 1680 y tardó más de cien años en terminarse. Aquí reinaba el silencio y la solemnidad, y sí, ese piso pulido brillante hacía eco al caminar.
Ahora bien , sé que visité y recorrí varias parroquias y construcciones más pero creo que ya es tiempo de conectar está historia con la de las monedas de San Antonio.
Ya era el cielo nocturno y había cierta prisa para alcanzar a encontrar los recintos abiertos. Y entramos a uno de los últimos, ya no estoy segura de cuál, y yo me adelanté para seguir tomando fotos; es decir, crucé el umbral un poco antes que Carlos y Lelys, utilizando la tercera puerta de izquierda a derecha. Cómo siempre me quedé observando el techo, buscando en las alturas esa intención de divinidad.
Al cabo de unos segundos Lelys me alcanzó y situándose a mi lado me dijo en esa voz quedita que usamos para no perturbar el protocolo de los templos: "entraste por la puerta de San José, es él quien te recibió en esta iglesia. Es una gran bendición, hay quien dice que pronto encontrarás un buen hombre que sea tu esposo".
Me sorprendió un poco pues no había ningún motivo ni conexión previa. Yo no le había contado nada de las monedas ni de mis anhelos, pero recibí el comentario con alegría pues para mí tenía todo el sentido. Pensando en las monedas decidí abrazar la tradición e incluso hice alguna oración para agradecer y solicitar la bendición, para pedir que fuera verdad.
Y volví de Panamá con esa esperanza.
Este viajecito por la ciudad le metió un buen susto a mi mamá, porque resulta que llegué al hotel hasta las 11 de la noche, y como solo iba a estar dos días no contraté ningún paquete de datos para tener línea telefónica allá. Por alguna razón mi mamá se imaginó las peores cosas por mi falta de comunicación. Y bueno... acabó saliendo todo bien y regresé a mi vida en la Ciudad de México.
Entrado julio conocí a José, un José que me ha llenado la vida. Volví a Panamá Aunque solo de paso, pues en realidad me dirigía a Brasil. Y le escribí en Panamá, y le escribí en Brasilia. Y todo lo que deseaba era volver a México para encontrarme con él.
Y quizá fue pronto, pero para septiembre ya estaba enamorada.
No sé si este José sea el mío, jamás le preguntaré. Pero sí hubo una anunciación, y ángeles que bajaron del cielo, o alguien con alas en las sandalias. O sueños, o premoniciones.
Y me gusta pensar que todo me condujo a él. No sé qué va a pasar. Pero mientras pasa, o no pasa, creo que la magia existe y que todo nos conecta.