La noche
Las noches eran eternas. La casa se sentía ajena. La cama ya no era el lugar agradable para dormir. El aire cada vez se sentía más pesado y costaba respirar durante las noches, como si alguien se estuviera alimentando de mi miedo y parecía que lo disfrutaba demasiado haciéndolo. Existía el miedo de cerrar los ojos y ver las mil caras deformadas mirándome fijamente y sentir la presencia de un hombre en la esquina de la era medieval esperando a que abriera los ojos para azotarme con el mangual que bien sujetaba en sus manos, era así el comienzo de la dulce noche.
Pasaban las noches y mi ansiedad parecía ser el postre de una boca hambrienta, estaba ahí, ella estaba ahí al lado de mí mirándome con una cara sin expresión, vacía por dentro. Su humo me penetró y habitó en mí por meses. Con el pasar de los días parecía que yo era una carnada fácil, atrayendo a más entes a que me consumieran, y así fue como él apareció, emitía una energía dominante y con tan solo verlo te paraliza, su presencia te hacía pensar que no se trataba solo de un hombre, si no de algo desconocido y algo oscuro. A veces se convertía en humo negro y viscoso, que entraba por mi boca y se almacenaba en mi sistema, en el momento que me miraba al espejo mi rostro mantenía su sonrisa.
En una noche aquel demonio se desato y sus pensamientos impuros me dominaron, perdiendo poco a poco la consciencia de quien era realmente, el humo negro viscoso lo sentía en mi garganta, salía de mi boca y con mis manos lo untaba en mi cara disfrutando esa sensación, con una sonrisa en mi cara me fui a la cama y por fin pude cerrar los ojos.
-Anónimo
















