La Falacia en el Nihilismo Contemporáneo: Una Perspectiva Generacionista
La hora que se desplegaba era a todas luces incorrecta, cualquier persona con un mínimo de perspicacia, sentido temporal, o poseedora de algún dispositivo móbil podía comprobarlo con facilidad. Esta hora se mostraba en diversos televisores de exhibición mal configurados en el departamento de electrónica de un muy conocido y poderoso monstruo monopolista en el ámbito del comercio y la distribución de insumos básicos. Parecía un día común, con un número de clientes oscilando entre una cantidad baja y una promedio, como era de esperarse durante cualquier miércoles de otoño del período escolar. El ambiente estaba inundado con una música de autores ignotos, con melodías y ritmos dignos del entorno mercantilista del lugar. Quizá aquellas melodías de origen incierto eran parte de los muchos secretos de psicología y márketing que explotan las grandes cadenas de servicios para maximizar sus ganancias. Dichas piezas musicales seguramente fueron compuestas de forma deliberada para influir en la psique humana y despertar necesidades en los consumidores y así generar interés en productos que de otra forma el oyente jamás consideraría adquirir. En ese tipo de conclusiones discurrían los pensamientos de un insecto, pero no era un insecto cualquiera, se trataba de un artrópodo alto, de aproximadamente dos metros de estatura, que caminaba erguido, desbordaba carisma, y tenía rasgos propios de los seres humanos, por lo que frecuentemente recibía los apelativos de antropomorfo o humanoide. Sin embargo, no sería posible dar una justa descripción de aquella majestuosa entidad sin mencionar que tenía la costumbre de incluir seres humanos frecuentemente en su dieta, no por cuestiones mórbidas, ni parafilias ni por aborrecimiento hacia los mamíferos superiores, sino porque su organismo así lo exigía, -así me ha creado el Señor-, repetía constantemente el insecto antropófago humanoide cada vez que era cuestionado al respecto.
Había una extensa fila en la única caja de cobro abierta, por lo que el insecto antropófago humanoide decidió postergar su salida a pesar de ya tener en su defectuoso carrito de supermercado todos los materiales que requería para el importante proyecto que pensaba emprender. Por tal motivo, decidió explorar el lugar, dar la vuelta buscando inspeccionar cada rincón de aquel santuario del capitalismo mientras la línea de compradores disminuía su longitud, y así tal vez, al revisar todos los pasillos le sería posible encontrar alguna otra cosa que necesitara adquirir pese a no haberla incluido en su lista de compras consistente de ciento treinta y dos artículos. Mientras tanto, en el departamento de carnicería, dos empleados de la tienda platicaban de forma muy entusiasta sobre los resultados más recientes de la última misión no tripulada al planeta vecino, Marte. Uno de ellos, de nombre de ascendencia Armenia pero que no es menester incluir en este escrito dada su complejidad, empezó a discrepar sobre el análisis que estaba realizando su compañero, de nombre tan común y tan vulgar que no vale la pena mencionar, sobre la amplia gama de posibilidades que existen a futuro gracias a las técnicas de terraformación que se están estudiando actualmente así como la nueva tecnología que permitirá a los humanos emprender viajes interplanetarios superando el monstruoso obstáculo de la larga duración. La discrepancia surgió porque el empleado, que en ese momento fungía como un oyente, estaba bastante informado sobre dos temas básicos para aquella discusión, ingeniería aeroespacial y desarrollo tecnológico. Sus amplios conocimientos sobre ingeniería aeroespacial fueron adquiridos algunos años atrás durante sus estudios de posgrado, antes de abandonar la academia para iniciar una prometedora y ambiciosa carrera dentro del comercio de reses y productos porcinos en el supermercado más económico de su localidad. Por otra parte, sus bases sobre desarrollo tecnológico llevaban poco tiempo de haberse desarrollado después de haber comenzado una etapa de crecimiento personal y autodescubrimiento en la que empezó a apasionarse por los temas de tecnología y ciencia aplicada a proyectos de innovación. Su respuesta fue contundente y breve -Aún no existe tecnología de criogenia que permita viajes de distancias tan largas sin comprometer la efímera existencia de los viajeros. Aparte, no es posible alcanzar velocidades lo suficientemente elevadas para cumplir con un objetivo de esa magnitud sin poner en entredicho la cordura y las capacidades físicas de los primeros exploradores- hizo una pausa para respirar y continuó, -incluso aún para viajes al planeta más cercano donde actualmente se encuentran trabajando equipos no tripulados-. Apenas dijo lo anterior, la ilustrativa plática que comenzaba a convertirse en acalorada discusión fue interrumpida por un corpulento personaje, de apariencia casi humana pero que tenía cinco ojos y contaba con tres pares de extremidades. Se trataba del insecto antropófago humanoide, que en su camino hacia el pasillo de trastes desechables, servilletas y papel higiénico decidió irrumpir pues fue atraído por la naturaleza de aquella conversación. -¿Qué se le ofrece caballero?- dijo con seriedad el empleado que fue interrumpido. El insecto antropófago humanoide extendió dos de sus patas, hinchó su pecho y empezó a emitir sonidos blasfemos mientras sus cinco ojos se tornaron blancos como si entrara en algún tipo de trance. Los empleados, comprendiendo a la perfección el contenido del mensaje, respondieron que efectivamente, era muy posible que técnicas de simulación gravitatoria pudieran surgir para crear campos de gravedad sintéticos para mejorar así la calidad de vida de los pasajeros durante viajes espaciales largos y evitar la atrofia muscular y ósea observada en astronautas que vivían durante meses en satélites artificiales. El insecto antropófago humanoide los interrumpió para enfatizar la importancia de los recientes descubrimientos en el planeta rojo relacionados con la presencia de agua en estado líquido y de como esto podría facilitar la labor de terraformación y el establecimiento de las primeras colonias de exploradores. Al unísono, ambos empleados asintieron con la cabeza convencidos con los argumentos compartidos por el insecto de anormales dimensiones que emitía ominosos sonidos enfrente de ellos. Al final de su ilustrativa explicación, el insecto antropófago humanoide frotó dos de sus cuatro patas superiores mientras apretaba sus colmillos con rabia, ante lo cual uno de los empleados le señaló un lejano pasillo, indicando que ahí encontraría los impermeabilizantes por los que acababa de preguntar, así mismo le explicó las marcas que se encontraban en oferta en este momento así como el tipo de impermeabilizante y la cantidad que más se ajustaba al tipo de departamento y al presupuesto que había compartido el insecto antropófago humanoide con el violento rechinar de sus colmillos. Fue así como el majestuoso artrópodo decidió emprender un largo viaje hacia aquel ignoto pasillo, no sin antes agradecer de todo corazón el profesionalismo de aquel hombre, de aquel augusto caballero del capitalismo, todo un digno representante de la sacra labor emprendida por el sistema de libre de mercado desde hace algunos siglos. Eso pensó el insecto antropófago humanoide antes de hacer movimientos convulsos con su cabeza mientras secretaba un líquido viscoso de sus dos ojos superiores en señal de respeto y de buenos deseos a la persona que le brindó ayuda. El gesto conmovió a los empleados, quienes al ver como se alejaba aquella figura humanoide decidieron seguir indagando sobre el futuro de la astrobiología y las formas de energía alternativas que permitirían la exploración de nuevos mundos en búsqueda de formas de vida no engendradas en la Tierra.
Al mismo tiempo, en un rincón apartado, en el área de juguetería, un niño y una niña parecían escuchar atentamente a un antiguo marinero, que en su afán de ganar simpatizantes, no cesaba de desprestigiar a los calamares, calificándolos como invertebrados repugnantes. El mencionado hombre de mar tenía la vestimenta típica de las personas que desempeñan dicha profesión, un uniforme de color blanco con detalles en azul marino, parecía como si deseara ganar credibilidad desplegando muchas de las características típicas del estereotipo de marinero, incluyendo los clásicos tatuajes de anclas que presumía en cinco de sus seis brazos. Se trataba de un enorme arácnido, del tamaño de un automovil compacto, que con aires de soberbia y patológica egolatría trataba de impresionar a la gente compartiendo muchas anécdotas que narraban sus grandes travesías durante el tiempo que sirvió a su nación en las fuerzas navales. Apenas su enorme figura fue visible para el insecto antropófago humanoide quien se dirigía al pasillo de impermeabilizantes y pinturas de exteriores, ambos personajes cambiaron miradas retadoras, como si desearan revivir alguna pasada enemistad, alguna pelea inconclusa de tiempos pretéritos. El marinero arácnido apartó a los niños que lo escuchaban enredándolos en una telaraña y colgándolos de una columna cercana al tiempo que gritaba terribles injurias en contra de los moluscos de mar. Hizo todo esto para protegerlos de las posibles consecuencias de cualquier eventual combate que pudiera surgir entre estos artrópodos que con hostilidad se retaban. El insecto antropófago humanoide, dejándose dominar por una ira ciega dejó que su carro de supermercado siguiera avanzando y se desentendió de él, tenía una prioridad mayor en ese momento, responder a la amenaza que se le presentaba enfrente. El ambiente alrededor de aquella lucha de egos que de forma épica se estaba gestando, era de extrañeza y espanto, la mayoría de la gente que presenciaba el espectáculo se alejó a una distancia razonable, con excepción de un viejo gerente de la cadena, el cual estaba sentado en el suelo a tres metros del arácnido marinero. Este hombre, de apariencia desgarbada y mirada perdida, no dejaba de contemplar el suelo, no hacía el menor esfuerzo por ocultar su tristeza ni las lágrimas que recorrían su rostro. Era claro que algo no andaba bien con el estado de aquella persona, ignoraba por completo lo que ocurría a su alrededor, únicamente miraba al suelo mientras murmuraba una palabra repetidamente, -Bigotes- se alcanzaba a escuchar levemente…
Por supuesto, ningún alma presente conocía el significado de lo que ocurría, la motivación que orilló a aquel otrora vivaz y elocuente gerente a mutar en una sombra de sí mismo era un misterio, y era de poca relevancia ante lo que estaba ocurriendo cerca de él. El insecto antropófago humanoide comunicó un mensaje haciendo vibrar sus mandíbulas mientras hinchaba su abdomen, era un mensaje desafiante, empleado tradicionalmente por los miembros de la milicia etrusca alrededor del año 200 A.C. Esto dejó estupefacto al arácnido marinero, el cual no esperaba recibir muestras de agresividad de tal envergadura, por lo que por un momento pensó en mejor retirarse para salvaguardar su integridad sin importar las heridas en su dignidad. Sin embargo, antes de ejecutar su huída se le ocurrió un plan, ¿qué pasaría si lograba inocular el suficiente veneno en el insecto antropófago humanoide de tal forma que no lo matara, pero que mermara su juicio para así ganar con facilidad el duelo verbal en el que estaba atrapado?, intentó enredar con uno de sus hilos la pata inferior izquierda del majestuoso insecto, pero falló al ser esquivado con facilidad. No hay que olvidar que el insecto antropófago humanoide tiene cualidades atléticas muy superiores a las de un humano promedio, pese a llevar más de dos años sin asistir al pequeño gimnasio del centro urbano y de prevención al delito de su colonia.
-Estuvo cerca- pensó el insecto antropófago humanoide mientras indagaba las intenciones del arácnido marinero. Después de aquel ataque, una sangrienta lucha de miradas empezó y continuó por una hora entera en la que ambos combatientes permanecieron inmóbiles, pendientes de cualquier paso en falso que cometiera el rival. Gran parte de la audiencia ya se había retirado, pero aún permanecían expectantes aquellos clientes con mayor conocimiento y pasión por las artes del combate, algunos de ellos incluso coreaban porras para alentar a uno u otro contendiente. Esto motivó a ambos artrópodos que decidieron abandonar su táctica defensiva para emprender técnicas de ataque, la velocidad fue juez en el combate, y en un sólo instante tras un breve descuido del insecto antropófago humanoide que al lanzar su embestida quizo evitar tropezarse con el gerente sollozante que seguía sentado en el suelo, el arácnido marinero lo sometió con sus peripalpos y le inyectó rápidamente una fuerte dosis de neurotoxinas. En consecuencia, el insecto antropófago humanoide se tranquilizó, su sistema nervioso fue inhibido lo suficiente para eliminar cualquier deseo de lucha, por lo que decidió disculparse dilatando su abdomen y emitiendo sonidos guturales. Una parte importante de los espectadores, decepcionada con el resultado abandonó el establecimiento causando destrozos, descargando así su frustración, el número de víctimas reportado hasta el momento es de muertos y 12.7 heridos de gravedad.
El arácnido marinero, triunfante, decidió liberar a los niños de su red para continuar narrando las irreverencias de sus viajes. El insecto antropófago humanoide decidió continuar con su exploración del santuario comercial, mas fue incapaz de encontrar su carrito, aparentemente durante la pelea, sus productos fueron devueltos a los estantes correspondientes debido a la acción de algún empleado de poca monta. De no ser por la inhibición de sus respuestas nerviosas, era claro que el majestuoso insecto hubiera entrado en crisis, sin embargo, se mantuvo estoico, serio y tranquilo, y tomó la decisión de simplemente explorar aquellos pasillos que nunca había visto, tenía profundos deseos de maravillarse ante la belleza idílica de aquellos lugares misteriosos, completamente desconocidos y que sólo en sueños había podido apreciar.
El área de jardinería era inmensa, hermosos sacos de abono se apilaban como los querubines en las representaciones clásicas de seres divinos que adornan muchas catedrales. Una calma interna comenzó a gestarse en uno de los muchos corazones del insecto antropófago humanoide, al parecer se trataba del segundo corazón frontal. Poco a poco el desconcierto y el desasosiego por el incidente con el arácnido comenzaron a borrarse, el aroma a jardín, las pequeñas flores de las macetas y los múltiples colores de las herramientas para podar los arbustos causaron tal impresión en el insecto antropófago humanoide que éste esbozó una pequeña sonrisa mientras lágrimas de dulzura empezaban a brotar de cuatro de sus cinco ojos. Sin embargo, las lágrimas que no dejaban de recorrer el rostro de aquel desdichado gerente que aún permanecía en el suelo del pasillo donde ocurrió el enfrentamiento, pero ahora en posición fetal, no eran lágrimas de regocijo, sino de la más pura amargura. En su afán por cumplir con honor las labores que le fueron encomendadas al aceptar con orgullo y responsabilidad su actual cargo, el otrora entusiasta y ejemplar gerente salió de su hogar y condujo temprana la mañana hacia su destino en el supermercado. Fue entonces cuando la invisible mano de la desgracia hizo mella en su existencia. Justo a 5.34 km de su destino sucedió algo inesperado, un felino de tonalidad parda, esbelto, y con una mancha muy peculiar en su pómulo izquierdo decidió cruzar el camino de forma despreocupada sin percatarse que la distancia y la velocidad con la que conducía el gerente llevarían a una inevitable colisión. Desesperado, el gerente intentó frenar, mas fue imposible evitar arrollar al desafortunado felino, en cuanto fue posible, el gerente se orilló y salió corriendo en busca del pobre animal, apenas lo recogió del camino y lo llevó entre sus brazos a la orilla cuando el felino, con un semblante completamente demacrado y con sus encías completamente enrojecidas finalmente pereció sin poder otorgarle el perdón a su ejecutor. En ese momento, el gerente supo que su destino había sido sellado, rompió en llanto mientras rendía honores a aquel pequeño mamífero, y una vez concluido el último de los rituales de santa sepultura se despidió, no sin antes bautizarle ante el desconocimiento de su verdadero nombre, -Bigotes- fue lo mejor que se le ocurrió para representar el aspecto, la personalidad y el porte del felino cesado. Perdió valiosos minutos, pero ya no le importó, a duras penas pudo reunir la suficiente voluntad para seguir adelante con su vida, mas el remordimiento, la culpa, y el trauma de haber sentido la muerte entre sus brazos no dejaban de mermar su consciencia. El gerente apenas pudo llegar a trabajar, pero no pudo laborar, estaba completamente inhabilitado, condenado a partir de ese momento a recibir salarios y honorarios a cambio de jornadas sin actividad alguna, pues jamás volvería a trabajar en su vida.
La expedición del insecto antropófago humanoide continuaba, y a medida que el tiempo transcurría, el efecto inhibidor de la toxina disminuía, incrementando así la capacidad de asombro del majestuoso artrópodo que ahora había llegado a los inexorables dominios de los productos de limpieza para inodoros, destapacaños y desinfectantes. Los colores, las formas de los envases, los logotipos y los nombres de toda esta gama de productos hicieron que el insecto antropófago humanoide detuviera su marcha, tenía que disfrutar ese momento, contemplar todo a su alrededor con tranquilidad y detalle. No en vano pasó por un largo camino y muchas peripecias para poder encontrar este invaluable tesoro, lleno de las más bellas joyas de ácido muriático y cloro, era como si el tiempo se hubiera detenido para el corpulento invertebrado, podía oler toda la fragancia de los desinfectantes de inodoro pese a que sus contenedores estuvieran tapados, podía sentir el cálido abrazo del ácido clorhídrico en su piel y podía escuchar a esta sustancia corroyendo los residuos sólidos acumulados en las tuberías de su departamento. Mil visiones de esperanza, compasión y prosperidad se le presentaron en ese momento, era una manifestación de Elohim el gran dios del mormonismo, que le había preparado un lujoso y extasiante regalo al insecto antropófago humanoide, o al menos eso él creía. Ante tanta felicidad el insecto antropófago humanoide comenzó a reír de forma descontrolada. Los sonidos guturales de su risa fueron escuchados por todos los presentes que se encontraban en el ala oeste de este santuario del capitalismo, incluyendo aquel desdichado gerente que ahora gateaba con la mirada al suelo y usando una bolsa de pan como sombrero, el sonido de aquella risa le recordó por un breve instante los bellos momentos que compartía con su familia, y las grandes aspiraciones que tenía en su vida, estuvo a punto de ponerse de pie para empezar a administrar el inventario, sin embargo, volvió a entrar en razón recordando su crimen y su deuda para con la sociedad felina, por lo que cayó al suelo y no volvió a levantarse hasta pasadas cinco horas.
El arácnido marinero jamás escuchó la risa del insecto antropófago humanoide pues se encontraba contando el clímax de la gran aventura que tuvo en los mares del sur, cuando su tripulación sufrió una epidemia de embarazo psicológico. Fue en ese momento, que los niños que hasta entonces parecían estar siempre atentos a las increíbles historias del arácnido, empezaron a blasfemar contra los dioses del hombre como si ignoraran por completo al narrador. El arácnido los miró fijamente y finalmente comprendió que en realidad nunca le pusieron atención, todo este tiempo ¡no tuvo audiencia!, los niños eran autistas y al parecer también sordos. Sin embargo no fue hasta que al juzgar por sus brazos velludos, la proporción de sus manos, sus arrugas faciales y el no tener padres, el arácnido marinero comprendió con horror que no eran niños, sino enanos.


















