“¿Alguna vez has sentido ganas de asesinar a alguien?” la pregunta escapa con acentuada seriedad de los labios del menor al sentir a alguien a su lado, dejándose llevar por las fechas en las que se encontraban al intentar añadir cierto aire ‘creepy’ al ambiente (porque buscar medallones ya le había aburrido tras encontrar uno con éxito).
“Todo el tiempo”, asegura, asintiendo con la cabeza como si pudiese empatizar con lo que, cree (sin fundamentos), es una confesión de los deseos que invaden al campista en ese momento. “A menos que hables en sentido literal”, frunce ligeramente el ceño, volviendo la mirada hacia el campista. “No me lo digas, si es eso lo que tienes en mente, no quiero convertirme en tu cómplice y creo que eres demasiado joven para terminar en la cárcel, no sabría qué hacer contigo.”
















