inrtias:
“Quizás no con la conclusión esencial, pero sí simpatizo mucho con algunos conceptos del situacionismo, especialmente con el de la ilusión de las personalidades. Así que creo que muchas cosas son posibles,” Una respuesta indirecta, un sí a medias, pues era algo que definitivamente había pensado, pero que temía podría cumplirse de ponerlo en palabras. Quizás, paradójicamente, el mismo hecho de estar nombrándolo sería la principal causa del alejamiento ajeno. Vivir entre tanta incertidumbre forzaba a uno a soltarse al menos parcialmente, dejarse llevar en aquellos escenarios que no estaba en su poder controlar, estar abierto a los múltiples desenlaces que podrían asomar tras la línea de llegada.
Respondió al agradecimiento ajeno bajando su cabeza; un asentimiento incompleto, tal vez porque también la gratitud de Nikolai le quedaba a medio aceptar. Por una parte distinguía lo evidente, las muestras de cortesía que, lógicamente, iban ligadas al respeto pertinente. Y sin embargo, desde una mirada más profunda, sentía que él era el que debía estar agradeciendo, o pidiendo perdón, o ambas, o ninguna — simplemente alejándose, pero hace encuentros atrás, en un viaje en el tiempo con el objetivo de enmendar aquello que había estropeado de puro capricho. Fijó su vista en las formas que adoptaba la espuma de su café, accionar completamente vano encontrándose bajo una maldición conocida como visión periférica, que le permitió apreciar con detalle la forma en que la palma de Nik se deslizó sobre la superficie.
“Y tú crees que me importaría, incluso cuando estoy libre del trabajo,” Casi haciéndole caso a un impulso —pues sus ideas fugaces eran lo más aproximado a impulsos que llegaba a experimentar— Lorian dejó caer una de sus manos en el mármol, la palma encarando contrapuesta, las yemas a la altura de sus huesos carpianos. Porque al final, en un mundo donde la personalidad era una burda descripción del ego y, por lo tanto, sometible a constantes alteraciones, todo era posible. Y dentro de esas posibilidades, al menos le gustaría haberse atrevido a sostener su mano una vez más.
“También creo que muchas cosas son posibles. No me atrevo a descartar nada.” Sus esmeraldas observaron de soslayo la mano ajena sobre la propia, y no se atrevió a dirigir una mirada directa cuando sus falanges se inmiscuyeron entre los impropios. Fueron desde un juego sutil; una caricia cautelosa, hasta finalmente entrelazarse con los ajenos.
Hace un tiempo, había mantenido una conversación con uno de sus primos. Ambos estaban ebrios en esa ocasión y para Nikolai el tema principal le parecía hasta un poco absurdo. Ludvik le había dicho que el sostener la mano de una persona especial tenía un significado enorme, pero que no era posible darse cuenta hasta que sucedía. Luego le siguió un argumento sobre cómo esa acción era muy subestimada. Nikolai, por su parte, le había atacado con un discurso acerca de lo cursi que era y que la mezcla del licor de cerezas y el estar enamorado le hacía mal. Se burlaba, por supuesto, a lo que su primo respondió con un simple: “Sí, idiota, cuando te suceda te vas a dar cuenta.” Y allí estaba el idiota, dándose cuenta de que el menor de sus primos tenía razón. Y de repente hasta sintió ganas de soltar una risita irracional. Ludvik de mierda y sus cursilerías. Y, a pesar de la culpa que sintiera por ser como una carga para Lorian y a pesar de su egoísmo por no quererlo lejos de todo el caos que significaba su persona, se encontró esbozando una sonrisa que seguía siendo tenue, pero guardaba mucho más de lo que representaba.
Jamás le había dado miedo el silencio y menos si estaba con Lorian, porque de alguna manera, nunca sobraba, como cuando el bosque encontraba el cielo y se comunicaban a través de un puente invisible. Buscó la comodidad del hombro ajeno y apoyó su cabeza allí, acurrucándose sigilosamente como había hecho ya alguna vez. Luego de un minuto habló: “Si de repente me acostumbro mucho a esto, ¿podrías hacerme el favor y darme una bofetada?” Por supuesto que no hablaba muy en serio cuando se refería a su inasistencia a clases, a la comodidad de invadir espacio personal y la confianza de irrumpir en la vivienda ajena.








