abrazaba los valles de Judea,
en la hora silente que calma difundía.
miraba un riachuelo que tímido cantaba,
mientras manso corría. Así meditabundo,
largos instantes, el Señor del mundo permaneció…
una voz infantil plena de duelo turbó el silencio augusto,
abrióse presto a prodigar consuelo.
Al pie de una palmera no distante, estaba una niñita sollozante
que, al verlo aproximarse, exclamó a gritos:
¡Mi muñeca, mi niña, mi muñeca!
¿-Di hermosa, que ha pasado?
¡En el río, se me ha ahogado!
Y tú que haces andar los borreguitos de barro,
y las aves obedecen oyendo tu llamado;
¡Di a mi niña que vuelva!
El rostro del niño confiado,
con aire de dulzura le dijo a la criatura,
acariciando su pelo ensortijado:
con más ternura que en todo el firmamento,
¡Padre; me conmueven a un tiempo todas ellas,
porque en cada mujer hay una madre,
A una leve señal sobre las aguas la muñeca flotó;
el niño santo la tomó y con su manto,
secó el agua que el cuerpo humedecía,
y más linda, más bella parecía.
¡Cuídala mucho! le dijo a la chiquilla,
que llena de contento con su niña,
Muchos años pasaron. Llegó el día
en que el Maestro, enseñando,
y una gran muchedumbre le seguía.
cuando un sol ardiente esparciendo su lumbre
abrazaba desierto, valle y cumbre,
y en la corriente de un riachuelo que tímido cantaba,
acercóse a beber. Alguien lloraba.
Entre la multitud abrióse paso,
una pobre mujer de rostro enjuto.
Consumida por honda herida,
cubierta con mantón de luto.
¡Maestro! Dijo. Tú que das a la estrella brillo y a la flor divino aroma.
Que atraes a la paloma en las tibias mañanas hacia el nido…
¡Señor! Mi niñita se me ha ido.
¡En el río, se me ha ahogado!
El Maestro alzó al cielo los ojos
con más ternura que en todo el firmamento,
Padre, sé que en Tu Amor no hay sufrimiento,
que la Vida es eterna y siempre bella…
-Ve a tu casa, mujer, y espera en ella.
al primer beso del aura matutina,
el Señor de regreso estaba en la rivera del riachuelo, mirando fijo al cielo
cual si estuviera orando, sabiendo que siempre el Amor está operando.
A sus pies, una joven mujer arrodillada
lloraba mucho, quedando en su dolor purificada.
El Maestro alzó al cielo los ojos
con más ternura que en todo el firmamento,
¡Padre; me conmueven a un tiempo todas ellas,
porque en cada mujer hay una madre,
-Se desconoce el nombre del autor.