20 de mayo de 2026, Ciudad de México.
Hoy he comenzado a leer Las confesiones del estafador Félix Krull, de Thomas Mann. Esto se debe a que, hace unos días, leía el prólogo de Los dioses de los griegos, de Karl Kerényi, donde el autor mencionaba unas conferencias de Mann sobre Freud. Aquel párrafo no me causó una curiosidad particular, sino que la referencia al novelista alemán despertó mi interés por sí mismo, ya que, hasta ahora, había sido bastante reticente a la literatura alemana. Sin embargo, parece como si todo se hubiese alineado, tal como ha sucedido con tantas otras cosas.
Desde mi regreso de Puerto Escondido, he intentado continuar con mi tesis, lo que me ha llevado a revisar ciertas obras de Marx y Engels. Estoy empeñado en describir las contradicciones del fascismo desde una perspectiva dialéctica, pero distinta a los trabajos publicados hasta ahora, concentrándome en el papel del lumpen y la pequeña burguesía como alianza interclase para la administración de la economía capitalista. Estoy convencido de que, de alguna manera, dicho fenómeno fue vislumbrado por las agudas y poderosas mentes de Marx y Engels desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista, donde mencionan lo que llaman "socialismo conservador o reaccionario" y explican la naturaleza de clase de cada uno de ellos.
En fin, todo esto me ha llevado a revisar distintas obras de ambos prodigios, lo que exige conocer más a fondo la historia de lo que hoy es Alemania. Así pues, una magnífica conjunción de intereses me llevó a la obra de Mann.
Leí algunas reseñas de otros de sus trabajos, como su ciclo bíblico sobre José, obras que ya descargué en mi computadora. Sin embargo, cuando me enteré de la trama de Félix Krull, me obsesioné con conseguir el libro rápidamente, ya que en las distintas reseñas se señalaba el "juego de roles" que el personaje encarna para salir librado de posibles incidentes. No solo eso: dicha artimaña le sirve para consolidar y recibir los más grandes elogios por su estafa y gracias a ella. Tal truco, que Mann utiliza en la ficción, es perfectamente palpable en diversos ámbitos de la vida cotidiana. En al menos dos de ellos, la explicación y dinámica del fenómeno me resultan fascinantes y apasionantes desde hace años: la sexualidad y la política. Es decir, la acción viva y pertinaz de negar con los hechos lo que de palabra se sostiene y exacerba al mismo tiempo. Es el juego de roles llevado a sus últimas consecuencias: falacia nominal, el arte del oportunismo, gatopardismo, la capacidad camaleónica de ser y hacer justo lo contrario —precisamente lo opuesto— de lo que se declara, con tal eficacia histriónica que millones de incautos son engañados.
A continuación, algunos ejemplos de la historia y la actualidad, aunque advierto que esta conducta, que bien puede ser calificada como fariseísmo, no tiene nada de nuevo y ha sido retratada brillantemente en la literatura medieval y renacentista.
Más allá de los "marxistas" de universidad de los siglos XIX, XX y XXI, y de los mismos revisionistas combatidos por Marx, Engels y Lenin, podemos encontrar distintos ejemplos de todo cuño: Mao en China, luego Deng Xiaoping y hasta Xi Jinping; tanto como la familia Kim en la facción ganadora de la Guerra de Corea, así como Vicente Lombardo Toledano con Lázaro Cárdenas y su exitosísimo corporativismo sindical en México. He ahí la falacia nominal de la autodenominación.
Volviendo a la multitud de conjunciones: Félix Krull dice haber nacido un lluvioso y tibio día de mayo; yo empecé a leer dicha novela este 20 de mayo, que también fue un día tibio y lluvioso. Además, mientras comenzaba a leer la multicitada novela de Mann, escuchaba a Bach y Haydn. Mientras tanto, me escribió mi amigo sirio-veracruzano, el chef que conocí en Puerto Escondido, para saludarme; el mismo día fui a comprar hierba mate y, mientras la cebaba leyendo las Confesiones, me escribió también mi amiga Cons, una chica cordobesa que también conocí en Puerto Escondido. Por cierto, también me escribió Mon.









