Althea.
Con sus botas con taco aguja en sus manos y el nombre de sus hermanos en su garganta, la griega corría desesperada por el palacio. Todo parecía lejano. Su sentido de la orientación estaba destruido y, al menos así lo aseguraba ella, había pasado ya cinco veces por el mismo cuadro “¡Alala! ¡Alekos!” gritó, al ver una figura no tan lejos de ella. Podía ser cualquiera, incluso alguno de los atacantes, pero también podía ser uno de sus hermanos “Dime que has visto a Alekos y Alala por favor” exclamó después, un poco más tranquila y cerca de tal persona.
Venía de hablar con algunos guardias, necesitaba más datos sobre la situación fuera del palacio, y no solo eso le preocupaba, en realidad estaba más que desolada por su hermano, por todos en realidad. Se detuvo y trato de respirar lo más profundo que sus pulmones le dejaban, igual intentando una llamada pero era ridículo en esas circunstancias, la señal era pésima. Una voz desesperada la sacó de su intento de mantener un poco la calma — No, lo siento… pero no te alarmes. Quizá están refugiándose en alguna habitación y por ello no los encuentras — sabía que no era el momento para dar ánimos porque todos estaban en pánico pero era lo que mejor se le daba al a castaña















