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#8: Cine
Su propósito era simplemente ver una película. Algo tan simple como eso. Relajarse durante una hora y media viendo algo de ciencia ficción, comer palomitas de maíz y disfrutar de un rato en paz. Pero al parecer ni siquiera eso podía tenerse en el mundo actual. El corazón de la castaña comenzó a desbocarse dentro de su pecho mientras la voz serena de la presidenta de La Sociedad se oía por los altavoces y la película era interrumpida. Podía sentir los temblores comenzando en su cuerpo cuando los primeros disparos hicieron eco en la sala de cine y los gritos eran cada vez más continuos en el establecimiento. La luz se apagó y la desesperación se incrementó. Las personas no sabían hacia donde correr y cuando una mujer de mediana edad cayó desmayada al suelo, Nayara sintió que era su momento para actuar. — ¡Háganse a un lado! —gritó levantándose de su butaca, corriendo hacia la mujer en el suelo—. Alguien. Alguien debe buscar agua para esta mujer y calmar a todo el mundo antes de que ocurra una tragedia más aquí dentro —pidió mirando los rostros de las personas a su alrededor mientras sostenía en alto las piernas de la mujer para que la sangre circulara. Tal y como le habían enseñado en su distrito.
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No pudo evitar que una carcajada saliera de sus labios con lo antes mencionado y se pasó una mano por el pelo — Nuestro deber es ser señoritas de sociedad, no han desperdiciado tanto tiempo en nosotras si no fuese así — añadió entre risas mientras por su mente pasaba cada una de las clases de etiqueta y los sermones interminables, de alguna manera era sumamente cierto que eso era lo que debían de hacer, pero al salir al mundo real por así decirlo todo era muy distinto — Ya sabes, tienes una casa preciosa con un marido ejemplar y todo es miel sobre hojuelas — no pudo evitar batir un poco las pestañas con lo dicho y suspiró al escuchar la respuesta — Creo entenderte, pero ¡Hey! Una casa llena no siempre era tan abrumador — sonrió.
Rió junto con Florence y al notar a la camarera acercándose con su pedido, enderezó su espalda y su carcajada se convirtió en una sonrisa cordial. Sostuvo la taza entre sus manos calentándolas en silencio hasta que la camarera se alejó. — De esto se trata todo el tiempo. Fingir. Estoy agotada y apenas es nuestro primer año. Ahora sé lo que siente Barbie con esa sonrisa en su cara todo el día —murmuró apoyando la espalda en el sofá, y dándole un trago a su café—. Y lo sé, ahora lo entiendo. El silencio en casa es ensordecedor y Jaxxon no ayuda para nada. Sabía que los akili eran difíciles pero él es todo un caso —su vista estaba fija en el humo que salía de la taza que sostenía pero su mente estaba perdida en otra parte.
Sonrió un poco ante lo que ella decía, y aunque no la contradijo, estaba pensando en que quizá no era del todo verdad. Al menos él parecía esforzarse un poco para con lo que le había tocado vivir. Se sentó junto a ella en la acera y se encogió de hombros. — Sí, hace ya bastante, Naya… — asintió un poco y sonrió. — He estado bien, ya sabes, adaptándome como todos ¿que tal tú?
Se encogió de hombros y bajó la mirada a sus manos. La situación era llamativa. Ella con su ropa sumamente pulcra, con su cabello arreglado y su delicadeza sentada en la acera tan desgarbada llamaba la atención. Si bien en su casa era sumamente despreocupada, afuera intentaba mantener las apariencias. — Ha sido difícil. Ya sabes, una cosa era convivir en la Mansión con todo el mundo. Ahora siento que las paredes de la casa cada vez son más pequeñas. Y con Jaxxon... no vamos muy bien de momento —su tono de voz había sido cada vez más suave para que nadie más pudiera oírla. En teoría todo debía ser perfecto, pero no lo era. Ni de cerca.
Nathaniel abrió más la puerta para dejar entrar a la castaña. —Por nada. —Replicó mientras la observaba entrar, posteriormente cerró la puerta y señalo un sofá. —Puedes tomar asiento, si quieres. ¿Deseas algo de tomar? —Preguntó con amabilidad. —No llegaste en un momento inapropiada, lo que pasa es que suelo quitarme la camisa y pasar a diversas chicas a mi casa con el propósito de violarlas. —Bromeó y después soltó una carcajada.
Tomó asiento en el sofá señalado por el castaño y cruzó una de sus piernas por encima de la otra, con la espalda recta como siempre le habían enseñado. Más de una vez se había llevado grandes castigos por estar con la espalda encorvada y en la actualidad nunca se le pasaba por alto aquel detalle. — No, estoy bien, gracias. ¿Tienes idea a qué hora podría llegar tu esposa? —elevó ambas cejas ante la broma de mal gusto y agregó—: Y luego imagino que debes matarlas. Digo, todavía sigues aquí y ninguna te ha reportado —.
Como siempre, al estar apresurada, y ser tan desordenada, algunas cosas habían caído de su bolso mientras buscaba por sus llaves. Pero no creyó que fueran de valor, hasta que notó la falta de su celular. Enseguida volvió al lugar, esperando que nadie lo hubiera robado o algo así. Cuando divisó a la castaña con su pertenencia, soltó un suspiro de alivio, aunque enseguida retomó la postura, caminando hacia ella para reclamar lo que era suyo. —¡Hey, eso es mío! —espetó, parándose frente a la chica. Recibió el teléfono, asegurándose de que la chica no hubiera visto nada importante. Aunque no creía tener nada demasiado importante. —Sí, lo sé. Por eso volví aquí, a buscarlo.
— Tranquila, Gemma. No voy a reportarte por esas cosas que he leído a menos que me des razones para hacerlo —claramente bromeaba. Conocía a la castaña de su estadía en la Mansión hacía años atrás. Convivieron en la misma y trabaron una buena amistad. Claro, tanto como se podía entre akilis y kvinders. Eran muy diferentes pero Nayara sabía que aquello era lo que hacía que se llevaran bien—. ¿No has encontrado alguna antigüedad por ahí, huh? —la castaña sabía que Nayara moría por los artefactos viejos y le había conseguido unos cuantos tiempo atrás que la chica todavía conservaba como trofeos.
Todos habían ido a cenar a casa de Karen en un momento u otro de su vida, y a nadie le había parecido bien. Nadie se había resignado a volver, por lo que la pareja siempre tenía que encontrar nuevas personas para torturar. “¿Tú crees que tortura por aburrimiento está permitido? Porque podríamos reportarlos, ya sabes.” insinuó, medio en broma, medio en serio. Rodó los ojos, riendo suavemente. No tenía una mente muy sucia, a pesar de las excepciones, y nunca se le habría ocurrido otra cosa que el significado que la chica quería decir si no hubiese dicho nada. Imágenes cruzaron su cabeza, y deseó nunca haber pensado en eso. “No iba a imaginarme otra cosa, pero gracias por el trauma que voy a tener toda mi vida, preciosa.” ironizó. “Por supuesto que no, si lo fuera, el sector Cinco no existiría. Imperia está extraña, dice que lo nuestro no es lo mismo porque tiene que fingir que está feliz conmigo.” susurró con miedo a que nadie les escuchara. “Pero ya sabes por qué.”
Nunca se le había pasado por la cabeza delatar a alguien, aunque tratándose de Karen y su esposo, todo era posible para Nayara. — Bueno, pero primero quiero asegurarme de que me darán sus pertenencias. Las podemos repartir. Cuarenta por ciento para ti, sesenta para mi —el tono de voz que usaban era bajo. Todos en el sector eran bastante... sensibles, por decirlo así. Y si alguno de los policías que merodeaba el perímetro los oía, probablemente los acusarían de conspiración y mil cosas más. Puso los ojos en blanco sin dejar de sonreír ante lo siguiente que dijo Andrew y volvió a mirarlo elevando ambas cejas. — No puedes traumarte con algo que no existe ni sucede —hablaba en serio. Cruzó una de sus piernas sobre la otra y escuchó a su amigo con atención deseando poder ayudarlo—. Tal vez... tal vez deberías hablarlo con ella. ¿No se te ha ocurrido? Creo que merece saberlo. Al menos yo en su lugar querría saberlo. A fin de cuentas, Imperia no te delatará, no la creo capaz de algo así —.
“Xavier” le dedicó una sonrisa, prefirió no darle la mano para saludar ya que estaban llenas de miel por haber puesto de esta en su tostada “¿Tengo cara de serlo?” cuestionó con algo de extrañeza “Puedes estar tranquila no soy nada de eso, imagina si lo fuera no estaría tan tranquilo comiendo entre tanta gente”
Ladeó el rostro observando al hombre y rió con suavidad. — ¿De verdad quieres que te conteste? —sólo bromeaba. Cuando la camarera se acercó, pidió lo que ansiaba desde que había puesto un pie fuera de la cama. Jugo, café con leche, pan tostado y mermelada. Se le hacía agua la boca de tan sólo pensarlo—. Y para tu información los psicópatas son bastante astutos —habló una vez que la camarera se retiró con su pedido—. Suelen escabullirse en los lugares llenos de gente y pasan desapercibidos muy bien —sonaba como una experta cuando en realidad sólo había visto unas pocas películas del tema.
Los ojos de Arlandria se abrieron aún más conforme la chica iba hablando. La castaña si ganaba dinero, ¿pero poder costear algo de hace casi setenta años? Oh, no, no podría, tendría que vivir cinco veces si quería arreglar aquella torpeza de su parte. –Uhm…– balbuceó durante unos segundos, entrecerró los ojos y no sabía si hablar o quedarse callada. –Entré a una academia de danza aquí en el sector y… ¿me emocioné?– arrugó uno de sus ojos y encogió sus hombros, como si aquello fuese una excusa válida para emocionarse de tal manera. Y en realidad es que para la ojiverde lo era, la emoción que tuvo valió totalmente. –Igual, de nuevo lo siento, supongo que… no sé, debo tener algo en casa que pueda darte para remendar eso… quizás puedo conseguir algo de esos años o… cerca en la fábrica– soltó un suspiro. –Lo siento–
Fue cuestión de sólo oír la palabra danza para que su semblante de hostilidad cambiara totalmente a uno de claro interés. Ella era profesora en una de las academias de danza y tal vez a esa misma había ingresado la castaña. Era consciente de que no le ponían fácil el ingreso a quienes deseaban ser alumnas. Sin embargo ella venía recomendada desde su distrito, y de parte de una de las mujeres integrantes de La Sociedad que la había visto bailar durante su estadía en la Mansión. De no ser por ella problablemente estaría vendiendo flores o atendiendo un mercado. — Vaya, bueno felicidades. Créeme que soy consciente de lo que cuesta ingresar a las academias de danza aquí. ¿Para cuál aplicaste? —presentía que era donde ella daba clases, y el sello color cobre plasmado en el papel que sostenía la chica confirmó sus sospechas—. No te preocupes por el jarrón, de verdad. No es nada —.
¿Vas para la biblioteca? -Dijo sorprendida al escuchar tal respuesta- ¡Yo también voy para allá!
Sus cejas se elevaron ante el dato que le proporcionó la castaña y asintió. — Sí, tengo que devolver algunos libros que ya he leído y pensaba llevarme otros. Por cierto, soy Nayara —se presentó estirando su mano hacia la chica con una sonrisa.
Asintió como si pensará en el efecto de las palabras. Y se reclinó por escasos centímetros a la chica, enarcó una de sus cejas. “ Creo que ambos perderíamos si hablas. Yo insistiré que no he hecho nada.” había aprendido que, en las circunstancias que todos vivían había que cuidar sus espaldas. Y volvió a erguir su cuerpo. “Si tanto quieres, gracias por hurgar en mi teléfono.” agregó sonriendo.
Se mantuvo quieta en su lugar sin retroceder ni un centímetro cuando el contrario se inclinó hacia ella desafiándola. Claramente akili. Y por suerte la convivencia diaria con uno le había enseñado varios trucos para tratarlos. El primero era nunca ceder. — ¿Siempre eres así de desagradecido con la gente que te ayuda? Si lo sabía iba directo a las autoridades con el móvil —.
Sonrió ladino por unos segundos para después pasar su mano por su cabellera y negar, cortando y lentamente. — Igual creo que voy a cambiar este. Tengo bastante tiempo con él. — comentó, volviendo a verla y encogiéndose de hombros. — Aunque por ahora es vital. — rió un poco, llevando sus labios a una línea recta. — Gracias, de nuevo. — dijo nuevamente sin darse cuenta. De no ser por que necesita ese teléfono más que nada para ganarse la vida, no hubiese vuelto por él en primer lugar.
— De nada pero creo que exageras un poco. Un móvil no es vital ni de cerca —opinó desde su lugar. No era la primera vez que oía algo así y le parecía que la gente se vinculaba demasiado con cosas materiales que no tenían la importancia que ellos creían—. Digo, has sobrevivido los metros que caminaste desde aquí hasta donde notaste que te faltaba el teléfono y nada malo te ha sucedido mientras tanto —.
- He golpeado gente por menos.- Aseguró con sinceridad. Y no era más que la pura verdad, aunque también ello le había causado algunos problemas. La Sociedad no era suave con personas problemáticas como ella tendía a ser y, aun así, poco le interesaba lo que pudieran hacer con ella. Estaba cansada del funcionamiento de la sociedad.- Tengo cordura, me encantaría poder decir lo mismo de mi paciencia.- Agregó antes de encogerse de hombros. Comenzaba a irritarla su presencia, no quería cargar con el peso de una vieja amistad.- Tu nunca tendrías las agallas suficientes para golpearme, lo cual es muy diferente.- Soltó sin preocuparse por el efecto que podría tener sobre la muchacha. Estaba enfadada, su acompañante parecía tener una idea formada, la persona que era cuando niñas. Un polo diferente al que la definía ahora.- No te confundas, Nayara.- Murmuró ahora en un tono más calmo, carente de sentimientos. No iba a permitir que unos recuerdos de amistad, rigieran su forma de ser.- No soy la niña que solías conocer.
— No lo dudo. Pero hace rato que me tienes aquí parada y todavía no lo has hecho, así que sí. Mi esperanza sigue creciendo, Katrina —continuó en su posición firme y decidida. No iba a mover un cabello de su sitio y si la castaña la golpeaba, estaba dispuesta a recibirlo. Si bien en el interior su carácter comenzó a revolverse como una fiera dispuesta a salir y arrasar con todo a su paso, no se dejó dominar. Sabía que era lo que Katrina quería y no planeaba dárselo. No así de fácil. — Tengo las agallas, créeme. Pero a diferencia de ti, sé que los golpes no nos llevarán a ninguna parte. Así que prefiero ahorrarme el dolor en los nudillos —su tono había adoptado algo de cinismo, sin embargo estaba resignada—. Lo sé, yo tampoco lo soy pero no por eso he decidido comenzar a odiarte. Katrina, ¿qué te pasa conmigo? ¿Qué he hecho para que me trates así? Dímelo. Dímelo y te juro que dejaré de molestarte. Sólo... dímelo —pidió casi como un ruego.
–Por el amor a Dios, ¿qué parte de una broma no entendiste?– Dejó sus ojos en blanco unos segundos. –Mhm, nah.– Contestó sin importarle mucho, no le daría las gracias nada, sabía que su coportamiento era parecido al de él, así que no cedería.
— Vaya, qué modales. Y yo me quejo del que tengo en casa. ¿Esto era lo que les enseñaban en los distritos hace unas décadas atrás? —claramente exageraba simplemente para cabrear al castaño. No tenía pinta de lucir tan grande, pero sabía que era un punto débil de los hombres el tema de la edad.
Rió un poco ante las acciones de la chica y luego sus palabras le hicieron soltar una carcajada. — ¿Dumbo? ¿Y crees que si le pongo ése nombre aprenda a volar? — preguntó, volviendo la vista al cachorro, que parecía querer saltar a los brazos de la chica que tenía enfrente. — Parece que se quiere ir contigo.
— Puede ser. Sería genial si volaras, cosa con pelos —habló ahora dirigiéndose al can que se sacudía como loco en los brazos del rubio. Volvió su mirada al rubio y negó repetidas veces—. ¿Conmigo? No, no. Ni pensarlo. Me llenará de baba y pelos. Y tal vez hasta pueda morderme. No, mejor te lo quedas tú y yo los admiro a la distancia —.