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Nubes y lunas, obsesiones, humos, invisible
Nunca antes me había interesado por una escritora Colombiana como Pilar Quintana. Sus libros Caperucita se comió al labo y Los abismo me han arrebatado cualquier inocencia, ha corrido todas las cortinas prohibidas y sacudido mi estómago como mis malecones morales. Su prosa ha desnudado a la infancia, ha despertado a la niña que mira por el resquicio de la puerta al cuarto de sus padres, ha seguido la mirada de su madre hasta verla humana, descarada y amante. Al leerla, me sugiere el poder de las perversiones, su vocabulario entre vulgar y cuidadosamente elegido, mirando de frente las inclinaciones sexuales de los seres, descubriendo sus intenciones, sin asombrarse, pero dejando al imaginerio ser un estambre que se enrreda en recuerdos vestido con otros nombres, pero al fin y a cabo, siendo atrevida y deboradora.
Resistir. Es la palabra que resuena en cada pulmón, en cada sentir. Me gusta decirla con el cuerpo que con palabras, cuando bajo el sol inclemente, el ruido sórdido y los olores pestilentes, al fondo con el humo de comida frita elevándose, siento cada mensaje del exterior. Danza el ambiente que me rodea, sutilmente, absorbo el caos haciendo movimientos desordenados. Parece patético mientras intento significar cada posición, no muy diferente a los griegos que haciendo largas caminatas de reflexión. Así, intento danzar para descubrir mensaje secretos de mi cuerpo.
Escribir era tomar tomar una larga respiración, era suspender la fiebre del instante que hacía ruído en las proximidades. Era quedarse con la obstinada tarea de pensar en la soledad cada contacto cercano; los ligeros brotes de angustia y las amenzas de diluirse la identidad en la inconsciencia. Habría que poner un alto al tiempo automático; mi voz está seca de tanto gritar en contra de las repeticiones aniquilantes: el silencia, el prejuicio y la subestimación. Habría personas que no les interesaba tanto como yo a ellas; yo amaba el contacto inviisble acostumbrada a ver sin ser vista, porque mostrarme sería ser blanco de sus ojos deseantes de estar conmigo u odiarme. No podría confiar todavía si dudaba demasaido de mi oficio; si me preguntaran un por qué, quedaría deshecha como expuesta ante la sencilla verdad de porque sí, porque quise. A nadie podría escuchar esto sin encontrar un capricho floreciendo cual narciso. No podría decirlo si no apresuro con una reflexión que abarque mi silencio. Lo hice porque no quería pensar en este día que fuese leída, aún queriendo, no podría continuar si pensaba demasiado en las consecuencias. Podrán encontrarme fragmentada porque nunca tuve un lector fijo, cada poema siento que lo he escrito encarnando a otra yo, más plástica para moldaarse a un sentimiento, cultiarlo y trasmitirlo si me permito la pretensión.
He crecido en las brazas del fuego
Cerca al amor que estuvo a punto de consumirse.
Queda sus fantasmas en los rostros extraños
Las cenizas son cuerpos volando.
No quiero bocados probar
No quiero pronta satisfacción
Quiero el hambre de una crisis
Mientras corro tras una causa imposible.
Victoria and Albert Museum.
London, England.
Aprender a morir escribiendo, o escribir de la muerte.
Me gusta hacer público mis ideas ingenuas y exponer mis deseos insulsos, expresar desde cualquier abertura del lenguaje. Es normal buscar una salida en este laberinto de significados vacíos.
Malditos artistas, me deslumbran hasta escribir a ciegas.
Estoy tan maravillada del arte que no me atrevo a imitar, ni a contemplar demasiado, por temor a confundirlo con otra cosa. En este momento no sé cómo bailar una paisaje, un campo de lavandas o girasoles. Prefiero imaginar que existen esos lugares para ser vistos, olidos o habitados, por otros desesperanzados y ofrecer belleza que vitalice los ánimos.
Pienso en la partida mientras veo un gran tallo sobresaliendo de una pequeña matera; saber que si no es trasplantada a la tierra, no crecerá como los grandes bambus de las historias.
Tengo la lengua maltratada de picante, café caliente y tus mordidas entrañables.
Si las expectativas se pierden, la construcción pierde su forma; se transforma en otras, haciendo que el primer amor sea un azarosa atadura que se prolonga descubriendo como hacer nudos y desenlaces, una y otra vez