Me gusta creer que hay un propósito en todo lo que estoy viviendo. Lo necesito creer. Porque, sinceramente, es difícil explicar cómo lo que siento no deja de crecer, como si no tuviera un límite. La frustración me habita de forma constante; a veces es una tristeza profunda que pesa en el pecho, y otras veces se transforma en ira. Una ira silenciosa, contenida, que no tiene comparación.
Hace meses la ansiedad me acompaña. No duermo bien, no descanso. Pienso demasiado y, al mismo tiempo, intento no pensar. Es un bucle infinito. Y aparece la culpa: la culpa de sentirme así cuando sé —o quiero creer— que hay personas que la pasan peor. A veces ese pensamiento me impulsa, otras veces solo me sirve de consuelo.
Han sido años sin verdadero control. Malas decisiones, cambios constantes, incertidumbre. Años sin constancia. Años sin dinero propio, sin algo que pueda llamar mío, sin la sensación de tener las riendas de mi vida. Antes no veía lo poco claro que era el rumbo que llevaba. Hoy sí lo veo.
¿Y qué es mi vida ahora?
Nieta. Hija. Hermana.
Eso me define. Y, sin embargo, no siento que haya algo que sea únicamente mío.
Nieta. La nieta de una abuela hermosa que durante años me regaló esperanza y oportunidades. Hoy soy yo quien la cuida en uno de los momentos más duros de su vida. Una enfermedad empieza a borrar su memoria. Debo ayudarle, cocinarle, organizar cada detalle porque ella ya no puede hacerlo sola. Y la rutina se vuelve un ciclo: limpiar, lavar, restregar, escurrir, cocinar… y repetirlo al día siguiente. La ira aparece. No es hacia ella. Nunca hacia ella. Es hacia el abandono que percibo alrededor, hacia el poco compromiso de quienes deberían asumir esta responsabilidad, hacia el cansancio acumulado en mi madre. Ahora compartimos esa carga. Y pesa.
Hija. Querer que mi madre, que ha vivido para cuidar a otros, pueda por fin descansar. Sentir enojo por tener que cargar con lo que le corresponde a otros, y al mismo tiempo sentir paz al saber que, cuando lo hago yo, ella puede respirar un poco. Es un rol que amo y detesto a la vez. Cuidar. Sostener. Pretender fortaleza cuando estoy agotada. No lo cambiaría… pero tampoco puedo negar que no quiero vivirlo así.
Hermana. El honor de ser la menor. El privilegio de tener a alguien que estaría dispuesta a todo por mí. El deseo profundo de estar a la altura, de devolver todo lo que he recibido. Y también la dificultad de reconocer mis propios avances sin sentir que aún no es suficiente.
Cuidar a alguien dependiente transforma el alma. La fortalece o la resigna. A veces me pregunto si, cuando tenga hijos, mi vida será igual, y ese pensamiento me asusta. No quiero que mi existencia se reduzca a limpiar y cocinar todos los días. Me asusta elegir mal a la persona que me acompañe. Me asusta la soledad.
Anhelo un amor grande. Un amor donde pueda decir “soy tuya” sin perderme, donde alguien me elija con la misma intensidad con la que yo sé elegir. Sé que el amor es incierto, que nada es eterno, que los vínculos pueden ser fugaces. Lo sé. Pero aun así deseo un amor que dure. No me da miedo terminar algo; me da miedo no haberlo dado todo. Quiero hacer lo imposible posible en nombre del amor. Y, sin embargo, la realidad me enseña todos los días que no todo depende de mí. A veces tengo miedo de enamorarme. A veces creo que sería más sencillo estar sola.
Nunca he hecho un viaje solo por placer. Sueño con algo simple: cinco días sin estrés. Con un hogar tranquilo. Con estabilidad. Con no llegar a fin de mes preguntándome cómo voy a pagar cada cosa. Sueño con mirarme al espejo y sentir satisfacción. Con ser una persona dulce, que irradie calidez. Quiero ser amor y no ira.
Y no, no soy infeliz. No quiero que esto suene a queja. Soy consciente de lo que tengo: techo, comida, salud, oportunidades que antes no veía posibles. Incluso la esperanza de un futuro que tal vez esté más cerca de lo que imagino.
Pero la espera agota. Cuando ves la meta y sabes que solo llegarás si te arrastras, el cansancio pesa más. Lo único que te mueve es la cercanía del final y el recuerdo del esfuerzo recorrido.
Éxito… aún no lo siento. He cambiado mucho, sí, pero también he sacrificado mucho. No tengo independencia económica, no tengo la libertad que deseo. Siento el peso de los años avanzando sin rumbo claro. Y lo más difícil es no poder elegir todavía. Siento que solo al llegar a esa meta podré decidir. Mientras tanto, solo me mantengo a flote, evitando hundirme.
Me duele que piensen que me quejo. Están acostumbrados a mi alegría, y cuando hablo con seriedad creen que estoy rota. No quiero morir. No siento que mi vida no tenga sentido. Solo no sé exactamente cuál es. Pero quiero creer que existe un propósito. No quiero pensar que Dios me castiga. No me siento merecedora de castigo. Sin embargo, me duele cuestionar si esto es una prueba. Mi vida no ha sido fácil, y esta etapa tampoco lo es.
Aun así, elijo creer que hay algo más. Que todo esto tiene un sentido que todavía no alcanzo a ver. Y esa esperanza —a veces frágil, a veces firme— es la que me sostiene cuando la ira y el cansancio amenazan con desbordarse.