Días sosegados
El río azulado corría entre las piedras, a través del valle, hacia el pueblo de Cario, donde había naranjos sembrados cerca de las orillas del río. Era un pueblo tranquilo durante los días, ya que, durante las noches, ánimas en pena, desenfrenadas y animadas por los vicios del mundo, salían de sus casas a embelesarse por la carne. Y mientras algunos jóvenes jugaban a las cartas, apostando las escrituras de los terrenos que habían pertenecido a sus familias por generaciones, rogando a San Cono para tener buena suerte y ganar la partida, existían otras almas que limpiaban con sus dolores los pecados de los pobladores de Cario.
Precisamente, esa noche, uno de los monjes benedictinos meditaba en su celda ante el crucifijo que estaba en su mesa, sobre como los más jóvenes se perdían por culpa del demonio y su debilidad. Entonces comenzó a orar a los cielos, y tomando el flagelo de su cama, comenzó a golpear su espalda hasta que su sangre regó el piso de su habitación. Rasgó sus vestiduras mientras ahogaba los sollozos de su corazón. Todo para que los días fueran tranquilos.















