La Perra
Hubo una época en la que la palabra “perra” era un adjetivo peyorativo, como cuando alguien decía que su jefa era una perra. Desde hace un tiempo, este concepto se resignificó de varias formas, pero hay una que me interesa particularmente: aquella que propone que “perra” es sinónimo de ser la mejor. Ahora, si escuchas que Danna Paola es “muy perra” o que Sharon Needles se ve “más perra que humana”, no las están deshumanizando, sino aplaudiéndoles.
Pero, ¿qué te hace ser esa perra? Hay muchas posibilidades: arquear la ceja, burlarte de alguien en su cara o usar el sarcasmo agresivamente, vestirte muy bien, hacer comentarios ácidos todo el tiempo, tener una cara preciosa, un cuerpo envidiable, contar con mucho dinero, despertar envidias, tener ocho tetillas, cagarte donde no debes, salir corriendo cuando abren el zaguán…ya sabes, esas cosas. No tienes que reunir todas estas características, pero si cumples con alguna, probablemente seas una perra.
La construcción de la figura de “la perra” se hace basándose en la superioridad. Pero, ¿quién nos enseñó lo que es una perra? Yo, por lo menos, recuerdo mi primer contacto con este arquetipo gracias a la cultura pop. Hemos visto a “la perra” miles de veces en la televisión y en el cine: las Heathers de ‘Heathers’, Kathryn Mertueil de ‘Cruel Intentions’, Chanel No. 1 de ‘Scream Queens’, Blair Waldorf de ‘Gossip Girl’ y la lista podría seguir. Sin embargo, hay una que le habló directamente a mi generación: Regina George de ‘Mean Girls’.
Desde que nos presentan a Regina, sus compañeros de escuela nos hacen saber por qué es tan perra. Es perfecta, tiene dos bolsas Fendi y un Lexus plateado, su pelo está supuestamente asegurado por diez mil dólares, se dice que hace comerciales de coches…en Japón, su película favorita es ‘Varsity Blues’, una vez conoció a John Stamos en un avión y él le dijo que era bonita y, por último, si te golpea en la cara, es increíble. En resumen, Regina George es perra porque es mejor que tú.
Esto es lo que se dice de ella, pero durante el transcurso de la película, descubrimos otras cosas que la avalan como la perra número uno. Además de cuestiones elitistas y superficiales como su cara y su cuerpo, la compulsión por comprar ropa y su enorme cuarto del tamaño de un departamento, hay otras características que terminan de hacerla perrísima. El estatus de la perra más fiera de la jauría lo gana por completo cuando invalida los sentimientos de sus amigas, se mete con los intereses amorosos de las demás y juega con las inseguridades de quien sea.
Estoy seguro que cuando Tina Fey escribió el guión de ‘Mean Girls’, no quiso enviar el mensaje de que deberíamos aspirar a ser como Regina George y, a pesar de esto, muchas adolescentes corrieron a comprarse algo rosa y decirle algo espantoso a alguna de sus amigas. No las culpo, ¿quién no quiere ser la chica más popular de la escuela, tener un novio guapísimo y un séquito de rubias obedientes?
Regina George no solo apeló a las aspiraciones de algunas niñas, sino a las de bastantes hombres gays. Por alguna razón, hay homosexuales que quieren jugar ese papel, aunque este mismo personaje se burlara de Damien por ser “demasiado gay para funcionar”. Si bien hemos visto a la figura de “la perra” en su formato gay con personajes como el abogado que le pide a Elle Woods que no le taconée con sus zapatos Prada de la temporada pasada en ‘Legalmente Rubia’, uno no quiere ser como ellos porque están en segundo plano. Uno quiere ser el que protagoniza, al que admiran, el dominante y al que no solo respetan, sino que temen.
Hay muchas cosas que nos unen a los homosexuales y las mujeres y, una de ellas, es cómo algunxs lidian con los problemas que tienen con los demás. Mientras que a los hombres heterosexuales se les permite confrontar abiertamente a otros y ser transparentemente agresivos, en las mujeres y los gays está culturalmente mal visto. En cambio, manifestamos la ira y la frustración de otras maneras, de modos más sutiles, pero no menos violentos. No estoy diciendo que los homosexuales y las mujeres no puedan enfrentar el conflicto de frente o que no se agarren a golpes…todos hemos visto como se ponen los gays en los descuentos de Zara. Ese fue un chiste de estereotipo, perdón, no se vuelve a repetir. Fuera de broma, lo que sí es cierto es que, aunque hay quien trata con sus emociones directamente con la fuente del problema, muchas veces elegimos expresar nuestros sentimientos a través de una violencia a hurtadillas.
He conocido a varios Reginos Georges (¿cómo se escribe en plural?) a lo largo de mi vida. Yo también he sido Regino George en algún momento y no es algo de lo que me sienta orgulloso, pero es la verdad. Eso sí, nunca había conocido a un Regino George como el asistente de producción con el que trabajé en un Reality Show. Para proteger su identidad, lo llamaremos Lancelot. ¿Sabían que hay gente que en la vida real se llama Lancelot? Un amigo escuchó a una señora llamando a su hijo en el Starbucks por este nombre. Wow. Pero ese no es el punto.
Desde que llegué al proyecto, Lancelot me hizo saber de inmediato quién era la abeja reina. Cuando tomaba apuntes para después entrevistar a los participantes del programa, se sentaba a mi lado y me rayaba el cuaderno, como si estuviéramos en la primaria. Se burlaba todo el tiempo de que hubiera pasado gran parte de mi adolescencia en Coapa, de los lugares en los que había trabajado antes (aunque fueran producciones de primer nivel), de mi físico y de mi forma de vestir. Todo era una oportunidad para hacerme saber que yo era inferior. Esta Regina George tenía a su Karen y a su Gretchen, un par de vestuaristas con las que me llevaba bien cuando él no estaba, pero, ante su presencia, también se reían de mí.
Trabajar con Lancelot se volvió una pesadilla. De verdad qué chistoso que le llamemos Lancelot, pero ya, perdón. Siempre que me cruzaba con él, sabía que me iba a insultar, pero obviamente “de broma”. Esto es bastante común entre hombres heterosexuales: como Alan Downs apunta en su libro ‘The Velvet Rage: Overcoming The Pain of Growing Up Gay In a Straight Man’s World’, muchos gays utilizan el humor como medio para sacar la ira o el enojo que llevan dentro. Entiendo por qué los hombres gays cargamos con tanta rabia: la mayoría de nosotros hemos sido silenciados, atacados, violentados y nos han tratado de volver invisibles. Comprendo perfectamente por qué cargamos con muchísima furia, lo que no comprendo es por qué la descargamos con alguien que ha recorrido un camino similarmente doloroso.
Otra cosa que me tardé en entender, o más bien en asumir, era por qué Lancelot me odiaba tanto si ni siquiera me conocía. Yo no le había hecho nada. Un día, miré a mi alrededor y comencé a imaginar las razones por las que Lancie me tenía tanto coraje. Él y yo éramos los únicos hombres gays. Además, ambos teníamos más o menos la misma edad y ninguno tenía autoridad sobre el otro, o sea que estábamos a la par. Lo único que lo ponía por encima de mí, aunque no realmente, es que él trabajaba de planta en la productora y yo era un freelancer. ¿Sería que no le gustó que yo le cayera bien a casi todos desde mi llegada? ¿Sería que la gente estaba reconociendo mi talento? ¿Sería que, tal vez, me veía como una amenaza?
Aunque yo nunca respondí a sus provocaciones, había algo que tenía claro y que me mantenía tranquilo. Como la misma Cady Heron hubiera reflexionado: Lancelot podía burlarse de mi apariencia, pero eso no lo iba a hacer más guapo. Podía burlarse de mis notas, pero eso no iba a hacer que los demás reconocieran su trabajo. Podía burlarse de mis shorts sobre leggings (ok, sí me pasé esa vez), pero eso no lo haría estar mejor vestido. Y, sin embargo, atacándome conseguía lo que buscaba: que yo no me pudiera meter con él. Lo curioso es que yo nunca lo hubiera atacado, pero así lo temía Lancelot.
Por eso mucha gente busca ser “la perra”; sí, el poder se siente rico, pero, sobre todo, para que no se puedan meter con ellxs. Los momentos en los que Regina George se vuelve la abeja reina están muy claros en la memoria colectiva, pero hay algo que parecemos dejar de lado. Regina George, igual que el resto de las chicas, vive oprimida por el machismo. Tiene un papá que la juzga por lo que decide ponerse, una mamá superficial que glorifica que se vea de cierta manera, hombres que buscan estar con ella únicamente por su físico, está eternamente preocupada por no engordar, etc. En algún momento debió aprender que, para ser validada, tenía que verse y comportarse como lo hace. Es decir, Regina George no es otra cosa mas que una niña herida. También entendió que, si perpetúa estas conductas tóxicas, nadie más le puede volver a hacer daño.
En el caso de los hombres gays, yo lo veo así: la mayoría de nosotros nos sentimos lastimados y, sobre todo, el daño se ha hecho en espacios que no están diseñador por nosotros o para nosotros. Las cicatrices del pasado vienen, en gran medida, de sentirnos excluidos. Por eso, una vez que algunos asumen su sexualidad, ven a la comunidad como una posibilidad de revertir los roles y experimentar el poder, poniéndose encima de otrx. Sobre todo, si bufamos, insultamos a los nuestros y dejamos claro que, por la razón que sea, somos superiores a los demás, ya no nos van a poder herir.
Eventualmente, Lancelot escuchó cómo entrevistaba a un participante del reality y se dio cuenta que era bueno en lo que hacía. No sé si fue por esto o si simplemente se relajó, pero dejó de molestarme después de ese día. Supongo que se dio cuenta de que, en efecto, podía tratar de hacerme sentir mal todo lo que quisiera, pero eso no me iba a detener de hacer un buen trabajo. Me gusta pensar que quizá se dio cuenta de que las cosas son suficientemente difíciles allá afuera como para que también entre nosotros nos estuviéramos haciendo la vida un infierno.
Esta es solo una historia mía, pero he vivido y sido testigo de infinidad de casos donde el gay se vuelve “la perra” y se comporta como Regina George: desde gente que hace comentarios agresivos a sus propios amigos (pero sólo está “bufando”), personas que divulgan fotografías privadas de otrxs (sin duda el internet es el nuevo Burn Book) y hasta quien te insulta soezmente por no estar de acuerdo en que su drag queen favorita es la mejor de Rupaul’s Drag Race. Entiendo que esta violencia nace de la carencia, pero retomando mi última idea sobre Lancelot (jijiji, “Lancelot”), no puedo dejar de pensar en lo siguiente: si lo que te hace rabiar es que Naomi Smalls haya sacado a Manila Luzon en All Stars 4[2] y no la discriminación que nos lastima a diario, creo que sería bueno revisar tus prioridades y tratar tus emociones.
No creo que debamos renunciar del todo al concepto de “la perra”. Se vale reconocer cuando alguno de tus amigos hizo algo muy bien y, además, es muy liberador decirle: “qué perra mi amiga”. No me parece mal que, cuando tu amiga obtiene un ascenso, le des crédito por su logro preguntándole si no quiere llamar al antirrábico para que la vacunen porque uffff qué perra. Lo que creo que está mal es la idea de que ser nocivos e hirientes nos hace perras.
Por eso, para mí, la más perra es la que lucha contra la homofobia, la que alienta a su gente cercana, la que intenta aprender y desaprender todos los días, la que educa un poco a su papá y a sus tíos para aligerar su misoginia, la que se gana una cubeta de cervezas en un concurso de quién imita mejor a Amanda Miguel y luego las comparte con sus amigos, la que es amable, la que es rebelde, la que resiste, la que busca ser mejor persona. Por lo menos esa es la perra que quiero ser yo. También es el tipo de perras de las que me quiero rodear. Para todas esas, las espero con los brazos abiertos y su plato de croquetas.















