Bravucón como siempre solía ser, fumé de ese porro como si fuera un simple cigarro de tabaco normal sin hacerle caso a la información que me proporcionó minutos antes sobre la potencia que tenía esa yerba.
Seguí bebiendo cerveza y escuchando música a su lado, platicando y disfrutando de su compañía, pocas veces me he sentido así de feliz como en esos días de furia a su lado.
De pronto sentí un jalón muy fuerte dentro de mi cabeza, no podía enfocar nada con la mirada y escuchaba lejano todo a mi alrededor, mi respiración se agitó de inmediato y sentí una ansiedad extrema. Parecía que algo se estaba separando de mi cuerpo, mi mente.
Pensamientos, recuerdos, todo lo que sabía o creía saber de mi vida se estaba alejando de mi, la ansiedad se convirtió en miedo, miedo de perder la razón por completo, de que mi mente, mi conciencia desaparecieran por completo y todo lo que era yo en ese momento muriera junto con ellas, desesperación absoluta.
A lo lejos la escuchaba decir que me tranquilizara, que no tenía nada que temer, sentí su mano agarrando la mía, cálida, serena. Yo pedía que me llevaran a un hospital pero ella me abrazó y me recostó junto a ella, empezó a hablarme con su voz calmada, me acariciaba la cabeza y me pedía poner atención a la música.
Empecé a calmarme al escucharla, la música se convertía en colores, su voz recorría todo mi cuerpo relajando cada rincón de él, sentí por primera vez esa mezcla de sentimientos que hoy llamo amor.
Bajé a mis infiernos y ella me guió en todo momento agarrando mi mano sin soltarme, le estaré siempre agradecido por eso.









