La puerta roja
Me encuentro en medio de una laguna, estoy sentada con las piernas dobladas. Siento que el calor del incendio se acerca, pero no me puedo mover, es imposible. A lo lejos, está una puerta: es un rojo muy fuerte -es imposible no verla-, con unos bordes garigoleados, un picaporte dorado, siento que si lo toco me voy a quemar.
La puerta me llama, sé que es la única salida, pero me da mucho miedo, oigo un nombre que no conozco en un suspiro y siento las llamas ardiendo a mi alrededor. Despierto. Llevo semanas soñando con esa puerta roja, no sé cómo sentirme al respecto, me despierto agitada, sudando, en la posición más incómoda que podría haber.
Tengo que irme al trabajo, pero esa puerta roja, ¿la he visto antes?, no sé cómo pero la tengo que encontrar. Recordatorio: “Hoy tienes que ver a Fabiola.” Escribo en un post it: La puerta roja.
Son las 8:15, hago las cuentas de cuanto tiempo me va a tomar ir a la consulta y decido tomar un taxi, llego exactamente a las 9:00. Se dan los breves saludos cordiales. -Vi una puerta roja, sé que es importante.
Todo en la consulta gira entorno a esa puerta roja, al incendio, la descripción de un sueño que me he grabado a la perfección. He tomado notas, las saco: post its con detalles de la puerta, la laguna, la posición en la que estoy, ese picaporte, la invitación a entrar con esa voz que parece un suspiro de alivio pero que a veces se escucha agitado, entre susurros, pero siempre un nombre que no me pertenece.
Regreso a casa, mucho más aliviada después de una sesión tan cansada donde hablamos de todo y Fabiola anotaba enérgicamente sobre la libreta donde guarda mi nombre. Voy a dormir nuevamente. Hoy quiero abrir la puerta. Me cuesta trabajo conciliar el sueño, sé que hoy va a ser diferente.
Una vez más: calor, inmovilidad, incendio y la puerta roja. La puerta que habla, ¿será el escape del incendio o de ahí viene? Por fin lo veo, el incendio es una culpa que no es mía, veo su nombre, y a un lado, el mío, el que me quitó esa noche.













