A medida que la conversación avanzaba era más complicado mirarla a los ojos. No podía mantener la vista en ella por más de unos cuantos segundos, sentía que cada vez me estaba clavando más y más en unos ojos que habían visto las estrellas y de alguna incognoscible manera las había guardado en su ser. Vi su niñez, su primer polvo y su primer beso, era casi hipnótico esa mierda. Sabía muy bien que esa chica era un diez y yo a duras penas conseguía ser un dos, así que si quería llegar a tener una mínima oportunidad debía mejorar mis residuos putrefactos de alma y eso no sería tan sencillo.
Creo que la única enseñanza que aún conservo de mi padre aparte de una mediocridad y melancolía casi patológicas, es una capacidad de mentir y de actuar como algo que no soy realmente. Recuerdo que con cada mujerzuela que él traía a casa actuaba como un triunfador, un erudito y cuanta mierda se le cruzara en su cabeza, cuando en realidad era solo un patético borracho más que se moría de hambre con su hijo. Esa mediocridad heredada me cegaba de alguna otra opción en ese momento, así que simplemente me limite a esa decadencia, ahora no solo tenía que evitar respirar muy profundamente para no mostrar mi enorme barriga en ascenso, sino que también debía mentir sobre lo que era. Creo todos los seres humanos causamos nuestro propio sufrimiento solo por ser aceptados y eso hacia yo en ese momento.
Mientras la conversación avanzaba comencé pensar en mi familia. Mi madre abandono a mi padre por lo que se había vuelto, por su alcoholismo y por no saber cuidarnos, nunca la culpé, era libre de tomar esa decisión. Aun así, nunca pude evitar cuestionarme porque no me llevo con ella. En el fondo creo que ella veía en mí algo de él, veía que mi destino era encaminarme a lo que él era, un despojo de carne y huesos que no vale más de lo que está hecho. A pesar de eso nunca me he atormentado por su ausencia, simplemente me he limitado al hecho de reprimir su existencia de mi vida. Aun así, sé que la inseguridad que ha pesado en mí cada vez hablo con una mujer es porque no he tenido una mayor presencia femenina que las cuatro o cinco putas que mi padre traía a casa, mujeres que se limitaban a beber alcohol y drogarse con él, y también, mujeres que cosecharían el sida que unos años después lo mataría.
Ella seguía hablando y me sonreía por momentos. El tiempo se sentía muy lento y solo pasaba por mi mente pequeñas reminiscencias de mi infancia, unos pequeños momentos de plenitud, de felicidad. Veía una sonrisa y un helado con mis padres, una ida al parque y un juguete viejo, me parecía curioso que estuviera asociando esos recuerdos mientras ella solo me hablaba de trivialidades. Casi no entendía lo que me decía, ya sea por mis memorias o por esos hermosos ojos marrones que me hipnotizaban:
- Ahora cuéntame tu. – Dijo ella.
- Ah... ¿Qué? Emmm ¿sobre qué?
- Sobre lo que hablamos, tu familia, ¿vives con alguno o algo así?
- No, no. Me fui de casa muy pequeño, mis padres murieron a muy temprana edad en un accidente de auto – dije rápidamente pensando cualquier cosa.
- Oh, lo siento mucho, de verdad.
- Tranquila, paso cuando era muy pequeño, mis abuelos me han criado desde entonces – dije mientras sonreía. Creo que nunca he sentido lo que es la empatía por algo o por alguien, pero en ella la sentía muy acuciantemente, no veía falsedad en sus expresiones, me sentía bien, muy bien, y creo que ella también se sentía así en ese instante.
La conversación concurría como cualquier otra, preguntas triviales como: “¿En qué trabajas?” “¿Qué estudiaste?” “¿Te gusta donde vives?”. Por supuesto mis respuestas hiperbolizaban un éxito que no existía en mí, aun así, en ese momento las sentía real, me veía como un hombre que había estudiado dos carreras, tenía una casa propia con muchos lujos, tal como le había dicho a esta mujer que acababa de conocer, esas mentiras me habían librado de la inseguridad que con tanto esfuerzo coseche toda mi vida. Llego un punto en la conversación en que ni siquiera sabía cuál era mi objetivo, si conquistarla o solo probarme algo a mí mismo.
- Me ha encantado hablar contigo Raúl, ¿Qué dices si salimos mañana? – me dijo con un tono especialmente alegre.
- Me encantaría Isabella, ¿te parece bien el domingo? – era viernes, pero no es como si tuviera que hacer algo más allá de rascarme los huevos en mi sofá todo el día – Creo que mañana tendré que trabajar.
- Me parece estupendo, ten mi número – lo dijo mientras lo apuntaba en una servilleta – llámame.
- Ten por seguro que lo haré.
Cuando se fue mire su número en la servilleta, pensaba en lo que había sucedido y en que hacía yo en una fiesta de colado, pensé en lo que hice ese día. Me desperté a la 1 de la tarde, me fumé tres cigarrillos, me puse la ropa que había usado antier y Sali a caminar. Pensé en las casualidades, en que ande por horas y horas hasta que se hicieron las 9 de la noche y justo cuando me disponía a volver a casa vi esta fiesta, entre como si nada y tome la primera botella de cerveza que vi. No sé por qué se me acerco a hablarme, pero lo hizo. De todas las posibilidades solo una apodíctica verdad fue la que culmino y finalizo en esta servilleta y en esa fantástica vida imaginaria que nunca tendré. Luego de tantos cuestionamientos, simplemente me fui a mi casa a dormir.
Al día siguiente vi ese arrugado papel con ese número, sería tan sencillo llamarla y ser lo más sincero frente a esto, como también sería fácil organizar alguna cita y que ella sola se diera cuenta de todo. La verdad es que el miedo ante la existencia me atemoriza, lo inconmensurable de una decisión frente algo y que esta desprenda infinitudes de universos como respuesta a esa acción es agobiante. Sinceramente he pensado en volverme religioso, todo sería más reconfortante si pudiera atribuirle mis cagadas o mis éxitos a un ser omnipotente que mueva todos los hilos de mi vida, pero luego pienso que eso implica una misa todos los domingos y el dar el diezmo cada que voy a la iglesia y se me pasa la estupidez.
Así que ahí estaba yo, apunto de tomar una decisión, habían pasado ya dos horas con esa servilleta en mi mano, ideas e ideas cruzaron mi mente, hasta que simplemente como la calada de un cigarrillo me llego una conjetura medianamente clara, ella no merecía una mentira de un melancólico, pero creo que un melancólico quizá merezca una mentira que lo libre al menos momentáneamente de un circulo vicioso de auto desprecio y rechazo propio. El pensar eso fue lo único que necesitaba, requería que mi mente estuviera de acuerdo con lo que deseaba mi cuerpo, al menos por una vez. Así que eso hice, me dirigí al teléfono y me dispuse a llamarla.
El teléfono en mi mano se sentía como un relámpago que me impactaba y me detenía, la verdad es que, aunque fuera una llamada estaba asustado. Me equivoque dos veces escribiendo el número y colgué otras dos antes de escuchar tono ¿Merecía asustarme así solo con una mujer que acababa de conocer? No sé qué pasaba en mí. En ese instante odie a mi madre, odie a las 5 putas que no me enseñaron nada mas que desmayarme con casi una sobredosis, odie todo lo que me rodeaba, pero creo que me desprecie más a mí, a mi afectividad tan vaga, a mi inmadurez y a mis mentiras. Creo que esa rabia que acaeció en mi en ese momento me dio las fuerzas para marcar el número y esta vez sostener la llamada.
Al final de la llamada me sentí aliviado, me sentí como un tonto al preocuparme por cosas tan triviales como estas y sentí como un peso se alejaba de mí. Aprendí que a veces la vida te soluciona las cosas de manera contundente y sin tantos tapujos y que el ser humano se pone barreras que limita su propio desarrollo. Pude aprender esto cuando lo único que escuché del otro lado de la llamada fue una simple y tonta maquina diciendo:
“El número marcado no existe”.
-