Hay cosas que no duelen porque fueron grandes, sino porque fueron constantes.
Y eso es lo que me pasa con vos.
No eras parte de mi vida real, pero estabas en mi día a día. En mis noches, en mis pensamientos, en mis rutinas. Y ahora hay un silencio donde antes había costumbre.
No sé si te extraño a vos o a la versión de mí que existía cuando estabas. Esa que se sentía elegida, escuchada, importante… aunque ahora entienda que no era tan estable como yo creía.
Me cuesta soltar, no porque no entienda que no era lo correcto, sino porque emocionalmente sí fue real para mí. Y a veces eso pesa más que cualquier lógica.
Hay días en los que estoy bien, y otros en los que todo regresa. Como si una parte de mí siguiera esperando algo que ya sé que no va a pasar.
Y creo que eso es lo que más duele… aceptar algo con la cabeza, pero no haberlo soltado todavía con el corazón.
No te escribo esto para que vuelvas.
Ni siquiera para que lo leas.
Lo escribo porque necesito empezar a despedirme, aunque todavía no sepa hacerlo del todo.
Porque aunque me duela, también sé que quedarme en esto me duele más.
Y poco a poco… voy a aprender a soltar.








