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@palabrasinfertiles
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La ciudad está ardiendo, nadie más lo puede ver 🔥🔥🔥.
¿Poesía? Poesía somos nosotros, sin contexto, sin razones, pero juntos.
Puta perfección: inoportuna, cruel, pesada.
“Temo como nunca antes por ti.” Me dijo mi mejor amigo, y lo sé. Puedo leer la magnitud de la tragedia.
Voy a inmortalizar la perfección, así, mil veces, hasta que reúna fuerza suficiente para dejarla ir.
Si uno de tus demonios llevase mi nombre, si no fueses tú la excepción a la regla y he dejado en ti una huella indeleble; la razón por la que me hago llamar 'inmortal', la única que obviaste cuestionar. Si algo de mí sobreviviese: un pensamiento involuntario, una comparación innecesaria o el mero deseo de placer en tus domingos solitarios. Si subsistiese en ti, incluso bajo cualquier intrascendente adjetivo. "Si..." Amor mío: regálame esa pequeña victoria.
Te busco en ellos. Un segundo fugaz: la palabra acertada, la mirada altiva e inexpresiva, algún trivial interés compartido. Sólo dura eso: un segundo.
Te posas a sus espaldas, te ríes de sus errores, me susurras sonriendo que estoy perdiendo el tiempo. Me recuerdas la forma en que me tocabas, los besos bajo la lluvia, tu conversación fascinante, tu animalidad exquisita. Toco fondo y vuelvo a escucharlos, vuelvo a mí preguntándome qué fuerza tan poderosa te convirtió en tan poco tiempo en un fantasma eterno.
Un minuto entre tus brazos a cambio de todo este circo. De los tragos, de sus esperas, del sexo y de mi ego; uno para comprobar que aún existes. Quizás uno para aterrizarte, para dejar de ver tu especialidad en todas partes, de una vez y para siempre.
Vuelve para irte, seré capaz de levantarme una vez más; vuelve, ilusióname y déjame caer por segunda vez. Confío más en esa decepción continuada y desgarradora que en tu eco empañando rostros y momentos. Esos dónde sigo buscando algo de ti que nunca encuentro.
Me gusta mirarme, observar mis pasos; me gusta oír mi voz o concentrarme en el movimiento de mi pelo con el viento en el reflejo de una vidriera. Soy - con seguridad - el mejor espectáculo del mundo.
Ganarse mi odio también es un privilegio
Me veo en retrospectiva. Fantaseo con el día en que le cuente, entre risas, mi fantasía; quiero hablarte de los fracasos, de cómo fui capaz a rastras de llegar hasta aquí, cuando parecía que toda esperanza estaba sepultada bajo mis justificados malos pronósticos.
Visualizo la mirada melancólica aunque sonriente fijándose en las calles húmedas de madrugada camino al aeropuerto; una mala jugada en medio de la noche, una efímera historia de baño, una caminata a casa en medio del llanto, una cita que me prometía el cielo, un mensaje lapidario, un desencuentro en medio del bosque, un adiós sostenido en un abrazo que nunca supe que sería despedida. Miles de historias, miles de fracasos, todos - ahora, entonces - objetos de mi más profundo agradecimiento: porque me mirarás y sabrás que soy muchísimo más que todos ellos. Escucharás mis secretos además de admirar mi cuerpo. Comprenderás toda esta disociación y la abrazarás con la fuerza de quién sostiene un tesoro, un diamante esculpido a la medida de luchas, errores y torpes aciertos.
Ya no tendré que disimular ni hacer que mi sentimiento parezca pequeño; nunca más hablaré en función sólo de tu tiempo ni fingiré un orgasmo suponiendo que me adecúo a tus expectativas o a tu talento.
Sucederá un día y yo te traeré hasta aquí para leerlo. Serás la profecía auto-cumplida. El sueño que aguardó estoico en medio de miles de intentos fallidos y malsanos secretos.
Conecté conmigo después de tu llegada. Es curioso, porque me dejaste sin nada; pero me dejaste conmigo.
En medio de la soledad, del desprecio y del abandono, reabriste las grietas de un mundo donde rescato mi vulnerabilidad - mi extrema intensidad - inmersa en un ahora que me obliga a vivir sin ti.
Voy redescubriéndome de a poco a través de tu ausencia: mi determinación, mis proyectos, mi inspiración y mi soberbia. Mis ganas de ser algo que para ti no vale nada, pero que en mi mundo son una demostración de poder... una irracional estrategia para convencerme de que gané.
Porque - después de todo, presa del autoengaño o liberada de tus formas - camino con el cuerpo erguido, con la frente en alto, con los ojos sonrientes. Camino suponiendo que eres testigo de una grandeza que va más allá de tu despedida: una que me hará inolvidable a tus ojos, para bien o para mal. Conmigo o sin mí.
Hago y escribo, demuestro y teorizo, escudriño en tu silencio suponiendo que te hago un espectador ansioso; lo imagino y lo concreto, me hago presa del ingenio. Quizás ninguno de mis esfuerzos esté a la altura del doloroso costo de tu ausencia, pero me reconozco.
Gracias. Frágiles gracias. Rabiosas gracias. Impotentes.
Gracias: por devolverme con tu decepción una parte de mí que creía perdida.
“¿Qué hago con las luces?”, pienso.
Había recordado accidentalmente que existían y las crucé de un extremo a otro en mi enorme ventana. Fue en aquéllos días en que solía preguntarme cuándo dejaría de sonreír.
Las encendí por la noche; “El contraste con las luces de los edificios hace que se vea precioso. ¡Es muy cálido!... ¿será que es cálido?”, pregunté, mirando a uno de mis perros; la rapidez con que su oreja derecha se volvió alerta me hizo suponer que, al menos, sabía que me dirigía a él.
“Seguro le parecerá lindo la próxima vez que venga”, dije, recordando el modo en que cerraba los ojos cuando le besaba el cuello mientras leía los apuntes que cuelgan de mi refrigerador. Pero no volvió, lo supe de a poco, a dosis desgarradoras de realidad, hasta que me dio el golpe final.
Un día tras otro - de esos en los que dejé de sonreír y en mi rostro se posó una tristeza amarga y profunda -, pensaba en ellas. Se volvieron símbolo de la herida fresca conteniendo mi ilusión.
Quise sacarlas una tarde, apenas pendiendo de una silla, cuestionando mi suerte a gritos y a la nada, después de dos botellas de vino. Otro - el peor -, intenté arrancarlas sin piedad, destruirlas, con esa sensación de asfixia en medio del llanto que ni siquiera da espacio entre pensamiento y acto.
Sólo dos semanas más tarde fui capaz de cambiar radicalmente el plan: compré más luces. Cientos de ellas pendiendo de un hilo fino; eran flores, eran velas, eran diminutas ampolletas como estrellas colmando la inmensidad de ese espacio que no comparto con nadie y que, insensatamente, quise convertir en un espacio para él. No había sensación de calidez alguna ni escenas suyas revisando mis libros o mis tés, pero había un recuerdo sobrescribiéndose.
Una posibilidad de supervivencia suponiendo que, algún día, su presencia en mi mundo ya no evocará la ausencia; el sueño de un día en que no significaran más que mi propia identidad.
Busco hacer lo mismo conmigo: llenarme de luces, llenarme de tonos, colmar cada uno de mis espacios construidos de malsana pasión acumulándose en rincones, en miles de estrellas titilando alertas en función de mis propias noches... de las noches que deban seguir a ésta.
Fracaso en cada intento, unos más duros que otros. Lo evoco, cierro ahora yo los ojos imaginando algún sin sentido; los abro, veo las luces y vuelvo a centrarme en el desgarrador esfuerzo de hacerlo costumbre; ese de suponer que tanto sentir me irá adormeciendo y resignando con el paso de los días.
No hay nada que anhele más ahora mismo, cuando el peso del recuerdo se deja caer con todo su agridulce misterio sobre mí.
Quiero banalizarte. Necesito banalizarte... necesito que dejes de doler.
Me hubieses dado tus mentiras, qué más da: me habría vuelto su reflejo. Mirarte a los ojos y buscar la explicación era más simple que teorizar sobre el miedo, sobre tu pasado, sobre tu inestabilidad inquietante o sobre tu despiadada forma de apartarme para siempre.
Haberte oído mentir, haberte visto volver, haber esquivado un beso, no quedarte a dormir o perder la mirada lejos... quizás, sólo para sentir que era posible por un último momento. Patético, lo sé. Lo pienso, lo siento.
Y aún con el sentimiento de auto-compasión que me aturde al hacerlo: hubiese preferido eso. Un adiós completo, algo más que seis palabras escritas en medio de la noche hechas a medida para un extraño. Seis palabras.
Seis palabras que fueron el costo de mi intimidad, de contar miedos, abrir espacios, de confiar como si nunca antes me hubiesen roto.
Seis palabras. Patético, lo sé. Lo pienso, lo siento.
Hubiese preferido duda, reflejo, puro deseo.
Hubieses caído menos.
Hubiese dolido menos.
Buscó en vano recuperar mi mirada. La profundidad, la expresividad, el magnetismo que transmitía - sin velos -, cada uno de mis sentimientos. Busco en vano saber que sigo siendo también ella, luego de tantas disociaciones, de tantas decepciones, de tanto pasado al que abrazar con la mejor de mis disposiciones. Lo busco y fracaso y me alejo, una vez más, de cada fragmento que me ha constituido, como si cada vez fuese más y más piezas dispersas de una expectativa o una versión que apenas alcanza a construirse cuando ya debo decirle adiós. Me pierdo. El problema sólo es obvio cuando lo vomito en algún escrito. Busco despedirme de la esperanza, creerme a cabalidad mi supuesta autosuficiencia; busco prescindir de esa ilusoria sensación que un gesto ajeno me provoca. Esa dónde la punta de mis dedos toca la idea de "¿Podría ser cierto, al fin?, ¿será que ya puedo ser todas mis 'yo' y descansar aquí?" Ya nunca es verdad. Se desvanece tan rápido como se recrea. El mundo: esa carnicería. Mis sentimientos: ese cuchillo rozando mi cuello. La decepción: esa muerte reiterativa.
Mi corazón se ha hecho ovillo; alterna euforia e incertidumbre justo allí dónde tú das pequeños pasitos hacia – al menos – una sana curiosidad. “Ya existo”, me digo, sonrío, y parece bastante para tan poco tiempo… para haber esperado, para haber pensado en ti sin opción alguna, para haberme decidido – de pronto, impulsiva - a buscarte a cualquier costo y para luego haberte encontrado. Porque sí: pudo haber terminado sin empezar. Sin apenas esto y sin nada más. Hoy, al menos, tengo la expectativa dentro del misterio y un mundo colmado de incertidumbre donde recrearte en diversos escenarios esperando que un día podamos hacernos felices. No sé lo que estoy diciendo. Supongo que así es como empezó: déjame decir lo que nunca diría. Lo que siempre debiese ser un secreto. Déjame convencerte de que nunca antes lo he sentido, como si tuviera el poder de mostrarte mi pasado y hacerte confiar en toda esta falta de cordura. Sé que siempre confiamos en la regla general, que – sobre todo a esta edad – lo improbable da que pensar… sé que no tengo evidencia ni argumento, pero, qué tal si, por azar, ¿nos tocó la situación excepcional? Tiene sentido que, al menos, ¿lo escriba? Supongo que no, si todo falla. Pero me arde el estómago y me tiemblan las manos de sólo pensar que, algún día, exista entre nosotros la confianza suficiente para leerte todo esto. Allí, un día del futuro, cuando tú sepas que soy yo… y yo – con toda la paz que ahora mismo me falta – pueda decirte: “yo hace mucho supe que eras tú”.
3.
(...) No sé cómo decir que necesito ayuda. Cuando pienso en decirlo, evoco el mismo sentimiento que antecedía cualquier demostración de amor a uno de mis padres: como si no pudiera jamás decir “te quiero” sin llorar intensamente al pronunciarlo. Siento que cuando ese vómito cruce el umbral de mi boca, no habrá vuelta atrás. Toma una respiración profunda, un sentimiento que se ahoga y recorre mi esófago, busca apagarse tragando saliva y provoca vibraciones escalofriantes que van de mi cuello a mi cerebro. Nunca he podido describir en mis textos un día de otoño mejor que cuando vivo el primero de cada año; esto es lo mismo, sólo que cada nuevo día, cada azaroso minuto, en cada conversación que alcanza tintes de profundidad insospechados dónde la idea me acosa. “Necesito ayuda”, pienso. “Necesito ayuda”, escribo. “Necesito ayuda”, vienen rostros, memorias, pero nada es lo suficientemente potente, nada arrasa ni devasta ni se vive en tiempo real como para hacerlo tangible en el mundo que excede los límites de mi mente.
2.
Algunos días, soy capaz de convencerme. Y me reencuentro con mi torpeza y mi exceso de estrategia, con mi discapacidad matemática y con mis habilidades sobrehumanas de deducción, con la dulzura y la maldad, la risa explosiva, la fuerza física, la valentía y la fragilidad excesiva. Son ternura pura, una ternura de mí hacia mí, un abrazo cálido. Puedo decir que soy todas ellas, en paz. Sin más.
Otros tantos, en su lugar, busco a través de cada espacio vacío un motivo para empoderar a una de ellas, para hacerlas una versión definitiva y lapidaria para las demás; la prefiero popular y valiente justo antes de alejarla de mí, de suponer que no puedo ser esa, de que hay un término medio… porque a estas alturas no hay fuerza capaz de arrojarme al abismo; porque ahora hay apegos, hay conceptos, hay futuros que sepultarán mi presente, y no tengo fuentes de poder a las que mirar para que asientan con esa sonrisa capaz de decirme que, haga lo que haga, mi mundo es seguro porque mis afectos también lo son.
Quisiera encontrar una palabra para definir mi universo en los últimos años. La respuesta está en un libro, uno que yo misma escribí. Uno de mis personajes más difíciles; se vive como un deja vú incluso en los detalles: la necesidad de un ruido exterior para entender que hay un mundo ahí afuera, Ennio Morricone, la copa, los vestigios tan reales de cada error, el miedo, salvar a otros para sepultarse una misma y hasta el restaurante chino. Soy ella: la que no sabía nunca que sería cuando lo escribí.
Abrazo problemas que nunca imaginé que tendría. Improviso, mal. Tropiezo un día y me glorifico al otro; quiero aceptar mi normalidad, saber quién soy después de todo.
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Mientras más cerca estoy de la ayuda, más me temo que el antídoto ha estado siempre ahí dónde me rehúso a encontrarlo. Los años de independencia han sido eternos; una especie de adicción mal sana, donde todo nace y muere en mí, sin fertilidad y sin testigos.
A medio camino entre lo que amo y lo que espero abrazar, no sabiendo exactamente qué es lo que me gustaba de entonces y cuál es la versión final que jamás deja de construirse. Me pierdo, es cierto, como si fuese antagonista de mis propias ideas.
La resolución no llega, la superficialidad me asfixia, mis maneras son tan contradictorias que no me permiten expresarme en ninguna dirección. Cada cosa que escribo inicia y termina en este caos silencioso… como si acumulara razones para seguir permaneciendo quieta.
Había olvidado este tipo de sentimiento: esos que inspiran, que impulsan. Siento como si hubiese vivido una eternidad lejos de; y ahora que lo tengo aquí, en la punta de la lengua, mi cuerpo es capaz de reconocerlo. Como si un amigo de infancia o el primo de los juegos de verano estuviera en la puerta de casa. Sus facciones – quizás envejecidas – siguen ahí, vivas. Sus ojos evocan sensaciones… y mientras escribo esa palabra, pienso que esta vez (al fin) se sienten dignas de ser así llamadas. Estoy parada en otro lugar del mundo. Ninguna sombra alcanza los brotes tímidos que palpitan a mis pies; curioso, después de tanto tiempo en una especie de letargo sin tregua que ensombrecía fiestas, ebriedad, sexo, esperanzas absurdas de una noche. Esa parte de mí – la que es capaz de reconocer esta clase de sentimiento y la belleza de su utilidad en mi mundo interior –, se regocija. Hay un carnaval en mi mente, como si cada órgano de mi cuerpo hubiese esperado con ansias este momento; no le importa el resultado, no le importa el mañana, siquiera le importa lo que suceda – a fin de cuentas – más allá de mis vísceras, porque añoraba el éxtasis, el placer de crear, el poder de la inspiración, el de narrarse a sí mismo la trama y maquinar posibilidades. Es esa magia del mundo en silencio, viviendo a su ritmo y pausas, mientras ardo por dentro. Hoy en mí, nuevamente: lo tengo todo.