Quisiera llorar, pero ya ni las lágrimas son suficientes para dejar salir lo que llevo atascado dentro… por eso escribo.
ATB.
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Quisiera llorar, pero ya ni las lágrimas son suficientes para dejar salir lo que llevo atascado dentro… por eso escribo.
ATB.
No somos ya, lo que solíamos ser. A veces nos extraño, pero sé que aunque tratemos nunca regresaremos como éramos. Los buenos viejos tiempos no volverán. El pasado es ahora el dueño de nuestras risas, locuras, llanto y amargura. Es hora de mirar de nuevo al frente, de arrancar la página y escribir otro libro con nuevos personajes. Adiós.
ATB.
Siempre vuelvo a la escena del crimen, en dónde tú y yo abandonamos la posibilidad de ser “nosotros”
ATB.
Dicen que la calma viene después de la tormenta... No sé qué tan cierto sea, aquí nunca ha dejado de llover.
ATB.
Todo se cae. Todo se marchita. Todo se extingue. Todo lo que un día fue edificado se tambalea y amenaza con caer. Todo lo que un día fue sembrado se debilita y amenaza con marchitarse. Todo lo que un día fue creado desaparece y amenaza con extinguirse. Hay ruinas a mi alrededor. Hay rumores de tormenta. El desastre es inminente… se siente en el aire. El sol se apaga. No hay refugio que pueda protegerme de la oscuridad. Ella se extiende rápidamente, todo lo encuentra, todo lo cubre, todo lo penetra. Aquí viene… Mi corazón se congela al contacto con su frío abrazo. Tengo miedo. Y sólo puedo observar.
ATB.
Aprendes a apreciar la soledad cuando estás rodeado de personas tóxicas.
ATB.
Al fin y al cabo todo se trata de costumbre. Te acostumbras al dolor, a la soledad, a la melancolía… te acostumbras a morir a diario. Te acostumbras, te resignas y ya no esperas que las cosas cambien.
ATB.
Eres camino a recorrer, historia qué escribir, vida por vivir, y amor por descubrir.
-ATB.
Hay días en los que continuar se hace especialmente complicado.
ATB.
En serio, guarden sus “todo va a estar bien” para quienes todavía no hayan perdido la esperanza.
ATB.
En ese entonces mi corazón estaba roto… “Todo sucede por alguna razón”, me decían. Nunca les creí. Me mantuve escéptica ante tal declaración hasta que… te conocí. Entonces comprendí que siempre se refirieron a ti. Amor, tú eres la razón.
ATB.
Amor, eres tormenta… la calma llega después de ti.
ATB.
RETROSPECCIÓN.
«─¿Amistad? ─dijo él ─. ¿Reduces lo nuestro a eso? ─No, sólo lo ajusto a lo que la realidad nos permite ser ─aclaró ella cuando subía al tren».
…¡Otra vez! ─gritó desesperada Irene cuando se recuperaba del adormecimiento producido por las pastillas para el insomnio─. ¿Hasta cuándo me atormentará el pasado? ¿Acaso no he sufrido ya lo suficiente? Treinta años…son treinta años cargados de sufrimiento.
Irene residía en un pequeño apartamento ubicado en la zona más tranquila y solitaria de la ciudad, el cual había adquirido gracias al esfuerzo de sus años como docente. Tenía el cabello castaño y a la altura de los hombros, la tez blanca y aunque con cincuenta años recién cumplidos, aún conservaba bajo sus anchos vestidos los vestigios de las curvas que en su juventud habían torneado su cuerpo. Desde que empezó a sentir que la soledad era simplemente insoportable, dos pastores alemanes y un gato persa se habían convertido en sus compañeros incondicionales y cómplices de divertidos atardeceres en el bosquecito del frente.
Cuando se reincorporó por completo a la realidad decidió dar inicio a su rutina diaria. Se levantó con dificultad de la cama, acto seguido, se dirigió al cuarto de baño en donde se deshizo de sus vestiduras y entró en las cálidas aguas de la bañera aromatizadas con sus esencias preferidas. Luego de que el último botón de su vestido se encontró con su respectivo ojal, se encaminó a la cocina y disfrutando de una humeante taza de café, Irene salió al balcón para contemplar la hermosura del cielo despejado y de repente, sus pensamientos se perdieron escudriñando en el ayer.
Una mañana soleada de 1970, Irene con veinte años de edad, salía de la Iglesia junto a su madre y su hermana mayor. Como de costumbre, al terminar la eucaristía dominical se realizaban las compras semanales, y debido a que a Irene le producía cierto disgusto encargarse de aquellas diligencias, su hermana y su madre iban a la Plaza de Mercado del pueblo, mientras ella las esperaba en el Parque Principal.
Sentada en su banca preferida, Irene posó la mirada sobre un apuesto joven de tez canela, ojos de color verde intenso y una hermosa sonrisa. Recordaba haberlo visto en varias ocasiones, pero estaba segura de que él jamás había notado su presencia. En ese instante se llevó una pequeña sorpresa, puesto que el misterioso muchacho cuando la descubrió observándolo, le pidió por medio de señas que se acercara y aunque al principio lo dudó, finalmente accedió.
─Buenos días señorita ─dijo el chico, antes de besar la pálida mano de Irene─. Discúlpeme si la incomodo, pero después de que su mirada y la mía coincidieron no pude dejar de admirar su belleza. Mi nombre es Manuel, ¿y el suyo? ─Me llamo Irene y aunque no es molestia, no tengo permitido entablar conversaciones con desconocidos ─respondió ella al mismo tiempo en el que su corazón amenazaba con salirse de su pecho.
Antes de que pudiera decir otra palabra divisó a lo lejos a su madre Leonor y a su hermana Doris, por esta razón tuvo que despedirse de Manuel luego de prometerle que se volverían a ver el próximo domingo. Aquel parque se convirtió desde entonces en cómplice de una naciente historia de amor. Transcurrieron varios meses y el sentimiento existente entre los dos jóvenes se hacía cada vez más fuerte. El tiempo que pasaban separados era para ellos un eterno anochecer que sólo finalizaba cuando sus cuerpos unidos por medio de un abrazo inocente, daban inicio a una radiante mañana cargada de carcajadas, poesía, anécdotas y uno que otro beso de esos que saben a clandestinidad.
Aunque la relación de Irene y Manuel fuese inofensiva, la familia de la muchacha tenía un nivel económico elevado y estaba mal visto que una señorita de la alta sociedad se relacionara con alguien como Manuel, cuyo padre no gozaba de buena reputación. Hasta el momento habían logrado mantener en secreto sus amores, pero el pueblo en el que residían era pequeño y hasta en sus rincones más recónditos existían ojos y oídos atentos ante cualquier novedad.
Doña Leonor había escuchado rumores acerca de los malos pasos en los que andaba su hija menor, pero se resistía a creerlos hasta el día en el que decidió comprobar por sí misma su veracidad. Fue así como uno de los encuentros de los enamorados se vio interrumpido por la presencia de la madre de la joven, quien en medio de su decepción se llevó a Irene y le prohibió volver a ver a Manuel. La restricción no fue impedimento suficiente para que los jóvenes continuaran escribiendo su historia y ahora más que nunca sentían que necesitaban el uno del otro.
Irene estaba en condiciones de iniciar la Universidad, precisamente esa fue la excusa perfecta para enviarla a la ciudad y separada para siempre del que fue el único que pudo hacerle sentir que el amor no es sólo un invento de los libros de fantasía.
Horas antes de partir, Doña Leonor había tratado de convencer a la muchacha de que la decisión tomada le haría feliz, pero Irene no abandonaba la idea de que el estar junto a Manuel era lo único que alegraba su corazón e intentó de todas las maneras posibles hacerle entender a su madre de que el amor es un loco desinteresado que cuando llega, no se detiene a detallar el dinero que hay en los bolsillos de las personas. Pero la joven dejó de insistir al darse cuenta de que no había marcha atrás.
Irene se disponía a ingresar al tren cuando notó que a su encuentro llegaba Manuel, quien se había valido de mil artimañas para tener la oportunidad de verla.
─Irene, no puedo permitir que te alejes de mí. Sé que es algo descabellado pero, por favor escapa conmigo ─suplicó el joven. Irene lo amaba, pero era consciente de que su familia era capaz de causar desgracias mayores para cumplir sus objetivos. Por esta razón decidió grabar en su memoria la mirada triste de aquel chico, la cual como su soledad, la acompañaría para siempre. ─Desobedecer de esa forma la voluntad de mi padre significaría poner en riesgo tu vida y mi futuro. ─dijo Irene mientras recordaba lo terco que podía llegar a ser Manuel─. Y debido a que nuestras vidas tomarán rumbos distintos, te ofrezco mi amistad.
ATB.
La luz de mis ojos se ha ido, el sol en el cielo se ha escondido, la soledad mi alma ha invadido, caminando voy sin un sentido, la vida es un laberinto, del que salir no he podido.
ATB.
Tengo una habilidad especial para alejar a las personas.
ATB.
Nunca olvides que te amé, nunca olvides que lo seguiré haciendo, mi alma unida a la tuya está, como el azul que le da el color al cielo. Nuestro amor da a la muerte vida, es más fuerte que el olvido, más grande que la soledad, en la que años he vivido. Recuérdame cuando el viento roce tu cara, cuando la lluvia acaricie tu piel, cuando la mañana de luz a tus ojos, cuando el lápiz de vida al papel.
ATB.
No sé quién eres, ni lo que de mí esperas. Sólo puedo asegurar, que con tus versos, te has llevado mis penas. Caballero del misterio, escritor empedernido, sal del mundo en el que vives, para darle color al mío.
ATB.