La cabeza baja, con parte de esta cubierta con una gorra de un equipo de beisbol que no conoce pero del que su padre es fan, los pasos rápidos que se deslizan por el suelo frío del hospital y la mano algo larga para dar en recepción con el número de habitación deseada. Ser alguien en el punto de mira era algo nuevo para ella, sobre todo si esa vez se suponía que las víctimas de la historia eran otras, por ello tampoco sabía qué cosas sí podía hacer y cuales no, cuándo podía dejar ver su cara y cuando tenía que esconderse por si daban con ella antes de tiempo. Lo único que tenía claro es que esperaba que con aquella visita algo cambiara, aunque fuera lo más mínimo.
Salió del ascensor con los sentidos encendidos y alerta, ante el desconocimiento de qué o quién podría encontrarse a mitad de camino, como a Travis, que se acercaba a su posición desde el fondo del pasillo. Sophia se adelantó a sus movimientos y ocultó su figura tras una de las máquinas expendedoras, a la espera y deseo de que pasara sin percatarse de la presencia femenina. Una vez lo observó marcharse, y aún manteniendo la respiración que volvió a la normalidad al emprender su trayecto nuevamente, al dar con la habitación indicada ni siquiera lo pensó dos veces antes de pasar y ocultarse tras la puerta que cerró al entrar, con parte de la cabeza pegada en esta y con los ojos entrecerrados por lo que estuviera por venir.
Antes de darse la vuelta se deshizo de su pésima tapadera que solo consistía en la gorra y una bufanda, y se giró para ver a Noel en la camilla. Alzó ambas manos ocupadas en señal de paz, y se apresuró a hablar.
— Déjame que me explique. Luego puedes echarme o amarrarme a la silla para que me encierren o lo primero que se te venga a la cabeza. Pero primero escúchame, por favor.
Acostumbrado a las visitas, no rindió especial culto a la intrusa sino hasta que la voz erizó hasta la más recóndita de las terminaciones nerviosas. Noel, aun en la debilidad de los narcóticos, se posicionó en alerta al borde del incómodo y fino colchón mientras la mirada transfería todo lo que el cuerpo no podía manifestar.
Una mezcla de reproches, rencor, tristeza y amenaza.
— Me encantaría poder lanzarte un bisturí y comprobar que no eres otra alucinación de esas. Y si sale mal, mataría dos pájaros de un tiro.
Agachó la cabeza lo suficiente como para fijarse en el decorado de las baldosas del suelo, cogiendo aire en un intento de recordarse que cualquier cosa que le dijera era totalmente merecida, y se aproximó hasta la ventana de la habitación sin atreverse aún a tomar la iniciativa de acercarse y reducir la distancia que los separaba.
Prolongó su postura, con la vista fijada en lo que se podía observar fuera del hospital, y al volver a colocarse la gorra solo para no tener tantas cosas en la mano, apoyó su espalda al cristal y escondió las manos en los bolsillos de su chaqueta vaquera.
— Yo... ni sé por dónde empezar. Ni tampoco sé qué hago aquí después de lo que te he hecho. Pero creo que mereces saber que te he mentido, y no me refiero a todo este tiempo, sino a cuando... — Casi sin pretenderlo sus ojos apuntaron a la herida que había bajo las gasas. Por el bien de su nueva misión, tuvo que obligarse a desviar su atención hacia otro objeto de la estancia —. Eso. No vengo a que me perdones ni a que te olvides de lo que he hecho sin más, porque seguramente yo en tu posición no lo haría.
— Ahórrate las florituras, Sophia.
— Si hice lo que hice y robé lo que robé, fue porque no me quedaba otro remedio que hacerlo. El padre de mi hermanastro contactó conmigo hará unas semanas, ya sabes, ese hermanastro. Y creí que lo mejor sería acceder y reunirme con él, al fin y al cabo era la consecuencia de mi acto, y la responsabilidad era mía, por eso no comenté nada con nadie. Contra todo pronóstico, sigo viva. Aún. Porque accedí a trabajar para él después de ver el cadáver del hombre que me crió y me cedió su apellido con la cabeza abierta contra el suelo. Me dijo que sino lo hacía, o le contaba a alguien lo que estaba haciendo le haría los mismo a mis hermanas, a mi padre... y a ti, y como comprenderás, ya bastante cosas malas he hecho en la vida como para tener que cargar con eso a mi espalda también. (...) Así que me convertí en su peón. Me enseñaron a cómo hacerme con el libro que quería, y yo me preparé mi discurso por si en una de esas te encontraba. Tuve que hacerlo. Era necesario que me odiaras para poder mantenerte a salvo, y fue lo único que se me ocurrió. Si te hacía daño... si te daba asco, no me ayudarías, no intentarías comprender por qué hacía lo que hacía y te apartarías de mí y de toda la mierda que me rodea. Porque tenías razón, Noel, me conoces, más que yo misma, y por eso eras la persona que más miedo me daba perder. Porque mis hermanas ya están acostumbradas a que me aleje y a que no les cuente nada, pero contigo es distinto. Y lo siento, de verdad que no quería hacerte daño físico, es de lo que más me arrepiento.
Se dio la vuelta para llevarse ambas manos a la cara, y utilizó la bufanda como toalla que secara su rostro. Sentía el cuerpo más libre, pero no mejor. Era cierto que se había quitado un peso de encima, pero la espina seguía clavada y no había forma de hacerla salir.
— Y por supuesto que te quiero. Te quiero desde que te vi por primera vez y te seguiré queriendo aunque tú no desees hacerlo más.