Carta pública a Magdalena Cueto, en la noche del 28 al 29 de mayo, año 2015.
Mi memoria falsa aún insiste en que alguna vez hablamos de Akerman. Hay unas cuantas cosas que jamás podré perdonarte, Magdalena. La más obvia es la más obvia, la entelequia, teoría literaria, aunque esta noche la espalda no me molesta mucho,
son tres años ya para olvidar que cuando estaba lejos aún era entusiasmo, pasional rapto si existe en lo cerebral. En provincias, Genette como vanguardia, que si el fatus llevaba hasta Proust, hoy no hago más que darle vueltas a qué significa la admiración, Magdalena.
Pero el epicentro de mi enfado viene de una de aquellas sesiones intensivas demoliendo el o desde o entre, Edipo Rey.
Recuerdo por descontado qué ropa llevaba. Tu gesto se nubló aunque probablemente no y esto sólo lo proyecte yo, por el impacto, pero se nubló al afirmar lo que desde entonces viene golpeándome con sardónica rabia. No conocéis la potencia de vuestro insconsciente. La irrigación del deseo es el verdadero motor inmóvil pero cuidado, cuidado con desear, cuidaros de cualquier pulsión vehemente porque, ay, si la bestia se pone en juego es bien seguro que cumplirá.
Tampoco te la guardo tanto, al fin y al cabo, fuiste la única atrevida, la única ternura al denunciarme, que tenía que engordar. Pero haberme dejado llevar, por la hybris que anunciabas falsificación ideal ah del romántico no sé qué amor. Hasta la violación, Magdalena,
Obviamente nunca hablamos de Akerman. Una vez de Pasolini de pasada, pero te confundo con una nueva, otra que aquí en la hostilidad.
Empero, un abrazazo, Blanca














