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Llevo en la memoria cicatrices que aún tienen dolores frescos saboreando mis derrotas. El día que te fuiste me aferre tanto a un verso que en el intento de odiarte te quise. Mírame ahora, tan lleno de nostalgia, que si algún día la soledad pudiese reflejarse en unos ojos color tierra, seguro llevarían tu nombre. -Y vendrían los otoños al verte bailar.- Recorro la Gran Vía, que casualmente, tiene nuestra fotografía en una pequeña hoguera. Ayer, un puñado de recuerdos me encontraron masturbando una herida que escuece más que pensarte al final de un polvo… Y por supuesto que vino la negación inconsciente tras un choque de realidad. Al final, el silencio enmudece nuestra cama; y pienso en los kilómetros exactos que separan tu lunar de mi mueca estérica al verte cruzar la calle, descalza, como el lienzo de un pintor que dejó de quererse hace mucho tiempo. Pero es tu risa, y es esa conjugación de estrellas en la espalda; la agitación de un beso; el sabor de una herida abierta; el desayuno por la mañana, que no me deja respirar. Y yo, que movía las agujas de mi cuerpo para acunarte en mi futuro, que deshilaba mi cordura para ser tu loca; he perdido la cuenta de cuantas veces me coloqué de frente a tus demonios, para que no tuvieras un pasado del cual huir. Y te digo amor, que hoy, puedes mandarme a la mierda, que al fin y al cabo, ya te esperaba. Y que no me sorprende; -he aprendido a bailar con las manos atadas-. Ya ves, que sigo mintiéndole al espejo para que mi corazón no sangre. Pero estaré bien, cariño, que tu recuerdo ya no es tormenta torrencial.


















