TOMA 134
Ariel juega todas las noches.
No “juega” en el sentido amable del término. Ariel es ludópata, y su templo es el bingo–casino que ocupa el mismo edificio donde alguna vez estuvo el cine de su infancia. En la marquesina ya no hay estrenos: solo luces de neón que anuncian jackpots, sorteos y “noche de premios”.
Hace cuatro horas que está adentro. Va por el quinto whisky.
Fuma un cigarrillo tras otro; antes de tirar uno ya está usando la brasa para encender el siguiente. No tolera tener gente demasiado cerca: dice que le traen mala suerte. Esta noche está perdiendo fuerte. Cuanto más pierde, más trata de recuperar lo perdido. Cuanto más trata de recuperarlo, más se hunde.
Abandona la máquina. Se levanta de golpe, la silla chirría. Camina un poco entre el ruido metálico de las tragamonedas y los falsos aplausos enlatados. El casino ya no es un lugar: es un zumbido continuo, un intestino de colores y sonidos que lo traga todas las noches.
Siente la vejiga a punto de reventar. Necesita orinar con urgencia.
Se apresura hacia la escalera que lleva al primer piso, donde están los sanitarios de varones. Sube tambaleando, agarrado del pasamanos, con ese equilibrio flojo del que ya no está del todo borracho, pero tampoco sobrio.
Algo lo distrae antes de entrar al baño: un pasillo estrecho que termina en una puerta.
La ha visto mil veces, cada noche, durante años. Siempre cerrada, siempre igual. Esta vez está entreabierta.
Sale del baño, mira de nuevo. La puerta sigue ahí, abierta lo justo como para sugerir que alguien la dejó así. El pasillo está vacío. No hay un solo alma en el primer piso: solo él, ese rectángulo de penumbra, la puerta entreabierta… y, abajo, las máquinas llamándolo con su ruido de sirena industrial.
Duda. Se aleja. Vuelve. Oscila, en parte por el mareo, en parte por la duda.
Al final, la curiosidad le gana la partida. Está acostumbrado a perder.
Atraviesa el pasillo y empuja la puerta.
Del otro lado hay un cuarto pequeño. Un depósito viejo, húmedo, con olor a óxido, humedad, tierra y polvo. En el centro, como un animal extinguido todavía en pie, un proyector de 35 mm. Alrededor, varias latas de metal desparramadas por el piso.
Ariel no tarda en entender: ése fue el proyector del cine de su infancia. El mismo que encendía la pantalla antes de que el casino devorara el edificio.
Se agacha, levanta una lata, la abre. Adentro, cinta. Abre otra, y otra. Todas tienen algo. En algunas alcanza a leer títulos que recuerda haber visto ahí, sentado en esas butacas de abajo, hace cuarenta años.
No tiene idea de cómo usar el proyector.
Saca el celular. Busca “cómo usar proyector 35mm”, mira tutoriales absurdos grabados en otros países, otros idiomas. Entre el whisky, el humo y el temblor de manos, intenta imitar lo que ve. Toca, ajusta, engancha la cinta donde cree que va.
Contra todo pronóstico, el proyector enciende. Un haz de luz vibra hacia la pared.
La imagen aparece, temblorosa, granulada. El título que se lee al comienzo coincide con el de la película que recuerda. Pero no es la película.
Es otra cosa.
Lo que ve es una filmación amateur de la proyección de esa película, hecha desde el fondo de la sala. En vez de ocupar toda la pantalla, el film ocupa solo una franja rectangular en el frente. El resto del cuadro es platea: la nuca del público, los hombros, las filas de butacas viejas.
La cámara está fija, clavada en un punto. Y ese punto está clavado en alguien que reconoce enseguida.
Él.
Él, cuando era chico. Sentado en la platea, viendo esa película en ese mismo lugar, cuarenta años antes.
Ariel siente un frío raro que le baja por la espalda. Se acerca un poco a la pared para ver mejor. No hay duda: esa cabeza, ese pelo, esa forma de encorvarse… es él.
Detiene el proyector. Saca la cinta con manos torpes. Busca otra lata. Otro título que también vio de chico. Coloca la nueva cinta como puede, vuelve a encender.
Otra vez lo mismo: la película, filmada desde el fondo. Otra vez, la platea. Otra vez, él.
Esta vez no está solo. A ambos lados, dos figuras adultas. Aunque solo les ve la espalda, los reconoce de inmediato.
Son sus padres.
El estómago se le anuda. Nunca fueron los tres juntos al cine.
Recuerda bien: su madre no soportaba a su padre, su padre no tenía paciencia para el cine con chicos. Esa escena no existió. Nunca estuvieron los tres ahí sentados, en esa hilera, compartiendo pantalla.
Sin embargo, ahí están. Él en el medio. Su padre a la derecha. Su madre a la izquierda.
Ariel siente cómo el borrachazo se le mezcla con algo mucho más viejo que el alcohol. Quiere apagar el proyector, pero no lo hace. Sigue mirando.
El plano, que al principio mostraba varias filas de butacas, empieza a cerrarse. Cada vez se ve menos de la sala. La pantalla del cine se achica, la gente desaparece en la penumbra. La nuca del niño se vuelve protagonista.
El plano vuelve a cerrarse. Ahora ocupa casi todo el encuadre: la cabeza, el pelo, un pedazo de hombros.
Ariel traga saliva. De pronto, el niño en la pantalla mueve la cabeza. La inclina a un lado, al otro, como probando algo. Y, sin aviso, gira directamente hacia la cámara.
Lo mira. Lo mira fijo, durante unos segundos largos.
Luego esboza una sonrisa leve, torcida, y dice con voz clara:
—Arruinaste mi vida.
Ariel se sobresalta. El corazón se le acelera con una violencia que ni el bingo le produce. Da un paso atrás. Se choca con algo.
La voz vuelve a sonar desde la pared:
—No tengas miedo. Estoy para ayudarte.
Se queda inmóvil.
—Esta noche la suerte no te acompaña —continúa el niño, sin dejar de mirarlo—. Y la miseria te sigue como un cuervo al moribundo… pero tu suerte ha cambiado.
Ariel escucha, sin respirar.
—Vas a bajar —dice la voz—. Primero vas a ir al bar. Vas a pedir un café negro, bien cargado. Te va a venir bien. Después vas a ocupar la máquina ciento treinta y cuatro. Apostás lo mínimo en las dos primeras tiradas. Y en la tercera y en la cuarta, todo el dinero que tengas disponible. Tenés un cajero automático en la entrada, no te olvides. Retirá todo. Y hacé exactamente lo que te digo.
La proyección se corta. La pared vuelve a ser pared.
Ariel sale corriendo del cuarto, tambaleando. Baja las escaleras casi a los tumbos. El ruido del casino le pega en la cara como un balde de luz y sonido.
Pasa delante del bar, sudado, con la camisa pegada al cuerpo. El barman lo mira y frunce el ceño:
—Está pálido, señor. ¿Se siente bien? ¿Quiere que le sirva un café bien cargado?
Ariel se queda helado. No responde. Asiente con la cabeza.
El café llega. Lo toma de un trago, como si fuera otro whisky. El calor le raspa la garganta. Mientras apoya la taza, escucha a alguien insultar y golpear una máquina.
Una máquina en particular. La ciento treinta y cuatro.
La persona se levanta dando un portazo al aire y se va maldiciendo. La máquina queda sola, con las luces parpadeando, esperando la próxima víctima.
Ariel camina hasta la entrada en modo automático. Ni piensa: obedece.
En el cajero retira todo el dinero que tiene en la cuenta. Es una cifra importante, suficiente para vivir un par de años sin lujos, apenas con calma. Mira el número en la pantalla como si fuera de otro. Guarda la plata. Vuelve, paso a paso, hasta la máquina 134.
Se sienta. Deja pasar las primeras dos jugadas con apuestas mínimas, como le indicaron.
En la tercera, mete todo.
Pierde.
Le tiembla el labio, pero no se detiene.
En la cuarta, vuelve a apostar todo lo que queda. Todo.
Vuelve a perder.
El saldo cae a cero. El sistema emite un sonido corto, casi cortés, como de timbre de hotel.
Ariel se queda quieto unos segundos. Y entonces, en lugar de gritar o llorar, empieza a reír.
Ríe con una risa seca, rota, demasiado alta para esa sala llena de máquinas. Una risa que hace que algunos se den vuelta un segundo y después miren a otro lado, como si no quisieran contagiarse.
Deja la máquina sin mirar atrás. Sale a la calle. El aire de afuera le pega como una bofetada fría. Abre la billetera; rescata algunos billetes doblados, restos sueltos de otras noches.
Camina hasta el kiosco más cercano. Compra todo el alcohol que puede pagar con eso: botellas chiquitas, una grande, lo que haya. Vuelve a su casa. No prende la tele. No prende la computadora.
Prende un cigarrillo con el anterior. Bebe más de lo que solía beber cuando ya estaba bebiendo demasiado.
Sigue así hasta que, finalmente, deja de contar las pérdidas. Y se deja desaparecer, como si apagara, de una vez, la última máquina que seguía jugando sola adentro suyo.
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