Siempre me ha fascinado el teatro, creo que es consecuencia de mi infancia. Cuando era aún muy chico, mis padres cumplieron mi capricho de pertenecer a una compañía y nos inscribieron a mi hermano y a mí a la compañía de teatro del colegio. Era inevitable sumar a mi hermano a la fórmula porque, naturalmente, no nos separábamos ni un momento. Es una de las ventajas de tener un hermano con el cual la diferencia de edad es mínima; siempre tienes un cómplice a la mano. Aunque, siendo sincero, hay situaciones en las cuales es mejor no tener cómplices ni testigos.
Buenos Aires es la ciudad de los teatros. Alguna vez, alguien me dijo que era la ciudad con más teatros independientes en el mundo. Yo creo, firmemente, que esto último es cierto porque no es posible caminar por sus barrios bohemios sin toparse de frente con un teatro en cada cuadra. Mi barrio favorito es Palermo Soho, aunque creo que es por un sesgo intrínseco en mí, algo que preferiría no discutir porque me llevaría a otra historia que no pretendo relatar en estas páginas. Mi teatro favorito siempre será Teatro Colón, sé que es poco original pero no hay manera de evitarlo; su majestuosidad es absoluta.
El Teatro Colón se encuentra en frente de tribunales y aunque por fuera parecería ser menos espectacular que su vecino, este teatro es el lugar más hermoso que se puede visitar en la ciudad de la furia. La fachada de este lugar posee un estilo ecléctico que impresiona a cualquiera, el interior es deslumbrante. Son pocos los lugares que me han hecho transportarme a otra época; este teatro lo logró. La combinación de luz y arquitectura es perfecta, los tonos son indescriptibles, el difuminado es más que preciso.
La acústica del teatro Colón está considerada como la mejor para óperas en el planeta y la tercera mejor para conciertos. Creo que es por esto último que los sonidos dentro de esta sala son particularmente nítidos. Justo después de la tercera llamada y antes del inicio del espectáculo, las luces se apagan y el teatro, por un instante, se queda en silencio. No es un silencio absoluto, es un silencio de teatro: murmullos que no se extinguen por completo, estornudos contenidos, personas en movimiento entre las butacas que buscan desesperadamente llegar a su lugar antes de que el telón dicte el inicio. Los sonidos que describo eran, hasta hace poco, mi parte favorita de ir al teatro. Durante este periodo de tiempo, suelo cerrar los ojos y escuchar a detalle cada uno de estos elementos acústicos porque es justo en ese momento que el teatro habla; es el murmullo del teatro.
El primer sonido cae en mis oídos como la última gota en el vaso con agua y el sonido desborda todos mis sentidos. Evgeny Kissin está sentado frente al piano con su impecable smoking negro y sus zapatos de charol brillantísimos que reflejan la luz de alguno de las decenas de reflectores que iluminan el escenario. Preludes in D-Flat Major, Op. 28 No.15 suena en el Teatro Colón. Cierro los ojos y dejo que el pianista ruso haga lo que mejor sabe hacer. Aun después de mis esfuerzos por olvidarme del mundo, puedo oír su respiración. Me siento tenso. Escucho, incluso cuando es lo que menos deseo, sus manos tocarse. Se escucha Sonata Op.27 No. 2: Adagio sostenuto y la calma regresa poco a poco, mis manos se relajan. La sensación no dura mucho tiempo. Ya no puedo escucharla pero, sin duda, percibo su aroma, su perfume le va perfecto, eso debo reconocerlo. Siempre he creído que escoger un perfume es como comprar ropa: hay que estar seguro que es de tu talla. Ni muy anticuado ni muy juvenil, no demasiado seco pero tampoco tan dulce como para fastidiar. En ocasiones terminas con un perfume que es inadecuado para ti y entonces vas por ahí con un aroma prestado, un aroma que no es tuyo y que vas dejando irreconocible entre las personas. En este sentido, ella siempre recurre al perfume perfecto; es indiscutible. Es precisamente por esto último que he comenzado a transpirar de nuevo, mis nervios no se encuentran bien y creo que es evidente. Pienso demasiado en todo y aunque en la sala el sonido del piano es más que absoluto, en mi cabeza no se reconocen más que una serie de estruendos. Toca mi brazo, abro los ojos, la piel se me eriza en seco, mi espalda está fría. Escucho la música, regresa a mí esa sensación cálida, se siente como el primer sorbo de té. Dice un par de cosas, no entiendo pero sonrío y le beso, todo va bien.
Kissin es un artista fantástico; comenzó a tocar cuando tenía tan sólo tres años de edad. La manera en que dispone de cada nota es algo bellísimo. Creo que no elegí mal, la música lo hace todo tan llevadero. Evgeny, coloca sus manos sobre las teclas y agita el mar, la marea se vuelve inquieta, escucho cómo rompen las olas. La miro de nuevo, coloco mis manos alrededor de su cuello, la beso, la beso fuerte y poco a poco mis músculos se contraen, por mi espalda corre esa sensación cálida que acompaña a la adrenalina, cierro los ojos aprieto las manos, lo hago de a poco para no perder el control y sigo apretando, siento sus manos sobre las mías, sus uñas enterrándose en mis brazos, su cuerpo se estremece como el mío pero yo, ahora, me siento lleno de vida.