Una persona que está completamente descontenta, no tan sólo descontenta con ciertas cosas, sino inherentemente descontenta, no necesita ninguna técnica para ser revolucionaria. Ella misma es una revolución y significa un peligro para la sociedad; a ese hombre lo llaman ustedes revolucionario. Ahora bien ¿por qué no es usted una persona así? (...) Y eso es lo que necesitamos en la actualidad: personas completamente descontentas y, por lo tanto, dispuestas a percibir la verdad de las cosas. Un hombre completamente satisfecho con el dinero, con la posición, con una idea, jamás puede ver la verdad. El que descubre la verdad es el hombre descontento, que investiga, inquiere, cuestiona, observa; y una persona así es una revolución en sí misma y, por ende, en sus relaciones. En consecuencia, comienza a transformar lo que constituye su mundo, que es su relación con la gente. (...) Y el hombre que se enfrenta a la vida directamente es un hombre que se halla en estado de descontento, y para dar con la verdad es indispensable hallarse en estado de descontento. La verdad es la que libera; libera a la mente de sus ilusiones y creaciones. Uno no puede buscar la verdad, ésta debe venir a uno, pero sólo puede hacerlo cuando la mente está por completo descontenta y preparada para recibirla. Pero casi todos tememos estar descontentos, porque ¡Dios sabe a dónde podría llevarnos el descontento! De modo que, en torno del descontento ponemos un cerco de seguridad, de certidumbre, mediante una acción cuidadosamente planeada. Y un estado semejante de la mente no puede comprender la verdad. La verdad no es estática, porque la verdad es intemporal, y la mente no puede seguir a la verdad, porque la mente es el producto del tiempo; y aquello que es del tiempo no puede experimentar lo intemporal. La verdad llega a quien se halla en ese estado de descontento pero que no busca un objetivo, porque la persona que busca un objetivo está buscando gratificación, y la gratificación, la satisfacción, no es la verdad.