Apuntes poliamorosos II: Sexualidad
Desde muy temprano en mi vida me interesé por la sexualidad. Es uno de los aspectos más misteriosos, indefinibles y elusivos de la vida. Esta dimensión, que parecería ser una de las más corporales de nosotros mismos, se vuelve un tanto intangible mientras más tratamos de definirla y entenderla. El asunto es que, desde una perspectiva laica, que considere los derechos humanos y la no discriminación, es imposible concebir una forma única de la sexualidad. En el momento en el que algunx de sus estudiosxs se perfila a escribir el punto final al respecto, aparece algo que no había sido tomado en cuenta. La teoría de la sexualidad está condenada a nunca ser acabada. Desconfíen de cualquier filósofo o sexólogo que parezca creer lo contrario.
¿Cuál es la forma correcta de vivir la sexualidad? Ésta es una pregunta que nos obsesiona culturalmente. Desde el Papa hasta nuestrx mejor amigx, pasando por la Cosmo, la Playboy y los libros de autoayuda, todo el mundo parece tener una opinión respecto a lo que uno debería o no debería estar haciendo con su cuerpo, con quién, en dónde, cuándo y cómo. La medicina, la televisión, la pornografía y demás nos arrojan reglas, principios y prácticas (a menudo contradictorios) para nuestra vida sexual, los cuales debemos seguir por cualquier razón que se les ocurra (“tienes que darte a respetar”, “tienes que ser gente decente”, “tienes que ser libre”, “tienes que disfrutar”, “tienes que vivir tu vida”, etc.). Es probable que alguna combinación de estos discursos haya dado forma a lo que cada uno de nosotros entendemos como sexualidad, que incluso hayan sido el medio por el que hemos aprendido/aprehendido la sexualidad desde un principio. También es posible que nunca nos lo hayamos cuestionado. La sexualidad puede ser ideología.
Textos poliamorosos como The Ethical Slut plantean que cualquier forma de ejercer la sexualidad — incluso el no ejercerla— es perfectamente aceptable, siempre y cuando exista consenso. Ningún fetiche es muy raro, ninguna práctica es condenable, ninguna fantasía es ni muy salvaje ni muy aburrida. La única persona que puede opinar sobre la forma correcta de vivir nuestra sexualidad somos nosotrxs mismxs. Al invitarnos a cuestionar las relaciones amorosas y sexuales convencionales, el poliamor se convierte en un medio para explorar y decidir por cuenta propia cómo concebirla, experimentarla y disfrutarla.
Muchos de los discursos comunes sobre la sexualidad me parecen extraños y hasta violentos (por deshumanizantes). Conceptos como “apetito sexual”, “estar (in)satisfecho”, “ser insaciable” y demás alusiones gastronómicas nos conducen a pensar la sexualidad de manera vectorial, con una sola dirección y una magnitud determinada (lo mismo ocurre con términos como “estar caliente” y “frigidez” entre otros). Asumimos el deseo como algo predeterminado dentro de nosotros mismos, casi cuantificable, como una cuota preestablecida que hay que cubrir. Con el ímpetu de atender lo que nos planteamos como una necesidad, nos encontramos de repente en una economía (sexual) donde buscamos consumir bienes y servicios para asumirnos plenxs. ¿Cuánto inviertes en tu satisfacción sexual? ¿Es redituable? ¿Cuáles son las condiciones del mercado actual? ¿Por qué escogió nuestro producto? ¿El proveedor le ofrece un servicio acorde a sus necesidades? No quiero vivir mi sexualidad así.
Cuando pienso en ella, me es imposible describirla en términos de satisfacción porque no entiendo qué significa estar sexualmente satisfecho. Si ya tuve suficiente: ¿de qué y por qué quiero más? Si quiero más: ¿me indigestaré? Si ya no puedo más: ¿estoy lleno? Si estoy lleno: ¿De qué? Las alusiones térmicas y gastronómicas simplemente no me alcanzan para aprehender toda la experiencia. Quizás porque se trata de experiencias más que de necesidades. No es un vector, con una sola dirección y una magnitud; es una dimensión de dimensiones. Es sentir, escuchar, oler, ver y saborear. Es exploración, es goce. Es acompañarse y compartir, cuando sea el caso. Se trata, como dice mi instructora de yoga, de desafiarse sin juzgarse y de abrir el corazón. Si lo permitimos, la putería puede ser un camino al autodescubrimiento.