La pulsión y la idea.
En las calles de Ciudad Azteca, entre bardas desgastadas y concreto vibrante, escribí nombres. Pintas, hechas en silencio y a deshoras, como quien deja mensajes para quien sepa leerlos más allá de la letra. No se trató de firmar ni de gritar mi nombre, sino de rendir un tributo silencioso a quienes han sembrado ideas en mi camino creativo.
Borges, Bachelard, Deleuze, Foucault, Derrida, Pizarnik, Galeano… Nombres que son más que autores; son detonantes. Esta serie de grafitis nace de una pulsión: esa urgencia de crear sin permiso, de decir algo que no puede quedarse adentro. Porque el acto de escribir —incluso con aerosol, sobre una barda, en la noche— puede ser una manera de compartir pensamiento, memoria, inquietud.
No escribí citas, ni frases célebres. Solo los nombres. Pero cada uno lleva dentro un mundo. Escribirlos fue un acto de presencia, de reconocimiento y de resistencia. Porque en un entorno donde la palabra suele ser silenciada o deformada, poner estos nombres en la calle fue mi forma de abrir grietas en el muro.
El pensamiento también puede ocupar el espacio público. También puede ser graffiti.













