Thanksgiving - American Diaries no. 4 (22/11/13)
Es Thanksgiving y no entiendo muy bien de qué se da gracias. Afuera de mi edificio hay un montón de vagos que me miran con los ojos perdidos. La mayoría de las veces evito mirarlos a los ojos, temo que algo violento estalle, que me cobren la serie de beneficios que ellos han perdido. La noche anterior salí con unos conocidos a varios bares en las inmediaciones del centro de San Francisco. En una esquina un hombre negro nos abordó para pedirnos dinero –como lo hicieron otros antes, como lo hicieron otros después. Una de las personas acababa de ponerse un chicle en la boca y aventó la envoltura en la gorra extendida hacia nosotros. Happy thanksgiving, respondió el hombre, tomando la basura entre los dedos. Veinte minutos después la misma persona aventaba billetes de un dólar en un stripclub que parecía un cine viejo.
Thanksgiving ha engendrado el Black Friday, un evento que raya en la locura. En este marco resulta interesante la desobediencia civil propuesta por el congresista Alan Grayson:
“Even people who are employed now, many of them are not making enough money to survive,” said Grayson. “And the outlet more and more for people that they see is this kind of civil disobedience, because the political system has become completely unresponsive to their genuine concerns and their physical needs.”
La polémica se desató a partir de cómo Walmart, en una de sus tiendas, solicitó donaciones a sus empleados para sus "empleados en necesidad" (léase, sus empleados pobres). La respuesta en distintos sectores fue: si a Walmart le preocupan sus empleados, ¿no debería pagarles más?
Grayson charged that the company “feels compelled to cheat its own employees to the point where they’re forced to turn to public assistance simply to stay alive.”
El congresista Grayson, desde su silla de cuero en Washington D.C., menciona: no compremos más en Walmart. La consigna parece lógica, pero nadie parece cuestionar el sistema del que nace:
“Wal-Mart is a machine that exists solely for the purpose of enriching its owners and…the top managers of Wal-Mart, and in so doing wreaks havoc on the lives of both workers and suppliers.”
Hablar de Walmart es hablar de prácticamente cualquier empresa. ¿No deberíamos cambiar las preguntas y cuestionarnos sobre consumir menos? ¿No debería estar ahí la respuesta?
Henry David Thoreau, en 1848, escribe en La desobediencia civil:
Yo no puedo, ni por un instante, reconocer una organización política que como gobierno mío es también gobierno de los esclavos. Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución; es decir, el derecho a negarse a la obediencia y poner resistencia al gobierno cuando éste es tirano o su ineficiencia es mayor e insoportable. Pero muchos dicen que ese no es el caso ahora. Pero era el caso, creo, en la Revolución de 1775.
165 años después, ¿en dónde reside nuestro derecho a la revolución?
Pienso que debemos primero ser hombres y luego súbditos, escribe Thoreau. La historia del hombre aventando billetes a una bailarina es la misma que la de Walmart y sus empleados. Peter Singer, filósofo utilitario, propone en el ensayo "The Singer Solution to World Poverty" –publicado en el NYT en 1999– una solución radical:
In the world as it is now, I can see no escape from the conclusion that each one of us with wealth surplus to his or her essential needs should be giving most of it to help people suffering from poverty so dire as to be life-threatening. That's right: I'm saying that you shouldn't buy that new car, take that cruise, redecorate the house or get that pricey new suit. (...) Again, the formula is simple: whatever money you're spending on luxuries, not necessities, should be given away.
Este año, el fundador de Patagonia elabora sobre la misma idea:
Each year we attend sustainability conferences where the talk centers on innovation as the way to reduce resource use and waste. But at these conferences, among decent people doing their best, there is always an elephant in the room, concealed behind a curtain few are willing to draw to the side. The elephant is growth-based capitalism, and the assumption that a growth economy equals prosperity and a healthy society. (...) The reason for this crisis is very simple. There are too many of us consuming too much stuff, and we demand that it be as cheap and disposable as possible. (Have you looked at the junk in one of those airline mail-order catalogs recently? Does the world really need a special tool for cutting bananas?) No wonder we don’t want to face up to the cause of our problems: It’s us! We are no longer called “citizens.” Economists, government and Wall Street call us “consumers.”
¿Somos pocos, o muchos, los que nos estamos haciendo estas preguntas?
Me parece que la vida se ha reducido significativamente, que lo que sucede fuera de las paredes en las que vivo –llámese Black Friday o querer correr 42 kms o buscar formar una familia– es mucho más chico que todo aquello que intento desmenuzar en libros, en algunos de estos textos. El asombro, sin embargo, permanece, ante esas cosas que todavía logran escabullirse en las fracturas de la cotidianeidad –los encuentros, la naturaleza, la imaginación. We can be heroes, canta Bowie. Así es.