
Love Begins

shark vs the universe
cherry valley forever
untitled
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open

Andulka
he wasn't even looking at me and he found me
Sade Olutola

❣ Chile in a Photography ❣

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will byers stan first human second

Kiana Khansmith

#extradirty
Claire Keane

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I'd rather be in outer space 🛸
"I'm Dorothy Gale from Kansas"
2025 on Tumblr: Trends That Defined the Year
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Xuebing Du
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@sageaffaire
The bare bones of my new place
un poquito deprimida (la banca)
el arte del recuadro
Marianne Ihlen in Leonard Cohen’s house in Hydra, Greece, c. 1964.
Polar bear (Helga Fanderl, 1986)
Sans Soleil, Chris Marker
Chris Marker’s studio, by Adam Bartos (2007)
New work by artist Kit Russell, an alternative poster design for the French sci-fi film La Jetée (1962) with Amp Posters
Chris Marker, July 29, 1921 – July 29, 2012.
Roberto Bolaño by Joan Comalat, 1984.
my daily affirmation as an author
Too bisexual for Oasis, too overwhelmed for Blur, just perverted enough for Pulp.
sábanas azuladas
escrito por sageffaire
La tibia brisa de verano se cuela a través de las ventanas que han permanecido abiertas desde las cinco. Refresca el aire del comedor, que a esa hora ya no conserva el calor del día, y trae consigo sonidos dispersos: autos que pasan de vez en cuando por la avenida, motores perdidos a la distancia, el murmullo persistente de una ciudad que no duerme del todo, aunque lo intente. Las rejas de los bares cerrándose, las risas de la gente disolviéndose en distintas direcciones.
Son las dos de la mañana. La noche parece detenida desde hace horas, suspendida en un tiempo propio. La única luz que dejé encendida es la de la antigua lámpara apoyada en el rincón: pantalla de tela amarilla, algo manchada por los años, levemente torcida; el interruptor opaco, gastado por distintas manos. Su luz es suave, cansada, y deja el resto del departamento sumido en una oscuridad amable, casi protectora.
Miro alrededor mientras bebo un té especiado. El aroma es intenso, un poco dulce, y se mezcla con el aire nocturno que entra desde afuera. Me acomodo en mi silla regalona pero no logro encontrar una posición cómoda. Mis pies descalzos están fríos, así que los apoyo en el asiento de la otra silla, buscando una forma improvisada de abrigo, que resulta ser mucho mejor que el suelo amaderado. Observo mis rodillas que quedaron levantadas entre ambas sillas. Encuentro uno que otro moretón, pero me agrada.
Pienso en escuchar una canción de Pulp que me gusta mucho, pero recuerdo que dejé los audífonos en el velador, junto a él. No me levanto. El silencio se intercala con su respiración profunda, tan presente que llega al comedor sin esfuerzo. De vez en cuando se le escapan breves ronquidos, casi tiernos, como un descuido.
Me columpio despacio en la silla, sonriendo. Tarareo muy bajo la melodía de Help The Aged mientras sostengo el tazón entre las manos, todavía tibio. Me concentro en la extraña sensación que se instala en la parte de atrás de mis muslos apoyados contra la silla de madera: un ardor suave, insistente, que no incomoda. Al contrario. Me recuerda a él de una forma que no termino de entender del todo. Sigo balanceándome, lenta, hasta que por un momento pierdo el equilibrio. La pata de la silla chirrea contra el suelo.
Me quedo inmóvil.
El sonido resuena más de lo que esperaba. Aguanto la respiración, contando segundos que se estiran. Escucho, atenta, esperando una señal. Entonces oigo la fricción de las sábanas, un cambio en su peso. Exhala fuerte. Se había movido.
Miro el interior del tazón, está vacío.
Bajo los pies de la silla con cuidado, el roce acaricia mis rodillas con el movimiento y apoyo solo los dedos en el suelo, todavía un poco asustada. No sé si lo habré despertado. Me levanto muy despacio de mi asiento, como si el menor movimiento pudiera delatarme. La polera blanca que llevo puesta y que me queda un poco suelta se desenrolla de mi ropa interior, cae rozando mis muslos. Me la ajusto un poco para que no me incomode.
Camino hacia la habitación con pasos lentos, midiendo el peso del cuerpo para no hacer ruido. El pasillo está casi a oscuras; la luz de la lámpara no llega del todo, apenas dibuja un borde cálido en el suelo. A cada paso siento el pulso en las plantas de los pies, la conciencia aguda de estar despierta cuando todo alrededor parece dormido, incluso él.
Me detengo en el marco de la puerta; él está ahí, enredado entre las sábanas azuladas, desnudo. No completamente dormido, pero tampoco despierto del todo. Su cuerpo grande ocupa la cama en desorden, como si hubiera perdido la batalla contra el calor hace un rato. Una pierna asoma, la sábana torcida le cruza la cintura, su torso queda parcialmente descubierto. La tela arrugada marca el paso inquieto de su descanso. Respira hondo, irregular. Sus párpados tiemblan apenas, como si él flotara en aquel lindo lugar impreciso donde los sueños aún pesan. Su brazo izquierdo cae hacia un costado de la cama; la mano queda abierta, relajada, vulnerable de una forma que me aprieta algo en el pecho.
Me quedo ahí, mirándolo, sosteniendo aquella preciosa escena como si pudiera romperse con solo acercarme un poco más. Su desnudez no es provocación, es abandono. El cuerpo ofrecido sin intención. La luz escasa alcanza para recorrerlo en fragmentos: un hombro, el pecho que sube y baja, la curva de la cadera atrapada en la sábana.
Hace un pequeño movimiento, se gira apenas. Frunce el ceño, como si despertara a medias. Sus ojos se abren un segundo, aún lejanos. No sé si me ve. Yo no me muevo. El silencio entre ambos se estira, denso, cargado. Y es en el espacio suspendido donde algo comienza a tomar forma, lento, inevitable.
Algo en su respiración cambia. No es un despertar completo, es más bien un ajuste, como si su cuerpo supiera que ya no está solo. Su boca se entreabre un segundo antes de cerrarse otra vez. La sábana se desliza un poco más por su cadera con ese movimiento mínimo, descuidado. No lo hace a propósito. Eso es lo que más me desarma.
Doy un paso leve dentro de la habitación. El piso sigue gélido, pero ya no me importa. Me quedo cerca del marco de la puerta, tímida, como si cruzar del todo fuera una decisión distinta.
Me pregunta si estoy ahí, con la voz muy baja, espesa de sueño. No abre los ojos del todo, como si la pregunta no necesitara una respuesta inmediata. Siento la polera pegada a mi piel, la tela rozando mi vientre con cada respiración.
Le digo que sí, casi sin sonido. Él asiente apenas, como si eso bastara. Se mueve de nuevo, lento, buscando una posición más cómoda en la cama. Su mano se cierra un poco sobre la sábana, la arruga, la suelta. Gesto torpe, hermoso. Vuelve a exhalar hondo.
Me acerco un poco más. Evito tocarlo, me limito a estar ahí, a observar su precioso torso desnudo que me invita a recostarme sobre él. Observo cómo su pecho sube y baja, como el cuerpo se abandona otra vez al colchón sin terminar de dormirse. Hay algo demasiado íntimo en ese estado, en esa confianza inconsciente.
El silencio se vuelve a instalar, ahora es distinto. Está cargado de una atención suave, mutua. Me quedo de pie junto a la cama, escuchando su respiración, dejando que el tiempo se estire un poco más antes de que suceda algo.
Antes de decidir nada.
Pero el cuerpo decide primero.
Apoyo una mano en el borde de la cama, apenas, casi como una prueba. El colchón cede bajo mis dedos y aquel mínimo movimiento parece alcanzarle. Él vuelve a acomodarse, esta vez con más intención. Gira la cabeza hacia mí. Sus ojos se abren un poco más, todavía lejos, pero ya no del todo perdidos. Me dice “ven”, sin fuerza, como si no supiera que lo dijo en voz alta. No lo pienso, me acerco otro paso. La polera se me sube apenas me inclino y no la bajo. Me siento en el borde de la cama. El colchón vuelve a hundirse. Su respiración cambia de nuevo, se vuelve más consciente.
Su mano busca a ciegas, torpe, hasta encontrar mi muslo. Descansa su mano ahí, tibia, pesada de sueño. Me quedo quieta, dejándolo despertar a su ritmo. Me dice que estoy fría. Yo asiento, aunque no sé si lo nota. Él abre espacio entre las sábanas, me invita sin palabras. Me deslizo despacio junto a él. La tela me roza la piel. Su cuerpo irradia calor. Cuando me acomodo, su brazo me rodea con naturalidad, como si siempre hubiese estado ahí.