Capullo.
–Creí que ya te había perdonado.– Gritó Alondra en un cuarto recóndito del inconsciente. Era la tercera vez que soñaba con lo mismo, siempre igual, una caverna de túneles brumosos, una luz lejana y su grito desmoronándose en la oscuridad. Ella se veía de espaldas, con la melena enmarañada y su camisón blanco que transparentaba el temor en las venas, un continuo gotear mellaba su frente resbalando por su rostro, anunciándole lágrimas venideras. Sus pies desnudos pisaban el frío, Alondra temía caer si avanzaba, por lo que aferraba las uñas como gato al piso, tensando toda la carne, resoplando sus emociones, y ahí, parada en un sueño, con los ojos fijos como en una mirilla, ella disparaba un grito que le sangraba en lo más profundo.
–Creí que ya te había perdonado– El grito-bala salió de su boca envuelto en el aliento rancio de las mañanas, antes siquiera de que pudiera abrir bien los ojos y en medio de una batalla campal de sábanas sudorosas, estirones de brazos y rastros de lo que fue un sueño, Alondra se debatía: quién era el dueño de aquel grito, qué hijo de vecino, tal por cual, era indigno a su perdón; ¿Se tratará de mi papá y sus pinches mentiras? pero, ese no es mi problema, allá él, a mí ya no me ve la cara o, ¿será que soñé con Emilio? que se fue sin decir por qué, tal vez aún no lo dejo ir, ¡no mames! entonces de qué me sirvió tanta terapia y a fin de cuentas ¿qué inmaculada Diosa soy yo para no perdonar? carajo. Pensaba Alondra en voz alta despertando a todos sus monstruos, pero la respuesta ya se había marchado con el sueño en el último bostezo del amanecer, hoy tampoco sabría a quién le pertenecía aquel “creí que ya te había perdonado”.
Se hacía tarde, había que incorporarse a la rutina, Alondra se bañó a la carrera como todos los días tratándose de enjuagar el pasado, tic-tac tic-tac tic-tac, le resonaba en los tímpanos el tiempo del cual no podía desprenderse. Se peinaba y despeinaba frente al espejo, pellizcaba sus mejillas, revolvía el rojo de sus cabellos como si con eso se le fueran a aclarar los pensamientos, pero nada, ella no podía reconocerse en su reflejo, veía sus ojos grandes como platos, se tentaba las sutiles arrugas de las comisuras de sus labios que manifestaban que en ese pedazo de piel habían existido sonrisas, aparentemente todo se miraba como Alondra, su pálida tez, sus rasgos afilados y su nariz, ¡ah! esa nariz puntiaguda que dice que esconde un caldero en el armario. Pero a pesar de todo, Alondra ya no sabía quién era Alondra.
Caminaba arrastrando momentos percudidos, preparaba la comida con recuerdos de los ayeres, de cuando no importaba nada más que fumar un poco de mota y disfrutar un concierto con el que sería su compañero de vida y que sin más ya no estaba –Jaa já– Reía afectadamente Alondra, sosteniendo fuerte la tabla para picar y dejando correr las lágrimas de cebolla, sazonaba los fideos con pimienta, ajo y experiencias espesas, de cuando tuvo que decirle a su madre con los ojos empapados de verdad sobre los engaños de su padre, de cuando tenía claro un rumbo y de cuando se veía al espejo y sabía que esas cejas pobladas eran todas suyas. De repente, lograba perder su atención en el trabajo, en conocer extraños, en beber con los amigos, en dejarse seducir por el ahora, pero Alondra estaba agotando las velitas que la encendían por instantes, al final terminaba regresando esa extraña sensación de frío que le entraba desde abajo tensando toda su piel, como si una sanguijuela que chupaba desde el corazón le susurrara: Creí que ya te había perdonado. Creí que ya te había perdonado en la sopa, creí que ya te había perdonado en sorbitos de café y en orgasmos que no terminaban de explotar.
–Ahora sí ya valí, me voy a quedar bien pinche loca, ¡me lleva y que me lleve mil quinientas veces!– Pensó Alondra embriagada de desolación al no poder seguir engañando a su presente. Había llegado la hora de ajustar cuentas, recapitular hechos, vaciarse por completo y seguir adelante, o, recapitular y tirarse a la mierda. Algo oculto en ese sueño se tenía que resolver, aunque fuera un pretexto para dejar de vivir a medias, de no ser así terminaría como Josefa, la vecina loca que sólo hablaba con sus treinta gatos. Era como si de repente su mundo, las etiquetas, los juicios y la asfixia de no hacer lo que se sentía por el “deber ser” la hubieran preñado y llenado de los inminentes ascos.
–Qué ganas de salir corriendo, de quitarse la piel como se quita un suéter, dejarlo todo y empezar de nuevo– –Darle vuelta a la hoja, borrar la historia con goma– –Ya de perdis deberíamos tener un botón de control Z– –¿De verdad quisieras olvidar todo lo que te duele?– –Deja de decir pendejadas Alondra– masculló llenando la copa de vino más de la cuenta; tratando de inducir el sueño con brebajes, inciensos y chochos, Alondra estaba decidida a dormir profundamente, a perseguir el deseo de libertad que nadaba en su saliva y a descubrir, de una buena vez, a quién le gritaba con tanto pesar. Le costaba tragar, apenas pudo pronunciar un pastoso “Creí” cuando cayó desparramada sobre su cama.
“Que ya te había perdonado” terminó de resonar en sus entrañas, se encontraba de nuevo suspendida en la caverna de sus sueños, de espaldas con el pelo enmarañado. Se sobó los brazos para dedicarse un abrazo que le diera valor para seguir adelante, caminar entre las brumas oníricas y por fin ponerle rostro al grito, ya había experimentado el miedo de quedarse quietecita sin hacer nada y las cagadas de no atreverse, existía una sola opción: adentrarse conscientemente en su sueño.
Con cada paso que Alondra daba iba expiando ataduras, se le iban desprendiendo las culpas y los anhelos con los colores de su tez. –No más apegos de porquería ni nada que esperar– se repetía como un hechizo que le pintaba las venas de amarillo, semejando las líneas fluorescentes de aquellos insectos lepidópteros que adornan la oscuridad. Alondra se estaba mimetizando con el lugar, soltaba lo tóxico que había guardado durante años con el rosa de sus mejillas que se abultaba en pequeñas manchas sobre su piel ahora negra. Comenzó a sentir que los vellos de su silueta se transformaban en finas púas, pero ni eso, ni nada la detendría. El eco de su grito la acompañaba y cada vez estaba más cerca de esa luz misteriosa al fondo de su sueño.
Siguió avanzando con paso casi firme, sus pies y manos se llenaron de minúsculas ventosas. Alondra reptaba para llegar a la fulgurante luz, una luz tan viva que casi cegaba, era como si así nomás, ante aquella majestuosidad que brillaba, sus ojos se pusieran en huelga, renunciaran a dejar de ver para que los demás sentidos pudieran percibir, entonces los rojos cabellos se le erizaron como antenas que sentían la atmósfera y pudo por fin reconocer formas familiares. Un último “creí que ya te había perdonado” le retumbó en el corazón como un latido. Alondra llegó. Lo que refulgía era una mujer, una mujer de espaldas, con cabellos de fuego ardiendo en las nieblas. Alondra, toda borrosa, volteó hacia abajo, vio su cuerpo tendido en la cama, unos finos hilos de baba le salían de los labios tejiendo sobre su cuerpo. Un cuerpo que ya no distinguía brazos de pecho, ni abdomen de vientre. Un cuerpo cilíndrico, como si gruesas bandas lo formaran y el amarillo danzara con el negro para irse intercalando en su piel.
Se aproximó un poco más, ella trémula, el tiempo suspendido y la mujer luz se volteaba poco a poco. Era una Alondra resplandeciente –Te amo– sus labios rechonchos se arquearon como beso al pronunciar la palabra dirigida a la Alondra que se opacaba. Mientras ésta con lágrimas y reclamos incontenibles hacia su otro yo, levantó, con la fuerza de un impulso, entre fluidos plasmáticos la masa amorfa que había sido su brazo para lanzarse una bofetada. – ¡¿Por qué permitiste que le llorará todo un año?! ¡Por qué dejaste que me cayera tantas veces! Y cuando no sabía ni qué putas hacer, ni para dónde jalar, te quedaste ahí lloriqueando. Ni una señal para dejar de sentirme perdida, ni un mísero consuelo. Eres una cabrona.– – Porque sino, no hubieras llegado hasta aquí. Déjate de culpas ridícula, cada error, cada desvío te ha servido para llegar a tu destino. Querida, hay que arrastrarse como gusano para después, volar.–
La Alondra de luz, se acercó cariñosa a los restos de la forma humana que era la Alondra del pasado. Recorrió con las yemas de los dedos las piernas pegadas y le cogió el sexo, era como si la misma Alondra que soñaba se descubriera tal y como la había sentido aquel pene, el del hombre que ya no recordaría nunca más con dolor y en una masturbación ritual de conocerse por completo, su yo con su otro yo hacían el amor, acariciaban la misma alma encuerada y en la convulsión inherente al acto se fundieron en una sola Alondra. Ahí, con el beso del perdón, la metamorfosis ocurrió.
Pedazos de tejidos y presente flotando en el aire. El cuerpo larvario de Alondra yacía dentro de una crisálida. –Perdonarme a mí misma– Suspiró en espera de sus nuevas alas para romper el capullo.
Ilustraciones/animación: Vic http://www.nefemov.com/








