Te amo un montón, pero no quiero tolerar más tus faltas de empatia.
Fer
Mike Driver
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@sheydemiura
Te amo un montón, pero no quiero tolerar más tus faltas de empatia.
Fer
Claro que es mi culpa. ¿Cómo no va a serlo? ¿Me sorprende? No. Pero me agarra desprevenida.
Me engañan bien. No quieren quererme. Vienen rotos, y me cortan.
Una vez puede pasar, sí. Pero cuando me pasa con varias personas, ya no es casualidad. Es un patrón. Y los patrones se repiten… hasta que los rompo.
Busco refugio en personas que me apagan, que me fallan, que aparecen solo cuando me necesitan. Me siento útil siendo clínica de rehabilitación. Y no, no me vengas con que no tengo cómo saberlo. Ignoro todas las red flags, me hago la boluda cada vez que algo grita que me tengo que ir. Apago mis propias alarmas. Confío, porque quiero creer que todos merecen una segunda oportunidad.
Pero hay personas que llegan para consumirte. Y está en vos ver que no merecen quedarse, ni tener un gramo de tu energía. Porque el problema son ellos, sí… pero si vos abrís la puerta, el problema también sos vos.
Por algún motivo, yo sigo dejando la puerta abierta, esperando que cambien, que no me lastimen, que esta vez se queden. Cuando ni siquiera yo me quedo conmigo. Cuando prefiero el ruido de cualquiera antes que soportar mi propio silencio. Los dejo entrar. Les doy café, cariño genuino. Confío. Aguanto. Justifico. Y en el fondo, sé que va a terminar mal. Confundo presencia con interés.
Y no, no me estoy haciendo la víctima. Estoy tomando responsabilidad. Fue mi error, no el de ellos. Sí, elijo mal. Estoy mal y dejo entrar basura a mi casa. Pero aprendo. Ya no cometo los mismos errores. Ahora, apenas veo el color rojo, corro. Ya no me quedo. Y capaz de eso se trata: de dejar de culpar al otro y empezar a preguntarme por qué sigo quedándome donde no me cuidan ni me respetan.
Fer
Algunos aprenden de si mismos explorando su propio cuerpo y sin embargo son incapaces de explorarse el alma siquiera por una vez, y a eso yo le llamo hipocresía selectiva de aprendizaje
Efimera Lunar Intemporal
Si vas a llegar a mi vida, que no sea solo para desordenarla.
Porque me costó —y no sabés cuánto— aprender a disfrutar de mi soledad. Fueron madrugadas con ruido en la cabeza y silencio absoluto en el celular. Aprendí a cocinar solo para mí, sin imaginar a nadie más sentándose a la mesa. Cerré conversaciones que ya no quería retomar y dejé de esperar los “buenos días”, los “¿comiste?” y los “¿qué hacés?”.
Y entendí que mi soledad no era un castigo. Era fabulosa. Armé algo lindo, aunque no se vea. Una rutina que no me rompe. Un domingo sin dramas. Un lunes con objetivos. Y una paz tan fuerte como sagrada. Justo cuando el silencio empezaba a sonar a hogar… apareciste. Con una sonrisa que no pidió permiso y moviste las paredes de mi calma con tu “hola” que suena a terremoto, con tus preguntas que vuelven a encender la esperanza de que alguien me esta viendo de verdad.
Y yo, que ya había guardado el corazón en caja fuerte, empiezo a buscar la llave.
Pero pará.
Si vas a venir, no me des vuelta la vida para después irte. No me corras los muebles de lugar si no pensás quedarte. No me hagas soltar mi soledad si solo viniste a visitarme por un rato.
Porque esto que ves, esto que tengo, me costó construirlo. Y yo no necesito que me salves. Pero si me vas a entrar a mi mundo, que sea para quedarte a habitarlo conmigo.
Yo ya sé estar sola. Y lo disfruto. No era una obligación: era —y es— una decisión.
Desayuno con el sol entrando por la ventana, no con mensajes ajenos. Tengo mis horarios, mis canciones, mis enojos y mi orden. Me hablo sola y me entiendo. Duermo sin promesas, sin abrazos, sin miedos y —sobre todo— sin ansiedad. Sin nadie que me cuestione los fantasmas ni que me nombre en el futuro.
Pero llegaste.
Y el problema de que alguien llegue… es que puede querer quedarse. O no. O peor: puede hacerte querer que se quede.
Y ahí está el riesgo.
Porque yo ya sé cuidar mi mundo. Pero no sé si sé abrirlo sin que se me rompa de nuevo.
Entonces, si vas a quedarte, bancate el incendio.
Porque esto no es tierra virgen, es reconstrucción.
Y tengo cicatrices que no son para una conversación. Tengo preguntas que ya me respondí sola, pero igual me gustaría escuchar tus versiones.
Tengo miedo, sí. Pero no de vos. Miedo de mí… si te vas.
Porque ahora hay cosas que me gustan más cuando las comparto. Mi chocolatada tiene tu voz. Mi noche, tus abrazos y tus mimos. Mi plan, tu caos.
Así que si venís, vení a habitar. No a hacer turismo emocional.
No me prometas un siempre, prométeme tu verdad. O mejor no me prometas nada.
Y si un día sentís que no, decímelo.
Pero decímelo antes de que me acostumbre a tu olor en mi ropa.
Porque una cosa es estar sola porque quiero, y otra muy distinta es tener que volver a estarlo porque vos decidiste irte con todo lo que desordenaste.
Fer
Es increíble cómo, si la mente cree que algo, sientes que es real. Ahí vas tú, creyendo que lo posees, pero en realidad solo posees una idea. Y las ideas… son libres.
-Sheydemiura
Alejandra Pizarnik, Diarios.
En nombre del amor (2016)
Discúlpame la prisa de querer compartir mi vida contigo.
"El amor solo sucede y tú escoges alimentarlo, pero ¿cómo quieres alimentar algo que no te ha sucedido?"
•Sheydemiura
Podríamos mirar el mundo y tener una idea diferente de lo que es, y aun así me sentiría comprendida. No nos ata un hilo, sino la libertad… y aun así, buscaría el camino hacia vos. Podrías no tener la piel tersa y ser de color verde, y no haría falta que me explicaras cuál es la diferencia entre nosotras.
Podrías hablar otro idioma, o no hablar en absoluto, y yo entendería cada silencio. No necesitaría que me nombres, porque el amor no siempre se dice: a veces se intuye, se habita, se disfruta. Podrías no saber quién fuiste ayer, y aun así querría descubrir quién sos hoy, una y otra vez. Porque no te elijo por encajar en el mundo, sino por lo que desacomodás en el mío.
Un desorden que es orden… porque, ¿qué es una idea si no la mirás desde todos los puntos?, ¿qué sería un sentir sin exploración? Podría no mirarte y encontrar dónde estás, porque no necesito mis ojos para verte. Ni tengo necesidad de estar presente, porque habito tu mundo y vos el mío, sin que nos toquemos.
Entonces, ¿qué es la distancia sino una ilusión? Si te pienso y me sentís, si respiro y se mueve el aire donde estás. No hace falta encontrarnos, porque ya nos reconocimos. Somos esos hilos invisibles que no atan, pero sostienen. Ese acuerdo tácito entre dos almas que no necesitan pruebas ni promesas. Podríamos no cruzarnos nunca. Y aun así, algo nuestro seguiría ocurriendo en un mundo donde alguna vez fuimos posibles.
Sheydemiura y Fer