Me duele que le hayas creído algo mio a otro cabron.
La inocente.

祝日 / Permanent Vacation
Alisa U Zemlji Chuda
KIROKAZE

@theartofmadeline
wallacepolsom
RMH
"I'm Dorothy Gale from Kansas"
h

JVL

blake kathryn
🪼
occasionally subtle

⁂

Product Placement
Jules of Nature
he wasn't even looking at me and he found me
taylor price
Three Goblin Art
let's talk about Bridgerton tea, my ask is open
Claire Keane

seen from Malaysia

seen from Türkiye
seen from Belgium

seen from United States
seen from Russia

seen from Germany
seen from Türkiye

seen from Rwanda

seen from United States

seen from Türkiye

seen from United States

seen from Japan

seen from Türkiye

seen from United States

seen from Indonesia
seen from Hungary
seen from United States
seen from Germany

seen from United States

seen from Netherlands
@sobreviviami
Me duele que le hayas creído algo mio a otro cabron.
La inocente.
Seguís siendo la primer persona a la que quiero correr a contarle todo lo bueno que me pasa.
Fer
¿Con vos? Con vos siempre quiero más tiempo, más besos, más amor.
Fer
Jamás me felicitaron tanto como cuando dije que ya no estás más en mí vida.
Fer
Sin rencores, porque seguís entrando a mi blog para encontrarte en mis letras.
Fer
Llevar flores a una tumba porque no tuvimos tiempo de darle un abrazo, un chocolate, dedicar tiempo en vida, no es haber querido. Querer a alguien es darle flores, cuando a gritos te esta pidiendo atención, cuando te llama, cuando te dice que necesita un abrazo, una charla, que existas a su lado, una persona que se quiere suicid4r, no busca que la salven, no quiere ser salvada, quiere ser acompañada en su proceso, tenga el final que tenga. No podes curar o ayudar a quien no quiere tu ayuda por mucho que quieras dársela, pero podes acompañar su proceso, simplemente existiendo a su lado, quizá sólo eso necesita. Una persona suele decir lo que necesita, y sino lo dice pregúntele "¿qué puedo hacer para que te sientas mejor?"
Nadie que quiera m*rir, quiere ser salvado.
Dediquemos tiempo, no hay plata, trabajo, estudios o cosas materiales que valgan la pena, sino tenemos con quien compartirlas.
Fer, Mes de la prevención contra el suicidio, cuidemosnos a tiempo, el destiempo no salva vidas.
A veces no se trata de depresión. Se trata de existir.
Hay días en los que no estás triste, ni en crisis, ni rota. Estás cansada. Cansada de todo lo que no podés soltar, de lo que amás, de lo que sostenés sin que nadie lo note. Porque sí, amar también agota. Ser fuerte también agota. Ser funcional, ni te cuento.
Y no, no es que quieras desaparecer. Es solo que querés apagar el cerebro. Un rato. Un poco. 3 horas. Respirar sin pensar en listas, en turnos, en si tu hijo comió, si tu pareja está bien, si tus viejos necesitan algo, si en el laburo hiciste lo suficiente, si vos sos suficiente.
A veces querés no hablar. Que nadie te pregunte nada. Ni “¿cómo estás?”, porque ni vos sabés. Querés mirar el mar. Que te limpie la mente. Que te arranque las voces, los pendientes, las culpas.
Porque una también se cansa de ser buena, presente, atenta, responsable, productiva, sensible, inteligente. Una también quiere ser nadie. Un alma flotando en paz, aunque sea por media hora.
Y encima te sentís culpable por sentirte así. Porque cómo te vas a cansar de quienes amás, ¿no? Cómo vas a querer silencio si hay vida. Cómo vas a necesitar tiempo a solas si tenés todo lo que siempre pediste.
Y ahí te atragantás. De amor. De rutina. De miedo. De agotamiento acumulado que no explota pero te va comiendo lento.
No querés desaparecer. Querés existir sin exigencias un rato. Querés que no hablen de quienes amás como si fueran cosa suelta. Querés volver a vos, aunque sea un ratito. Y si puede ser frente al mar, mejor.
Fer
Podemos estar en una carpa con piso de tierra, con los pies sucios y los sueños intactos. Podemos estar en un aeropuerto apestando, con la ansiedad latiendo fuerte y el café frío en la mano. Podemos estar en un sillón prestado, con la espalda torcida y la vida desordenada.
Pero si él está, todo se acomoda. Porque hogar no es una dirección. No es un código postal ni una cama de dos plazas con sábanas limpias. Hogar es donde respiro hondo y no me ahogo. Donde no tengo que explicar por qué estoy triste ni traducir mi silencio. Hogar es su mirada que me encuentra incluso cuando me pierdo. Es ese abrazo que no tiene GPS pero siempre sabe llegar. Ese calorcito sin estufa, sin manta, sin chimenea. Ese olor a paz.
Con él, el ruido de fondo desaparece. Lo feo del día se vuelve anécdota. Lo urgente se vuelve ínfimo. La tormenta suena a canción.
A veces estamos lejos de todo, pero yo me siento cerca de mí. Porque él me recuerda quién soy cuando el mundo me confunde.
Me saca el escudo, me suelta la mandíbula, me baja la guardia. Y me deja ser. No la versión más linda. No la más fuerte. Yo, desarmada y sin filtro. Y aun así, elegida.
Ese amor es techo en el viento, fuego en el frío, almohada en la espera. No importa si dormimos en un colectivo o nos sentamos en la vereda. Si estamos juntos, estoy en casa.
Aunque afuera todo tiemble.
Fer
No hace falta un pasaje ni una valija para viajar con vos. Me alcanza con que me mires y digas “¿vamos?” Yo siempre respondo "vamos" sonriendo de que me quieras con vos ahí.
No importa si es París o la carniceria mugrosa de la esquina. Con vos todo es aventura. Todo tiene otra luz. Otra banda sonora. Otra razón.
Porque el verdadero viaje es caminar con vos, aunque sea diez cuadras con el changuito oxidado, aunque estemos peleados por pavadas, aunque no compremos nada.
El amor real no necesita paisajes de fondo. Le sobra con dos cuerpos que se eligen. Con dos risas que se mezclan. Con dos manos que se buscan, incluso cuando una está sosteniendo una bolsa con tomates.
Y sí, a veces te mataría. Pero después me hacés reír. Y ahí entiendo que no me importa dónde estoy, mientras estemos juntos.
Fer
Hay personas que no saben lo que es tener amigos.
No porque sean malas. No porque no lo deseen. Sino porque nadie les enseñó cómo se hace.
Nadie les mostró que un amigo no es sólo alguien con quien te reís, sino alguien con quien además podés llorar sin pedir permiso. Que un amigo no es el que está solo cuando te va bien, sino el que no se corre cuando te va mal. Nadie les dijo que un amigo se construye con tiempo, con presencia, con detalles que no hacen ruido, pero sostienen. Con miradas que entienden antes de que hables. Con silencios que no incomodan.
Hay personas que no saben lo que es pasar horas con alguien sin aburrirse. Que no entienden cómo dos personas pueden ser vistas como una dupla indiscutible. Cómo pueden tener códigos, rituales, formas de hablar, de reírse, de salvarse.
Porque nunca lo vivieron. Porque crecieron en la autosuficiencia, en la competencia, en la desconfianza. Les enseñaron a cuidarse de todos, pero no a cuidarse con alguien.
Y entonces, no saben ser amigos. No porque no quieran. Sino porque no tienen el mapa. Nunca vieron el recorrido. Nunca les mostraron que la amistad también se aprende, se cultiva, se honra.
Y a veces, sin querer, lastiman. Se ausentan. Dudan. No registran. No devuelven. No porque no sientan, sino porque no saben cómo demostrarlo.
Y uno se queda ahí, esperando gestos que no llegan, abrazos que no saben dar, palabras que no supieron incorporar.
Pero no es odio lo que nace. Es tristeza.
Porque entendés que no todo el mundo sabe ser amigo. Y que a veces, por más que pongas todo de vos, la otra persona no tiene con qué responderte. No porque no te quiera. Sino porque no le enseñaron cómo.
Fer
Yo era de las que escribían. De las que preguntaban cómo te fue, de las que te mandaban una canción porque sí, de las que leían tu silencio como “debe estar ocupado” y volvían a hablarte como si nada.
Yo era de las que abrían puertas sin miedo, aunque a veces me las cerraran en la cara. De las que querían que sepas que pensaba en vos, aunque no devolvieras el gesto.
No era necesidad, eran ganas. Genuinas.
Pero un día dejé de escribir. No por enojo, ni por orgullo, ni por querer hacerme la difícil.
Dejé de escribir porque me cansé de hablarle a las paredes, de remar sola las charlas, de ponerle calor a vínculos que no devolvían ni un poco de abrigo.
Dejé de escribir y aprendí a quedarme en el lugar donde sí me buscan, donde el mensaje llega sin tener que mendigarlo, donde no tengo que justificar mis ganas.
Ahora contesto si quiero, si me nace, si estoy aburrida.
No porque no me importes, sino porque ya entendí que el interés también se nota cuando se devuelve.
Fer, ya no insisto
Ibuprofeno emocional
¿Qué onda la gente que responde cada 8 horas como si fuesen un ibuprofeno? Dosis cada tanto, efecto rebote... y después, el silencio.
¿Para qué hablás si no vas a hablar? ¿Para qué arrancás una conversación si la vas a abandonar a mitad de camino, como si no importara?
No somos robots. No somos notificaciones que podés silenciar. Y no, no es ansiedad. No es intensidad. No es que uno “espera demasiado”. Es que vos ofrecés poco. Y ni siquiera eso lo sostenés.
No te estoy pidiendo que me escribas cada cinco minutos. Te estoy preguntando por qué empezás algo que no vas a continuar. ¿Por qué saludás si no querés hablar? ¿Por qué volvés si no pensás quedarte? ¿Por qué tanta gente se volvió fanática de hacer perder el tiempo?
Y no me vengas con que “estás ocupado”. Todos lo estamos. Pero el que quiere, se hace el tiempo. El que no, manda un mensajito cada ocho horas… justo cuando el hilo ya se está por cortar. Para no quedar tan mal. Para mantener tibia la conexión. Para no cerrar del todo, pero tampoco apostar.
Mediocridad afectiva en su máximo esplendor.
Y no es solo cosa de hombres, ¿eh? También lo hacen muchas mujeres. Es una plaga moderna: gente que no quiere perder, pero tampoco sabe ganar. Gente que quiere “mantenerse en contacto”, pero no conectar. Gente que prefiere ser cobarde antes que clara.
Y ya fue. No quiero ibuprofenos. Quiero vínculos con nombre y presencia. Conversaciones con ida y vuelta, no con lag mental. Prefiero una verdad cruda a un “hola, ¿todo bien?” cada 10 horas. O peor: una respuesta como si no hubiesen pasado 10 horas desde la última. Como si nada.
Gracias, pero no. Mi tiempo no es de entrega programada. Mi atención no es para gente a medio cargar. Y mi interés, menos.
Fer
"El tiempo no cura lo que el alma repite"
Un corazón roto… se repara. Con tiempo. Con abrazos amigos. Con terapia, con whisky, con gritos, con llanto, con risas. Con canciones tristes, con nuevas personas, con una que otra recaída y con muchas noches de mierda que después se vuelven anécdota.
Pero ser una mierda de persona… Eso no se te pasa. No se va con el tiempo. Eso lo llevás puesto. Como el olor rancio que dejan los que no se bañan por dentro.
Porque podés haber sido lastimado, engañado, roto. Pero si elegís mentir, manipular, traicionar o usar a otros para calmar tu vacío… Ese es tu reflejo. No tu herida.
Y no hay justificativo emocional que limpie la mugre del alma. No hay pasado que excuse la hijaputez constante. No hay infancia difícil que legitime tu elección de ser mala persona.
Porque todos tenemos cicatrices. Pero no todos usamos las nuestras para abrirle heridas a los demás.
Así que sí: un corazón roto puede sanar. Ser una mierda de persona, en cambio… te acompaña. Te delata. Te aísla. Te deja solo con vos. Y ojalá un día… te duela tanto como hiciste doler.
Fer
Si vas a llegar a mi vida, que no sea solo para desordenarla.
Porque me costó —y no sabés cuánto— aprender a disfrutar de mi soledad. Fueron madrugadas con ruido en la cabeza y silencio absoluto en el celular. Aprendí a cocinar solo para mí, sin imaginar a nadie más sentándose a la mesa. Cerré conversaciones que ya no quería retomar y dejé de esperar los “buenos días”, los “¿comiste?” y los “¿qué hacés?”.
Y entendí que mi soledad no era un castigo. Era fabulosa. Armé algo lindo, aunque no se vea. Una rutina que no me rompe. Un domingo sin dramas. Un lunes con objetivos. Y una paz tan fuerte como sagrada. Justo cuando el silencio empezaba a sonar a hogar… apareciste. Con una sonrisa que no pidió permiso y moviste las paredes de mi calma con tu “hola” que suena a terremoto, con tus preguntas que vuelven a encender la esperanza de que alguien me esta viendo de verdad.
Y yo, que ya había guardado el corazón en caja fuerte, empiezo a buscar la llave.
Pero pará.
Si vas a venir, no me des vuelta la vida para después irte. No me corras los muebles de lugar si no pensás quedarte. No me hagas soltar mi soledad si solo viniste a visitarme por un rato.
Porque esto que ves, esto que tengo, me costó construirlo. Y yo no necesito que me salves. Pero si me vas a entrar a mi mundo, que sea para quedarte a habitarlo conmigo.
Yo ya sé estar sola. Y lo disfruto. No era una obligación: era —y es— una decisión.
Desayuno con el sol entrando por la ventana, no con mensajes ajenos. Tengo mis horarios, mis canciones, mis enojos y mi orden. Me hablo sola y me entiendo. Duermo sin promesas, sin abrazos, sin miedos y —sobre todo— sin ansiedad. Sin nadie que me cuestione los fantasmas ni que me nombre en el futuro.
Pero llegaste.
Y el problema de que alguien llegue… es que puede querer quedarse. O no. O peor: puede hacerte querer que se quede.
Y ahí está el riesgo.
Porque yo ya sé cuidar mi mundo. Pero no sé si sé abrirlo sin que se me rompa de nuevo.
Entonces, si vas a quedarte, bancate el incendio.
Porque esto no es tierra virgen, es reconstrucción.
Y tengo cicatrices que no son para una conversación. Tengo preguntas que ya me respondí sola, pero igual me gustaría escuchar tus versiones.
Tengo miedo, sí. Pero no de vos. Miedo de mí… si te vas.
Porque ahora hay cosas que me gustan más cuando las comparto. Mi chocolatada tiene tu voz. Mi noche, tus abrazos y tus mimos. Mi plan, tu caos.
Así que si venís, vení a habitar. No a hacer turismo emocional.
No me prometas un siempre, prométeme tu verdad. O mejor no me prometas nada.
Y si un día sentís que no, decímelo.
Pero decímelo antes de que me acostumbre a tu olor en mi ropa.
Porque una cosa es estar sola porque quiero, y otra muy distinta es tener que volver a estarlo porque vos decidiste irte con todo lo que desordenaste.
Fer
Hay días en los que ni yo me banco. En los que estoy chinchuda, cerrada, enojada. En los que hablo mal, o no hablo nada. En los que me encierro sin decir por qué. Y él, en vez de tomárselo personal, se queda.
No invade, no presiona, no exige explicaciones. No se ofende por lo que no digo, ni se enoja por lo que no puedo dar. Me deja ser un caos, pero sin soltarme. Me cuida de lejitos, desde la esquina del sillón. Me hace una chocolatada sin decir una palabra. Me tapa si me duermo con el ceño fruncido. Me mira como si aún así —o justo así— valiera la pena quedarse.
Y se queda. Aunque ni yo me quedaría.
Porque el amor de verdad no te ama solo cuando brillás. También te elige cuando no tenés luz.
Fer