"Aguanté"
Irene amaba caminar. Por más que no tuviera un rumbo exacto ni un propósito, daba vueltas en su habitación hasta que se agotara. Los vecinos pasaban y veían su rostro salir por la ventana, observando el mundo que quedaba por recorrer. Imaginando los lugares en los que le gustaría caminar. Pero el mundo le había dejado en claro que fuera no era bienvenida. Si respiraba fuera de su casa no volvería con vida, la última vez que salió regresó llorando con su corazón machucado en manos. Lo abrazó. Desde ese día jamás lo soltó.
Un día su cuerpo se hartó de caminar, a pesar de que ella quería seguir. Sus piernas se rindieron luego de años de caminata dentro de las mismas cuatro paredes. Sus rodillas no se habían detenido en años, su caminar era rutinario. Decidió tomar un descanso; se metió entre las sabanas dejando que el calor de las mantas la abrazara. Cuando estas la sofocaron no lo notó, creyó que solo se aferraban a ella con cariño. Lamentablemente su cuerpo quedó sobre las sabanas que durante años limpió y abrazó.
La primera semana pasó y su cuerpo se mantenía oculto entre la enredadera de tela. Su familia paseaba por la casa sin notar su ausencia. Agradecieron la calma y el silencio; los pasos que solían salir de su habitación de repente dejaron de oírse, el suelo ya no vibraba con vitalidad. En la segunda semana ya el olor era insoportable. Todo el que pasara por su puerta se tapaba la boca con ojos llorosos. Su madre se asqueó tanto que desde el marco de la puerta la retó. Irene había sido criada para ser limpia y ordenada ¿Cómo podía descuidar así su higiene? Entró y limpió toda la habitación, se deshizo del olor con aromatizantes y flores.
La siguiente semana no fue mucha diferencia. Las flores se marchitaron y el polvo se acumuló en las superficies. El aroma a putrefacción regresó junto a las quejas. Los vecinos nunca la extrañaron cuando dejaron de verla por la ventana, pues su madre aseguraba que solo estaba pasando por una etapa de vagancia. “Cosas de la edad”, aseguró. Sorpresa la que se llevó el día que fue a lavar las sabanas. La sangre había teñido las telas blancas de rojo como si fueran un lienzo. Un lienzo en el que Irene con rojo plasmó su obra, un cuadro titulado “aguanté”. Al terminar de tirar de la tela descubrió el cuerpo de su hija.
Intacto, sin ninguna marca más allá de las cicatrices de su lucha. Cicatrices que ella misma talló sobre su piel en un grito desesperado de ayuda que nadie oyó. En lágrimas la tomó entre sus brazos, temblando, gritando por ayuda. Pero ya era demasiado tarde; si bien la descomposición no alcanzó su cuerpo, invadió su corazón hasta hacerlo desaparecer. Los médicos podrán poner en marcha su organismo pero jamás su corazón. Lo único que podrá hacerlo está tras la puerta principal, en sentir el pasto largo rozar sus rodillas. Lastima que ya es demasiado tarde.






















