Hay días para los que uno se prepara. El primer día de clases, la primera comunión, la graduación, el examen final, los días que marcan la frontera de un dígito a otro, la operación que atravesará múltiples capitas de cuerpo. Muchos son de carácter individual, experiencias para las que uno se prepara en soledad.
En mi vida, sin embargo, cada vez me preparo para días colectivos, esos que articulan una emoción compartida, la de una lucha que se ha venido gestando pero que danzará públicamente para manifestar su impulso, sus ganas de seguir viva.
Hace cuatro meses, conocí al colectivo #NiUnRepartidorMenos en un café. Era viernes, hacía calor, no sabía que me esperaba la tarde. Sin duda, lo último que imaginaba era la revolución de mi cabeza pensando en todo lo que podía hacerse frente a la complejidad de un problema que, pese a mi resistencia a lo digital y al mundo de las apps, terminaba por hacerme guiños. Lo primero que me captó no fueron las decenas de historias de compañeros accidentados, la falta de prestaciones sociales, sino la forma y capacidad de resistir para ver más allá del cuadrado en el que las limitantes estructurales los colocan. Pese a todo, luchaban. Pese a todo, estaban ahí un viernes hablando sobre su identidad como repartidores y como ciclistas. Ser repartidor es también un estar en la Ciudad, conocerla y atravesarla como los capitanes de un gran barco que se mueve entre mares de concreto. Lo último que alguien hubiese podido hacer en ese momento era narrarlos como víctimas. No era desde ese lugar jodido de la representación que les quita toda agencia, desde donde su relato se enmarcaba. Más que víctimas eran personas. Les conté lo que hacía y puse sobre la mesa el trabajar juntos para pensar en bola alternativas. Recordé la frase de Juana, no hay casualidades sino Causalidades. Porque compartimos Causa, nos encontramos. Tierra con tierra, agua con agua, aire con aire. Embonamos perfecto.
Tomamos una foto, la primera, con una sonrisota. Me quedé ahí un par de horas más. Le conté todo a mi amigo Rodrigo en lo que sería una de las mejores tardes del 2019 y que cerraba con broche de oro. Al salir del café, en un cartel encontraríamos escrito un “Hakuna” y a una cuadra más “Matata”. En efecto, este tipo de tardes que encuentran la disposición de desconocidos para construir en colectivo encajaba perfecto con la sentencia de Pumba del Rey León: es “una forma de ser”.
Hablé con mi equipo/bola de Nosotrxs desde el día #1. <<¡¡¡Los tienen que conoceeeeer!!!>> Con toda la emoción desparramada como buena intensa que soy, estaba convencida que teníamos que trabajar en colectivo con la absoluta seriedad del mantra que lleva mi organización: en bola organizada. Se abrió la oportunidad. Llevamos a cabo nuestra primera reunión que terminó por convertirse en una segunda reunión, luego una tercera hasta vernos todos los miércoles 2 horas, mientras compartíamos café, galletas, pan, sacábamos pizarrón, plumones, ideas hasta un magnífico pollo rostizado. Empecé a conocer mejor a los integrantes: Saúl, Luis, Mau. No fue difícil. Pese a las cadenas, los cascos, las mochilas y todo el ropaje, de inmediato pudimos decirnos las cosas sin tapujo, hasta el micro-bullying que, como Samuel me dijo el otro día, demuestra que ya somos amigos y cada vez crecemos como familia porque nos cuidamos.
El 27 de noviembre era la fecha de nuestra primera acción colectiva. Un año antes había muerto José Manuel Matías, al ser atropellado por un tráiler en una esquina de nuestra ciudad-monstruo mientras entregaba un pedido. A raíz de esa muerte, surgió #NiUnRepartidorMenos y con ello las iniciativas tan fregonas, humanas y creativas con las que sellan cada una de sus actividades: un mapa de riesgos para alertar a otros repartidores de zonas rojas, los baches, la falta de alumbrado, los puntos de fraudes. Un rayado de mochilas para que, en caso de accidente, mediante un número aparezca un rostro, una historia, una familia a quien contactar para no caer nunca más en el anonimato. Una bitácora de acoso para proteger a las compañeras que exponen doblemente su cuerpo, en las calles entre miles de automóviles que no respetan las señales y en las entradas de los recintos donde recogen o entregan un pedido.
Prepararíamos una rodada por sus derechos para colocar la bici blanca de José Manuel junto con su mochila blanca en lo alto del poste de la esquina de Eje 5 y Periférico. A la 1pm nos veríamos en la oficina la pandilla. Estábamos preparados porque hacer lo correcto y saber que no hay de otra, le da a uno la confianza de que las cosas saldrán bien. Salimos con bicis, cámaras, pines, playeras y estampitas. En lo personal era una experiencia doblemente chingona por poder darle un nuevo significado a mi bici y por recorrer las calles de nuevo sobre ella, pero sintiéndome protegida.
Cuando llegas a un punto cargado de tanta historia como Reforma, frente al Ángel, no hay forma de que el cuerpo no se movilice para jalar a más banda a empatizar con las Causas que no son abstractas sino tan concretas como el peso de una mochila, la historia del señor de sesenta y pico que apenas aprendió a andar en bici para repartir y tener mejores ingresos, las heridas en las piernas, etc. En ese punto, comenzó a operar lo que intentamos encuadrar en metodologías pero que ciertamente las desbordan. En un ejercicio serio de empatía, las relaciones uno a uno para invitar a sumarse, nacen por sí solas. Lo mismo que la organización, ésta comienza a activarse por el único principio de reciprocidad. No digo que detrás no hubiera método y una planeación, pero ésta siempre queda cortita frente al querer rodar juntos por algo más grande. Yo hasta megáfono utilicé, quitada de la pena de hacer el oso porque parecía más vendedora de seguros que activista.
La tarde bajó y la señal para emprender la rodada comenzó. Entre cartelitos de #EnTuPedidoVaMiVida, rodeados de policías de tránsito que nos escoltaron, comenzó el trayecto. La Ciudad a esa hora y en bici se escucha de otra forma. La gente saliendo de sus lugares de trabajo, cansados y medio engarrotados, los coches amontonándose y empezando a aullar con sus claxoncitos. Nosotros por el contrario fluíamos. Tuvimos la suerte de un atardecer sumamente estético, donde el naranja era tan naranja que combinaba con las mochilas de muchos de nuestros compañeros. Gritamos todo el trayecto, paramos a tomar aire y voltear a nuestro alrededor. Platiqué con Mau de su otro trabajo, como vendedor de Oxxo y también de sus proyecciones pal futuro: ser abogado. Después de casi una hora, llegamos todos a la esquina. Cerramos ese pedacito de curva, el punto crítico donde se perdió una vida y lo que nos llevaba ese día a estar ahí. Subir la bici fue toda una maniobra, digna de malabaristas y temerarios. Yo estaba absorta en mi celular preparando unas palabras. Luego me di cuenta que no serían suficientes y que lo que ahí necesitábamos era sobre todo silencio. Quizá mi momento de cobrar conciencia de la importancia de todo fue a través del sonido porque a través de un celular salían las canciones que a José Manuel le gustaban y dio con una que me ha acompañado últimamente en momentos especiales. Ahí me quebró por dentro su pérdida y ahí la bici blanca dejó de ser objeto para convertirse en presencia. Las palabras de Saúl fueron las más precisas para hacerle homenaje. La precisión que sale cuando el corazón habla. Ese día creo que nadie regresó al mismo lugar igual porque son experiencias que transforman. Agradecí de corazón el poder de juntarnos entre quienes hace meses éramos desconocidos para tejer otro tipo de historias, las que buscan otro tipo de libertad.