La habitación había quedado vacía, me encontraba parada y a medida que entendía lo sucedido mi cuerpo se tendía sobre el piso. No quedaba nada, sólo mi pena a cuestas y sin movimiento, en pánico, en calma, en coma.
Me detuve a observar, me estaba partiendo y el dolor me otorgaba la visión que los recuerdos me habían dejado. Veía por las ventanas de mi cuerpo un desorden casi irremediable. Había fotografías tuyas tiradas por todas partes, haciendo alusión a la ausencia de todo. Gotas; gotas esperando salir, evaporando y pintando los cristales sin saber que no lo lograrían, la ventana nunca se volvió a abrir. Había viejas conversaciones volando por doquier. Mis horas de preparatoria y uno que otro proyecto que me ayudaste a completar. Un puñado de hojas secas, en las cuales escribí tu nombre por pleno gusto y que al intentar borrar, se multiplicaron increíblemente por las paredes. Había al fondo algunas letras de canciones que jamás te canté, bañadas de inseguridad por fallar en el intento de atraparte con el primer verso. Mi ansiedad se sentía en el aire. Y justo en el rincón donde me encontré a mi misma esa noche de abril, estaba la luz parpadeante del celular, reflejando la delgada sombra de mi mano sobre la pared limpia, pura de ti, de mí, de nosotros. En alguna otra parte había tiempo, todo el que guardé para ti, ya entorpecido por la espera y afligido por la distancia. Y en una cajita muy pequeña estaban tus mensajes, tus llamadas, tus horas.
No quedaba nada más, el eco de tu voz transitaba de esquina a esquina y me volvía loca tratando de encontrarte bajo algún pedazo de papel, detrás de alguna de mis tantas decepciones. La cortina era larga, roja y pesada. Escurría miedo, miedo por fallar miedo por un día no encontrarte bajo la almohada, donde te escondía cada noche después de colgar y te encontraba cada mañana antes de salir de casa. Sabía que un día al despertar no estarías ahí al levantar la almohada. Sabía que tomarlas camino, cansado de esperar a que el tiempo nos cumpliera sus promesas. Esa tarde la entrar a la habitación te busqué entre el desorden de ti, lancé sábanas con la mirada, observé cada rincón, cada foto, cada carta, cada papel, cada beso incumplido, cada hora adherida al cristal, cada sombra y todos esos pedazos de tristeza en el suelo; comencé a sollozar mientras rendida me entregaba a la vida. Horas después, recargada en la ventana me detuve a observar todo por doceava vez…
La habitación había quedado vacía. Me encontraba parada y a medida que entendía lo sucedido mi cuerpo se tendía sobre el piso.
No quedaba nada, sólo mi pena a cuestas y sin movimiento. En pánico, en calma, en coma.