La reducción de espacio entre los dos es el detonante de respiración en ascenso, pesadez que parece oprimir sus pulmones cuando se percata de lo que ha hecho, cuando la idea de retractarse se presenta en vano, muy tarde. Una vez más, como de costumbre, su voluntad vuelve a derrumbarse, por más que intenta aferrarse con uñas y dientes a su orgullo, no lo consigue. Han bastado unos cuantos tragos para darse a sí mismo el gusto de tenerle cerca aun cuando tanto repela su presencia, conflicto provocado entre una dignidad herida y un magullado corazón. Persiste la advertencia, el recordatorio de correr el riesgo de encontrarse a sí mismo lanzándose nuevamente hacia el vacío, pero es más fuerte el magnetismo que le atrae, esa fuerza que le hace permanecer inmóvil, quieto, mientras la joven fémina cumple con lo pedido. No dice nada, observa detenidamente, se pierde un instante en las facciones que puede ahora presenciar de tan cerca y en un santiamén los recuerdos se ven desempolvados, sumergen a la superficie para despertar en su pecho una fuerte melancolía. El tacto le quema y alivia al mismo tiempo; se ve arrullado, persuadido por las mismas manos que se encargaron de desgarrar su corazón años atrás. Entonces llega una risa amarga a sus labios, se desprende de los mismos vestida de soplido y deja atrás el atisbo de una sardónica sonrisa. “Tú no cambias, ¿huh?” Frankie niega con la cabeza, manifiesta su desaprobación, mas no se mueve. No sabe si es por masoquismo puro o si es porque el alcohol en sus venas le hace creerse capaz de sobrellevar la situación, pero se mantiene en su lugar, se mantiene cerca. “No me digas que me echaste de menos,” se mofa, sorna que busca provocar, ciega esperanza que se camufla debajo de una burla.
Perfume ingresa lentamente por sentidos, impregna totalmente, un despertador inmediato de recuerdos que se creen totalmente enterrados en frondosas cavernas, en su catastrófico amanecer retuercen interior anatómico, intrínseco crece junto a las memorias el deseo de romper toda barrera impuesta por factores de sentido y precaución. No puede enmendar errores cometidos, de ser así cada pecado y crimen serían desterrados, aquellos precisamente en aquel momento no se encuentran presentes, todo lo que no dice con su boca queda plasmado en sus pupilas, llamado de cercanía implícito y deseo de probar los límites, degustar esencia que en algún momento era de narcótica necesidad, predilecta, asaltante de fantasías y coherencia, constructor de lo etéreo en sensores corporales. “No con algunas cosas...” se le cincela una lenta sonrisa, bien sabe que pueden llegar las fatales consecuencias, los corrosivos desenlaces predecibles en el choque lento, planeado por el egoísmo de quien acecha la posibilidad de caer en un infierno conocido de memoria. La interrogante pasa envuelta en lo que jura son los aires de amargo sentido del humor masculino, le provoca un peculiar calor en el pecho, el burbujeo de una respuesta positiva que delata fibras de vulnerabilidad y sensibilidad ante las infinidades oscuras que iluminan velada. “Lo hice” la punta de la delineada nariz en caricia de dibujo de acuarela, un suave roce contra barbilla, cercano a la delineada boca que en aquel momento es núcleo de atención y síntoma de perdición. No miente, de hacerlo mentiría al revés: negaría que el rostro forjado y de canela nunca apareció en la retina cual fantasma, diría que jamás lo encontró en pesadillas donde la culpa carcome un agitado amanecer, el arte de la mentira diría que de ninguna manera pequeños detalles lograban en ella un carrusel de imágenes compartidas en la tranquilidad de la burbuja personal durante adolescencia. “¿Tú me extrañaste?” puede devolver el golpe, batalla porque es él quien ha declarado la tonta idea de hundirse en aquel peligroso mar que siempre termina ahogando. Y es una maldición o un rescate, difícil distinguir los sucesos que interrumpen la curiosidad gatuna, la vorágine de una guerra que nunca desea perder. “Te salvaste” pero no son muchas las distancias que su pequeño cuerpo puede dar, las mínimas con tal de entender la inesperada caricia de la penumbra sobre ellos.