Acomodándolo detrás de la oreja (pero sólo durante un instante, porque al moverse para acomodar los hombros sobre la almohada vuelve éste a su lugar anterior), aparta de la frente uno de los tantos rizos castaños y perpetuamente inquietos. Desde hace ya un rato se alza entre los dos un delicado silencio. Lejos de ser por algo en particular, cree que la falta de palabras se debe a que en el último par de horas han logrado decirse todo lo que querían, lo que permanecía encerrado en el pecho, pero se les impedía mencionar de forma certera. Y todo sin necesidad de pronunciar una sola palabra. Porque, si lo piensa bien, nunca hay forma de manifestar y hacer tangible el aleteo de esas pequeñísimas mariposas en el vientre, o lo radiante que parece todo cuando lo mira y trata de guardarse, pedacito a pedacito, los detalles de su rostro: cómo su pelo se riza en ciertos lugares, los ojos que se achican con la sonrisa, el movimiento, como olas, de las manos pálidas. O, si la hay, no se percibe suficiente. Porque uno puede decir “te quiero” y las palabras están ahí, y se sabe lo que significan, pero tampoco gritan “te quiero y me gusta preparar café por la mañana y despertarte con un beso. Te quiero y me fascina cuando te pierdes en los sonidos que puedes arrancarle a las seis cuerdas de una guitarra y que te elevan, te hacen parte de algo tan esencial y tan incorpóreo. Te quiero y nunca duermo con tanta paz como cuando lo hago contigo al lado, o nunca llegué a sentir tanto amor al cruzar miradas con alguien. Te quiero y tengo tu nombre tatuado en la piel, en el alma, en todos los recuerdos que nos unen. Te quiero y no creerías cómo sonrío al ver tu nombre en la pantalla del celular, al oírte decir mi nombre”. Nunca es así, la expresión no encuentra su máxima plenitud y el lenguaje jamás contempla todo eso tan pequeño pero tan fundamental. Las acciones quizás sí. El sonreírle, el tomarlo de la mano y el darle un beso que es una milésima de segundo más duradero cuando se despiden y sabe que la semana entrante no van a poder verse por tal o cual cosa (y al final se mienten, porque terminan haciéndose un lugarcito para el otro entre el ajetreo y el correr de un lado para el otro, entre lo asfixiante que puede resultar la vida). Y, en el desenlace de estos últimos doce años tan eternos al mirar para atrás, hoy, esta noche, con la ventana abierta y la brisa cálida, el perfume de las sábanas y el calor de su cuerpo, el hacer el amor. Dedicarle un rato a deshacerse en las manos del otro, a tocarse y besarse de una manera muchísimo más íntima, únicamente de ellos dos. Podrá ser carnal para algunos, un acto que podría realizar cualquiera, con miles de otros rostros desconocidos, pero que con él es de un valor intangible. Así lo observa, tratando de discernir si debería intentar llenar ese silencio o permanecer así. Y al final sonríe. Arrastrando las sábanas entremedio, se mueve hasta quedar a su altura. Enreda en el interín una de las piernas entre las ajenas y se recuesta (sin permitir, sin embargo, que descanse sobre él todo su peso) con el pecho contra el suyo. De esa manera lo puede sentir respirar -se imagina por un momento percibir la calidez de su aliento sobre la piel si llega a hablarle- y él se dará cuenta de cómo la tensión del cuerpo se reduce cuando Evan se inclina hacia adelante para besarlo. La boca encuentra la suya con una suavidad fuera de toda medida, y eventualmente se traslada hacia otros lugares: con la misma dulzura en el gesto, besa el mentón, las comisuras de los labios y las mejillas, siempre deteniéndose hasta estar satisfecho. Una vez que la cadena de besos se interrumpe sólo se dedica a mirarlo, disfrutando lo tibio de la cercanía. A la mano la estira con sumo cuidado y los dedos trazan un camino desde la sien derecha a través del pelo, removiendo los mechones castaños a su paso. Ojalá sea consciente, o sea capaz en algún momento darse cuenta, de la inmensidad del amor que siente por él. De cómo podría quedarse aquí toda la noche, el resto de las noches, si así se lo pidiera. Piensa que lo ama, pero no querría repetirlo por miedo de... ¿de qué, de qué a esta altura? Le lleva las manos a las mejillas un segundo, resurgiendo la sonrisa entonces— El vino sigue afuera, en el balcón, ¿sabes? —dice, y ahí acaricia el pómulo, apenas un roce— Y aunque me esté matando, no pienso moverme de aquí para ir a rescatarlo. Es todo un dilema.








