Suena una canción de Nirvana con la que no han parado en un mes y de la que, de haberle prestado debida atención, a esta altura debería saber la lírica de principio a fin. Evan está cansado (lo mismo de siempre, el trabajo y correr de un día para el otro, esperar el transporte público y desistir, con un bufido, cuando tarda demasiado, órdenes, mandados, filas eternas, papeles...) pero sueño no, sueño no tiene. La cerveza, ésta y las dos que antes parecieron deshacérsele entre los dedos, lo distendieron de la tensión de la jornada con infinita gracia. Ahora no queda más que disfrutar de la música tanto como sea posible y de tanto en tanto dedicarle alguna mirada significativa a Vincent que, como ya ha sucedido antes, esta noche le hace compañía. Jugueteando con el atado de Marlboro que un rato atrás depositó sobre la superficie de la barra, humedece los labios con la lengua. No quisiera confesar que está acostumbrándose, pero está más que seguro de que si por tal o cual razón fuese inevitable tener que dejar de verlo, se vería presa de algún que otro sentimiento incómodo. Se lleva una mano al pelo, apartándoselo de la frente, y percibe los mechones castaños algo húmedos cerca de la raíz. Obvia consecuencia de la calidez que reinó en el ambiente durante todo el día (dieciocho grados y el cielo despejado desde la mañana: incluso para la época del año, fue toda una hazaña para Seattle. Si bien ahora la temperatura es relativamente baja, tanto ésta como el aire fresco de la noche fallan al intentar meterse dentro del bar), el amontonamiento de gente, el suéter azul que cuelga, lánguido, sobre el hombro izquierdo— ¿Qué vas a hacer, al final? —pregunta, apurando un cigarrillo fuera de la cajetilla. Arrepintiéndose a último momento de volver a dejarla en su mismo sitio, a ésta última la guarda en el bolsillo trasero del pantalón (trata primero de meterla en el izquierdo mas la billetera se lo impide y acaba dejándola en el contrario, junto a las llaves del departamento)— ¿Vuelves a tu casa? —un instante después de llevárselo a los labios, está encendido. La primera calada es larga, una bocanada de humo pálido que pide escaparse de entre los labios y Evan evita por poco. Desde su lado del ínfimo trecho que los separa uno del otro, la mirada se encuentra con los bordes de su figura. El ambiente está suficientemente oscuro como para ser incapaz de definir sus rasgos por completo, pero se repiten en la memoria, exhibiéndose como un filme mudo delante de los ojos, todos los detalles que le encantan de él. Guarda un momento de silencio. Le gustaría poder estirar la mano y tocarle la boca, es lo único que pensar con claridad ahora mismo. Le gustaría, pero no lo va a hacer ni a expresarlo en voz alta; alrededor hay demasiada gente y tampoco tiene ninguna certeza de ir a ser bien recibido. Con el ceño fruncido, echa un vistazo alrededor: a la excusa que precisaba la encuentra poco más allá. Para acercarse el cenicero (que le había resultado absolutamente innecesario hasta el momento y es eso, más que nada, lo que pone en evidencia lo patético de la excusa) se reclina en él un momento, la mano libre contra el antebrazo ajeno— Si quieres te puedes quedar conmigo, ya lo sabes —desanda el camino previo, el ínfimo paso atrás que se obliga a dar. A la sonrisa trata de no dejarla escapar y, como para evitarlo un instante, fija la mirada sobre la lumbre y las cenizas que caen sobre el cenizal darle un golpecito al cigarrillo.










