WEEK 02. ORPHAN ROL.
JOOHYUK AND ROSEANNE.
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Uno, dos, tres cabeceos hasta golpearse el mentón con el pecho.
Desde que la señorita Sprout había decidido jubilarse, para Joohyuk, la clase de herbología se empezó a tornar desagradable, no por el temario, porque a decir verdad era algo que le apasionaba, pero el Sr. Neville Longbottom, por muy gracioso que fuese físicamente con su par de dientes alargados y su nariz respingada, el matiz de su voz se asemejaba a escuchar una canción de cuna.
Ejerciendo un resoplido, el joven trató de despertar, optó también por estirar un poco lo hombros y tomar rápidamente su pluma para empezar a dibujar en donde se suponía que debían estar los apuntes de la clase, miró entonces la fecha, era el día del baile, no faltaría mucho y aún no había rastros de su acompañante; el hecho no le impactó mucho, ya que después de salir del aula podría irse tranquilamente a la cama, levantarse temprano y sin ojeras, todo con la intención de escuchar las anécdotas de los demás en la noche tan esperada.
A lo lejos, el rasgar de una hoja le sacó de sus pensamientos, seguramente una de sus compañeras había errado en sus notas, la gente de Hogwarts solía ser tan perfeccionista que en ocasiones le frustraba ver como malgastaban papel y tinta. Para suerte del medio ambiente, solía hacer origami con aquellas hojas repudiadas y coleccionar figuritas en una caja de bombones, no era algo de lo que se avergonzaba, por el contrario, le gustaba mucho presumir la inusual actividad.
En medio de aquella lluvia de pensamientos que el sueño le provocaba sintió un pequeño golpetear en su cabeza, sin muchos ánimos se giró apenas para ver de reojo el paradero del objeto: una bolita de papel yacía en el suelo. Con recelo miró hacia los lados y optó sin más por abrirla:
< Si abres esto tienes que ir conmigo al baile de esta noche. Aunque no pasa nada si no quieres. -Rosé.>
El mensaje que daba era bastante directo, no hacía falta un vociferador, aquella sencilla bolita de papel hacía su trabajo. Sin embargo (y en medio de un pequeño nerviosismo) dudó, ¿realmente él era el destinatario? Dibujando entonces una sonrisa impregnada de ansiedad se giró hacía la remitente, la pelirroja alta que hacía acto de presencia unos cuantos puestos atrás. Al mirarle, entendió que la joven esperaba una respuesta, esta vez ensanchó su sonrisa ya más relajada y asintió un par de veces, esperaba que el pequeño acto fuese suficiente para su acompañante, y quizás lo fue, pero no para él.
Sigilosamente trató de alisar el papel y en tinta negra escribió su respuesta, para después, considerando tapar el mensaje, doblar técnicamente los bordes hasta formar una especie de zapatilla, una zapatilla arrugada, bien, una zapatilla vieja y arrugada que albergaba un:
“Lo abrí, ya no tengo opción. Broma, claro que me gustaría.”;
hizo recorrer el pequeño zapatito por mano de sus compañeros como si del kínder se tratase. Una vez se aseguró que la pelirroja ya lo portaba, dio la vuelta, esta vez dispuesto a estar atento a los últimos minutos de clase.












