Hombre lobo
Ella está vestida de ira.
Que lindo es ser un hombre lobo disfrazado de hombre.
Las lunas llenas vienen en forma de dolor.
Transformándome en un monstruo.
Le aullaste a la luna, ¿no?
¿Quizás le prometiste una estrella o dos?
Ella me persigue con el arco de Orión, caminando detrás de una nube sombría.
Mi acechadora celestial cabalgando bajo, cautelosamente envuelta en un velo brumoso.
Ella susurra fuerte y sin embargo, suave como la brisa en una tarde de abril.
Entonces, he escuchado tus aullidos.
Tus penas, tus heridas, tus ganas de ser más.
Así que permíteme darte un bocado de pasión, lujuria y descontrol.
Verás que si pruebas, ya no habrá porque temer.
Sigue adelante, mi beta.
Lo has hecho tan bien que volveremos a dormir pronto.
Que para cerrar el círculo de está maldición, debes dejar ir toda pena, toda tristeza, toda pureza.
Que hay tantos sueños aún por sembrar... para cosechar esos aullidos lupinos una vez más.
Porque está maldición se basa en liberar a la persona que debes de ser.
Quién rompa corazones, quien no sienta remordimiento, ha quien quieran ponerle una bala de plata en el pecho por no tener miedo al pecado… por no tener miedo a vivir.
Ella crece y algo en nosotros mengua, ella nos desconcierta con la locura y luego nos tranquiliza.
Serenidad a la locura, delirante depravación a la majestad mágica de la luna.
Un ciclo de relojería cósmica que confunde mentes su gravedad lunar.
Ella nos empuja a la justa malicia y nos atrae al consuelo del solsticio.
Ella domina las mareas en su capricho, ¿qué esperanza tenemos cuando estamos hambrientos?
¿Es el hombre el que se convierte en monstruo o el monstruo el que se convierte en hombre?














