Anécdotas de melancolía | Autoconclusivo
Gael Villalobos / 2015, a dos días de su primera transformación en lobo
Desde que quitó una vida, todo en su mente estaba mal.
Gael no había dejado de pensar en la pérdida que resentía ahora, de recuerdos que ni siquiera sabía que había olvidado. Los vampiros habían manipulado cada minúsculo detalle de su vida, desde su forma de pensar, vestir, hablar, y hasta la actitud que tendría ante cualquier salvador que pudiera aparecerse en su vida.
A Rodrigo le había rechazado así. Frente a él se transformó en una bestia iracunda sin deseo de ser ayudado. Delante de Malcolm mostró una incredulidad que, de no haber tenido, le habría permitido enfrentar una vida más tranquila, en protección de manos del único ser de la noche a quien se lo consentiría.
Era un auténtico milagro que con Leonard las cosas hubiesen sido diferentes. Por el sifón, accedió superar obstáculos físicos y mentales en la búsqueda improbable de una libertad más allá de prisión.
Pero había matado a ese guardia de seguridad. No importaba si era un bastet o no. No importaba si les estaba impidiendo ser exitosos en su plan. La mente renacida del mexicano apreciaba la ironía de haberse liberado de los amarres de la compulsión justo al mismo tiempo en que se volvía un asesino.
No había manera de endulzarlo. Posiblemente tendría excusas para las víctimas engañadas por él en el pasado, justificado por las órdenes vampíricas que debía llevar a cabo sin rechistar. Pero forcejear contra el guardia había sido solo decisión suya. Empujar y no ceder había sido su culpa. Matarlo había sido por él.
Gaelito, ¿quiénes son tus dueños?
La pregunta resonó en su cabeza en un eco molesto. La voz de uno de los vampiros del cartel era aterradora pues estaba ahí, entre las memorias de la carrera universitaria que le habían quitado, de la familia que le habían arrebatado y asesinado, de la inocencia que le habían corrompido, del rumbo en su vida que le habían modificado.
El baile, el coqueteo, las indirectas, la inferioridad, la falta de autoestima, la sensación de nunca ser suficiente, producto todo de una influencia sobrenatural que le había tenido prisionero por más de veinte años.
Veinte largos años de creer que los vampiros eran la raza superior. De pensarles dioses, dueños y capataces de todo lo que importaba en la sociedad. De ceder ante ellos terreno y dignidad, ofreciendo su cuello, su sangre, su cuerpo en su totalidad, y sus noches y su privacidad, y cada parte de un joven incapaz de tomar una decisión por su cuenta.
Gael respiró, sus fosas nasales abriéndose y expandiéndose con cada bocanada brusca que tomaba de aire. Se aferró al relicario en sus manos en el motel en que había encontrado refugio junto a Leonard, y si terminó de destrozarlo no fue por gusto, sino por no ser siquiera consciente de la desesperación que le embargaba.
Anhelaba la muerte de todos ellos, de las criaturas que le habían quitado y transformado todo, y que rondaban por el mundo como justicieras y propietarias. Los vampiros eran una plaga que había llegado hasta el rancho de la familia Villalobos. Su padre no había triunfado en deshacerse de ellos a tiempo. Su madre tuvo las mismas pocas opciones que él. Y Gael, de apenas unos cuantos años de vida cuando los conoció, no habría podido hacer nada para evitarlo.
El horror de sus masacres, de las consecuencias de sus actos directa e indirectamente sobre su vida, palpitaba en sus sienes. Provocó dolor y pena, pues no era solo odiarlos a ellos, sino también a sus enemigos naturales: los licántropos.
Era uno de ellos, y había tenido semanas para asumirlo, pero eso no lo hacía más fácil. Pronto, demasiado pronto, se transformaría por primera vez. Sus huesos se romperían, su postura cambiaría, su humanidad se perdería.
¿Y si le hacía daño a Leonard? ¿Y si se soltaba y salía y peligraba la vida de otros? ¿Y si había pasado de ser propiedad de los vampiros, para volverse propiedad de la luna?
Pataleó y golpeó con sus nudillos el suelo del rincón en que se encontraba. Tapó su rostro y lloró aprovechando estar solo. Se rompió por el miedo, el pavor de no ser nunca libre, de ser un monstruo, de haber perdido años de su vida, de no saber qué hacer, decir, pensar, vestir o… cómo vivir.
¿Cómo se vivía después de eso? ¿Cómo sobreviviría junto a Leonard, mientras huían de la policía y enfrentaban ambos sus condiciones sobrenaturales? ¿Cómo se detendría la congoja en su pecho?
Si dejó de llorar, fue porque a los minutos llegó el que inevitablemente se volvería su mejor amigo. Quien le había sacado de la cárcel. Quien le había apoyado. Quien le había recordado por meses que merecía salvación, que merecía calma, que merecía amor, que merecía vivir.
Los sollozos se detuvieron con el abrazo que le dio el sifón, pues Gael ya había comprendido para entonces que no era de cobardes apoyarse en otros, sino todo lo contrario.
Quizás, y solo quizás, podría con el resto de su vida si Leonard seguía ahí. Y quizás, debido a eso, lograría detallar exactamente quién era Gael Villalobos, para reencontrarse y readaptarse a su identidad.
Una que le habían quitado los vampiros, pero que había recuperado, y con ello todo el deseo de venganza aplacado por décadas.
Las criaturas de la noche no sabían lo que les deparaba, pero Gael se encargaría de mostrárselo a cada uno de los que le habían hecho sufrir.
Era una venganza por la que estaba dispuesto a morir.