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Fui kamikaze al estrellarme en tu boca explotando de amor.
Camus Lionti
Una iglesia ortodoxa delante del incendio de una refinería atacada por los rusos en un bombardeo cerca de Odesa.
3 de Abril de 2022. Una foto de Nacho Doce.
(...) Aquellas noches del pavor sin luces, apelmazadas de odios y de ruinas, yo te esperaba. Me llegaste a veces. Del último bisel de la tragedia, del borde mismo de la hirviente sima venías hasta mí. Me contemplabas con unos ojos llenos de agua sucia donde asomaban rostros de cadáveres. Ojos que procuraban ser risueños y mansos al pasar por mi figura y acariciar con luces de esperanza la curva de mi vientre. ¡Con qué exaltada fuerza, con qué prisa, con qué vibrar de nervios y raíces nos quisimos entonces!
Bombardeo | Ángela Figuera Aymerich
A ciegas
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Habíamos llegado a Kōfu a principios de abril cuando todavía hacía frío y los cerezos —mucho más tardíos que los de Tokio— estaban empezando a florecer. Permanecimos allá durante mayo y junio, cuando comenzaba a dejarse sentir el calor propio de la cuenca de Kōfu. Las hojas verde vivo de los granados parecían charoladas bajo el fuerte sol y pronto empezaron a reventar las brillantes flores rojas; en los emparrados las uvitas verdes engrosaban cada día, formando racimos alongados que colgaban ponderosos. Y fue justo por entonces cuando se levantó el revuelo en Kōfu. Toda la ciudad era un hervidero de rumores; se decía que los bombardeos iban a dirigirse a las ciudades medianas y pequeñas, y que Kōfu también ardería. Todo el mundo empezó a prepararse para huir, cargando sus enseres en carretas y tirando de sus familias sierra adentro. Se escuchaban sin cesar pasos y traqueteo de ruedas, incluso en noche alta. Yo siempre había estado convencido de que Kōfu también acabaría cayendo, pero cargar todas nuestras pertenencias en un carro y echarme al monte con mi mujer y mis hijos a mendigar un techo a extraños, cuando apenas había podido disfrutar del alivio de dormir sin equipamiento antiaéreo... era pedir demasiado.
Pensé que debíamos quedarnos donde estábamos. Si empezaban a caer bombas incendiarias, mi mujer podía correr a los campos aledaños a la ciudad con mi cuñada, llevando al bebé a la espalda y teniendo de la mano a la nena de cinco años, y yo me quedaría guardando la casa, luchando contra el fuego como mejor pudiera. Si ardía en cenizas, pues qué se le iba a hacer; entre todos levantaríamos un tinglado en las ruinas y mantendríamos la posición.
Tal fue el plan que propuse y todos estuvieron de acuerdo. Cavamos un pozo para enterrar comida, menaje, paraguas, zapatos, útiles de aseo, un espejo, agujas e hilo; en fin, lo mínimo necesario para no quedarnos sin nada en caso de que la casa se perdiera.
—Mete éstos también —mi hijita de cinco años me tendió un par de zuecos de correas rojas.
—Muy bien. Allá van —dije tomando los zuecos y encajándolos en un hueco del hoyo. Casi sentí por un instante que enterraba a alguien.
—Por lo menos estamos todos juntos —dijo mi cuñada. Quizá estuviera experimentando ese leve albor de felicidad que dicen que se siente al borde de la aniquilación. Efectivamente, no pasaron ni cinco días y la casa salió ardiendo. Más de un mes antes de lo que yo esperaba.
Los niños llevaban como diez días yendo al médico por una afección de los ojos, concretamente conjuntivitis epidémica. El niño no estaba tan mal, pero la niña se iba poniendo cada vez peor. Al cabo de una semana, dos o tres días antes del bombardeo, no podía abrir los ojos. Tenía los párpados tan hinchados que estaba desfigurada y cuando se le separaban los párpados a la fuerza se veía un destrozo enconado y purulento parecido al ojo de un pez muerto. Pensando que quizás no fuera simple conjuntivitis sino alguna otra infección virulenta que podía haber causado ya un daño irreparable, la llevé a otro médico que volvió a diagnosticar lo mismo. Todavía tardaría en remitir, nos dijo, pero acabaría curando. Pero los médicos se equivocan con frecuencia. De hecho se equivocan más que aciertan. Nunca he sido de los que tiene confianza ciega en los médicos.
Mi esperanza era que pronto volviera a ver. Por mucho que bebía, no lograba embriagarme. Una noche incluso vomité volviendo a casa de un lugar donde había estado pimplando y no exagero si les digo que allí acuclillado en la cuneta junté las manos rogando que mi hija hubiera abierto los ojos cuando llegara a casa. Al entrar la escuché cantando inocentemente. «Gracias a Dios», pensé entrando lanzado, para encontrármela allí sola de pie en medio de la habitación en penumbra, con la cabeza gacha, cantando para sí.
Verla se me hacía insufrible. Mi hija se había quedado ciega porque yo era un borracho y un muerto de hambre. Si hubiera llevado la vida de un ciudadano de orden nunca habría ocurrido aquella desgracia. Los pecados de los padres recaen en los hijos. Era un castigo divino. Llegué hasta a prometerme que si los ojos de mi hija no se abrían renunciaría a mis pujos literarios y mi vanidad personal, y me quedaría a su lado.
«¿Dónde tienes las manitas, nene? ¿Dónde tienes los piecitos?» Cuando estaba contenta jugaba así con su hermanito, tentándolo a ciegas. ¿Y si hubiera un bombardeo justo entonces, con ella en ese estado? Me estremecía de sólo pensarlo. No tendríamos más opción que salir corriendo, mi mujer con el bebé a la espalda y yo con la niña. Pero mi cuñada sola no podría defender la casa, así que ella también tendría que venir con nosotros. A juzgar por lo que los aviones aliados habían hecho en Tokio, había que suponer que la ciudad de Kōfu sería totalmente destruida, incluyendo seguro la consulta del médico donde llevábamos a la niña. Las demás clínicas no se salvarían tampoco. No quedaría un solo médico en la ciudad. ¿Qué sería de nosotros entonces?
—No me importa lo que hagan con nosotros. Sólo desearía que tuvieran la consideración de esperar todavía un mes. —La misma noche que expresé sonriendo esta opinión mientras estábamos sentados cenando, escuchamos la sirena antiaérea por primera vez y, casi seguido, las conocidas explosiones tonantes y el iluminarse del cielo sobre nosotros. Habían empezado a lanzar las bombas incendiarias. Oí una serie de salpicoteos: era mi cuñada arrojando la vajilla en la pequeña alberca junto al porche.
Era el peor momento para que se produjera el ataque. Me cargué a la niña ciega a las espaldas. Mi mujer hizo otro tanto con el chico y corrimos fuera agarrando cada uno una colchoneta. Corrimos unos diez cuarteles, teniendo que refugiarnos en zanjas dos o tres veces por el camino, antes de alcanzar campo abierto. No habíamos hecho más que extender los futones en un campo de cebada recién segada y sentarnos a recobrar el resuello cuando un diluvio de fuego cayó del cielo justo sobre nosotros.
«¡Meteos bajo el futón!», le grité a mi mujer y yo me eché el mío por encima, echado boca abajo con mi hija aún atada a la espalda. Pensé en lo atrozmente doloroso que sería un impacto de lleno.
Nos libramos, pero cuando aparté el futón vi que estábamos rodeados de un mar de llamas. «¡Levantaos todos y apagad el fuego! ¡Apaguen el fuego!», aullé, no sólo a mi mujer sino lo bastante fuerte para que me oyeran todos los que nos rodeaban echados por tierra. Todos empezamos a sofocar las llamas con nuestras colchonetas y mantas. Casi tuvo gracia con la facilidad que se extinguió. Aunque mi hija no pudiera ver nada, tuvo que sentir que algo extraordinario estaba pasando: se aferraba a mis hombros en silencio, sin articular ni un gemido.
—¿Estáis bien?—pregunté a mi mujer cuando volvía con ella una vez que las llamas estaban controladas.
—Sí —respondió en voz baja—. Esperemos que acabe aquí —para ella, al parecer, las bombas incendiarias no eran nada comparadas con las explosivas.
Nos trasladamos a otro lugar del campo a descansar y al punto comenzó de nuevo la lluvia de fuego. Puede sonar extraño, pero se me ocurrió pensar que quizá haya en todos nosotros una chispa divina, al fin y al cabo. No sólo mi familia, todos los que nos habíamos refugiado en aquel campo salimos ilesos. Nos afanamos juntos en extinguir los pegajosos y grasientos pegotes en llamas con las mantas y los futones, y luego nos sentamos a descansar.
Mi cuñada partió hacia la casa de un pariente lejano, a unos seis kilómetros de la ciudad, en la sierra, para buscar comida para el día siguiente. Mi mujer, los niños y yo nos sentamos en un futón y usamos el otro para cubrirnos. Nos pareció que lo mismo podíamos instalarnos allí que en cualquier otro lugar. Yo estaba agotado de correr de un lado para otro con la niña a cuestas y ya no podía más. Los niños dormían plácidamente bajo el futón mientras nosotros oteábamos abstraídos el resplandor de Kōfu ardiendo. El rugido de los aviones había menguado bastante.
—Supongo que ya acabó —dijo mi mujer.
—Sí. Bueno, yo por lo menos ya he tenido bastante.
—La casa habrá ardido seguro.
—Nunca se sabe. ¿Y si estuviera todavía en pie? ¿Qué alegría, no? —era mucho esperar, claro, ¿pero no sería maravilloso que la casa siguiera intacta?— Pero es poco probable.
—Sí, sería un milagro.
Pero era duro abandonar el último atisbo de esperanza. Una granja ardía justo delante de nosotros. Tardaba un tiempo increíble en arder hasta los cimientos. Casi podías ver la historia de aquella casa consumirse en las llamas junto con la cubierta y los pilares. Por fin la noche quebró en un pálido albor.
Llevamos a los niños a la escuela pública, que no había ardido. Nos dejaron descansar en un aula del segundo piso. Los niños se fueron despertando, pero incluso despierta la niña seguía con los ojos cerrados, claro. Se divertía trepando a tientas a la tarima del profesor y cosas así. Su mal no parecía preocuparla.
Los dejé allí y salí a revisar la casa. Sólo caminar por las calles ya era un suplicio con la soflama y el humo de las casas en rescoldos a ambos lados, pero dando un rodeo y tras cambiar de dirección unas cuantas veces, me las apañé para llegar a nuestro barrio. ¡Que alegría si la casa estuviera todavía en pie! Pero claro, no podía ser... me decía a mí mismo que no debía tener expectativas, pero el fantasma de aquella posibilidad entre un millón seguía asomando pertinazmente. Apareció ante mi vista la cerca negra de madera. ¡Sí, allí estaba! Pero no, resultó que sólo estaba la cerca. La casa había sido totalmente arrasada. Mi cuñada estaba de pie en las ruinas con la cara tiznada de hollín.
—Hola. ¿Cómo están los niños?
—Están bien.
—¿Dónde están?
—En la escuela.
—Tengo unas bolas de arroz. Tuve que caminar como una desesperada, pero conseguí algo de comer.
—Gracias.
—No nos vengamos abajo. Mira esto. Casi todo lo que enterramos está bien. Por ahora saldremos adelante.
—Teníamos que haber metido más cosas.
—No pasa nada. Con esto podemos llamar a cualquier puerta sin bajar la cabeza. Voy a llevar algo de comida a la escuela. Tú quédate aquí descansando. Toma, cómete todas las que quieras.
Una mujer que no tendría más de veintisiete años y en algunos aspectos era mucho más madura que el hombre de más de cuarenta que yo era. Una verdadera roca; un dechado de templanza. El mequetrefe de su cuñado se puso a arrancar unos ripios de la cerca y, colocándolos en el suelo del patio trasero, se sentó encima con las piernas cruzadas a hincharse los carrillos con el arroz que ella había conseguido. No se me ocurría ningún expediente, ningún plan de acción. Fuera por inútil o por puro imbécil no pensé siquiera qué haríamos después. Lo único que de verdad me preocupaba era el mal de mi hija. ¿Quién la iba a tratar ahora?
[...] Mi mujer y yo nos echamos cada uno un niño a la espalda y salimos para la clínica, atajando entre las moraledas. En diez minutos estuvimos allí, al pie de la montaña. La oculista era una mujer.
—La niña no puede abrir los ojos. Estábamos pensando ir a la casa familiar del pueblo, pero es un viaje largo en tren, y no querríamos que empeorara por el camino. Ya no sabemos qué hacer —secándome el sudor de la cara describí vehementemente los síntomas, con la esperanza de incitar a la doctora a hacer cuanto estuviera en su mano.
—Pero bueno ¿a esto se refiere? —dijo alegremente—. Esto se despejará en nada.
—¿De verdad?
—No ha afectado en absoluto a los ojos. En cuatro o cinco días podrán viajar sin contratiempos.
Mi mujer intervino para preguntar si no había ninguna inyección indicada para aquello.
—Pues sí que la hay, pero...
—Doctora, se lo ruego... —dijo mi mujer con una profunda inclinación.
Fuera por la inyección o por el natural desarrollo de la infección, el caso es que mi hija abrió los ojos dos días después de visitar la clínica, por la tarde. «¡Gracias a Dios! ¡Menos mal!», eso es lo único que yo acertaba a repetir. Lo primero que hice fue llevarla a ver lo que quedaba de la casa.
—¿Lo ves? Se quemó todo.
—Sí —dijo con una radiante sonrisa—, se quemó todo.
—No queda nada. Ni el señor conejito, ni nuestros zapatos, ni la casa de los Odagiri ni la de los Chino; todo quemado.
—Sí, todo quemado —repitió, sin dejar de sonreír.
Dazai Osamu
Ser joven, y no ser revolucionario es una contradicción biológica.
Salvador Allende.