El Huaso, parte 40: Práctica
—¿Tan rápido lo perdonaste? —me preguntó sorprendido el Bryan, cuando le conté por WhatsApp que había perdonado al Huaso.
—Sí… no tenía ganas de pelear, y él estaba muy arrepentido —le expliqué.
—¿Te dió alguna garantía de que no te volvería a tratar así?
—No, pero manteniéndome bien lejos de La Serena debería andar todo bien, supongo.
—Puede ser, pero no sé, creo que te equivocaste. ¿Le preguntaste al menos si había pasado algo con su ex?
—Porque no creo que sea capaz de hacerlo… por algo quería volver a estar conmigo.
Después de contarle a mi amigo la situación con el Huaso, me sentí bastante tonto. Quizás lo había perdonado muy luego, o no le había hecho las suficientes preguntas, pero en realidad me daba un poco de miedo saber la verdad.
Al menos, desde mi punto de vista, podía volver a estar con el Huaso, sin Maris o Suegros que se interpusieran en nuestro camino, así solo teníamos que lidiar con las barreras sociales cotidianas, a las que estábamos ya acostumbrados.
—¿No te molesta haber quedado emparejado con la Claudia para la práctica? —le pregunté al Huaso al día siguiente, mientras jugábamos play en mi pieza.
—Porque la otra vez me contaste que estabai chato de trabajar con ella en la tesis —le recordé.
—Ah si, pero eso ya lo solucionamos. Apenas entregamos la tesis nos olvidamos de eso.
—¿Acaso estay celoso? —me preguntó sorpendido—. ¿Mi Larry está celosito? —cambió a un tono juguetón.
—¿De la Claudia? —le dije con tono sarcástico, pero la verdad era que después de lo ocurrido con la Mari, sí me había vuelto más celoso, o inseguro, mejor dicho, ya que no se lo demostraba al Huaso—. No, solo preguntaba para saber como te sientes —me hice el loco.
—Está bien, con la Claudia nos llevamos re bien, es como mi hermana. Si peleamos esa vez fue una wea del momento —me explicó, aunque estaba seguro que la Claudia no lo quería solo como su hermano—. ¿Y tú?, ¿Qué piensas de haber quedado con el Victor?
—No sé, creo que voy a tener que calmarlo. Se nota que está muy nervioso por esto de las practicas.
—Si po, el otro día se puso muy nervioso cuando le hablé al respecto. Nunca lo había visto así.
En ese momento mi mamá asomó la cabeza por la puerta y nos dijo que iría al súper con mi papá, y nos preguntó si queríamos algo. Nosotros le respondimos negativamente, esperando que se fueran luego. Al quedarnos a solas, mientras esperábamos escuchar el ruido de la reja cerrarse al salir mis padres, el Huaso se me abalanzó y me comenzó a besar fogosamente.
—Espera, terminemos la partida por último —le dije.
—Bueno —aceptó a regañadientes.
—Que no se vuelva costumbre dejar el juego a medias —le recordé la vez que jugamos en su pieza en La Serena. El Huaso se sonrojó.
—Ya, el que pierde es el pasivo —propuso mi pololo, intentando darle emoción al juego.
—¿La idea es que me deje perder? —le pregunté coqueto.
—Si tú quieres, no puedo hacer nada contra eso —me respondió de la misma forma.
Terminamos la partida de PES, y yo le gané por 3 a 2.
—Creo que deberías replantearte tu rechazo a jugar a la pelota —me dijo, mientras dejaba el joystick a un lado.
—Al parecer soy bueno en eso y no lo sabía.
El Huaso se acercó a besarme, mientras pasaba su mano por debajo de mi polera.
—Muy bueno —dijo finalmente, tras el beso.
Me volvió a besar, esta vez con mas pasión. Con su mano comenzó a masajear mi paquete, que ya estaba completamente duro. Me acomodó en la cama, y se montó encima mio, se sacó la polera y volvió a besarme.
Mis manos recorrían su torso, desde sus pectorales hasta sus abdominales, y luego hacia la parte posterior, donde presionaba mis dedos contra su espalda. Comenzó a mover su pelvis, rozándola contra la mía, mientras yo apretaba sus glúteos con mis manos sobre su short de tela.
El Huaso me sacó la polera y luego se acomodó para sacarse el short. Yo hice lo mismo y quedamos ambos completamente desnudos. Mi pololo acercó su pelvis a mi cara y yo entendí de inmediato lo que debía hacer.
Le hice sexo oral, disfrutando cada centímetro de su miembro, aguantando estoicamente las veces que él presionaba mi cabeza contra su pelvis.
Se acercó a mi rostro con una sonrisa y me besó, felicitándome por mis habilidades orales.
—Casi olvido lo rico que lo hacías —me dijo, y luego me volvió a besar.
Bajó por mi cuerpo, besándome el pecho y el abdomen hasta llegar a mi pubis. Esta vez fue su turno de hacer el sexo oral, y me estremeció con su destreza. Intercambiaba su enfoque, entre mi pene y mi ano, donde a la vez utilizaba sus dedos para estimularme aún más.
Se acercó a besarme mientras me masturbaba. Levantó mis piernas y las puso en sus hombros, y acomodó su miembro. Lo metió despacio, como evitando hacerme daño. Cuando estuvo completamente adentro solté un suave gemido. Nos miramos a los ojos y sonreímos.
Comenzó a mover su pelvis, de adelante hacia atrás, con movimientos suaves y constantes, provocándome espasmos de placer en mi cuerpo. Se acercó a besarme, y se acomodó para quedar recostado en la cama. Yo me monté encima de él y rápidamente puse su pene dentro mío, y lo comencé a cabalgar.
Le encantaba lo que hacía, y lo demostraba cerrando los ojos y mordiéndose los labios. Con sus manos acariciaba mis piernas y mis glúteos, y yo me acerqué a besarlo, mientras aún movía la parte inferior de mi cuerpo.
Luego él se inclinó a besarme, mientras con sus brazos rodeaba mi torso y me abrazaba. Yo seguía con mis movimientos, provocándole sonoras exhalaciones de placer. Comenzó a gemir más fuerte, sin limitarse por el ruido que hacía, y yo lo seguí, liberando mis gemidos también, a la vez que comencé a mover con más rapidez mi pelvis, lo que culminó en un ultimo gemido ronco de su parte.
Sentí como su semen se liberaba dentro mío, y él comenzó a masturbarme, para asegurarse que yo también tuviera mi orgasmo. No tardó mucho en hacerme eyacular, y con sus dedos llenos de mi semen, los metió en mi boca, y luego me besó.
—Yo también —no pude contener mi sonrisa de felicidad.
Nos acostamos en mi cama, besándonos, y no nos dimos cuenta cuando nos quedamos dormidos.
Despertamos cuando mi mamá golpeó la puerta avisándonos que estaban preparando la once. El Huaso se levantó de un salto, asustado, y comenzó a vestirse altiro, y me dijo que se iría sin comer.
—No me voy a quedar a tomar té así todo sucio —dijo con vergüenza.
—Bueno —entendí—. Nos vemos entonces —le dije, sentado en la cama, con apenas el bóxer puesto.
—Aunque viéndote así no me dan ni ganas de irme —se acercó a besarme y se sentó en mis piernas—. Te extrañé tanto
—Si claro, mi cuerpo extrañaste —le dije fingiendo enojo.
—También —se rió y me besó—. Pero extrañé estar contigo, jugar, reírnos… tirar —se volvió a reir, como un niño que dice una grosería sin permiso.
Se levantó, y abrió la puerta.
—Espera a que me vista por último po —le dije, levantándome rápidamente para tomar el short y la polera.
El Huaso se rió y volvió a cerrar.
Bajamos los dos juntos, completamente vestidos e intentando pasar piola. Mi pololo se disculpó con mis padres porque no se podía quedar a comer, y les agradeció su hospitalidad. Mis padres se despidieron con la afabilidad que los caracterizaba, y luego nos sentamos a comer.
Al llegar el lunes, nos juntamos fuera de los camarines del área clínica los ocho a los que nos tocó hacer la práctica ahí en el hospital. Estábamos todos nerviosos, pero nadie lo demostraba más que el Victor.
—Oye, tranquilo, que todo va a salir bien —le dije, para tranquilizarlo un poco.
—Si, si —me respondió ensimismado, sin creerlo realmente.
Nos fuimos al hospital, los 8 juntos, y en parejas nos mandaron a las distintas secciones, las cuales irían rotando cada 4 semanas, completando así 20 semanas de práctica profesional. Con el Victor nos tocó en Urgencias, y llegamos a las 8 en punto.
Cuando llegamos al lugar, nuestra supervisora nos recibió y nos hizo una prueba oral, de la cual salimos airosos (aunque el Victor se enredaba en sus respuestas). Nos designó tareas que hacer y nosotros las hicimos y trabajamos durante el día, casi sin la presencia de ella debido a la ajetreada rutina de la sección.
—¿Qué opinas de la supervisora? —me preguntó el Victor en una de nuestras primeras tardes de estudio post jornada.
—¿Cómo?… es media pesada —respondí esperando haber interpretado bien su pregunta.
—No me refiero a eso po Larry —se rió.
—¿Cómo la encontrai físicamente? —especificó.
—Ah —pensé un poco la respuesta—, es bonita —respondí escuetamente, la verdad me ponía incomodo hablar sobre la apariencia de las mujeres. La supervisora era unos cinco años mayor que nosotros, y de verdad era bastante bonita de rostro.
—¡Es muy rica! —exclamó él, abriendo los ojos expresivamente.
—Ya, si, es muy linda —coincidí, aunque en mis propios términos.
—¿Crees que me tenga ganas? —me preguntó.
No pude aguantar la risa.
—¿Por qué dices eso?, dudo que te tenga ganas.
—¿Estay diciendo que soy feo? —puso cara de pena.
—No, nada que ver. Pero wn, es nuestra supervisora, no puede tenerte ganas. Aparte que yo sepa no ha mostrado señales de que le gustes, o alguna señal de emoción en realidad —ella era bastante seria y estricta.
—No sé, es una tincada —dijo pensando—, así como tenía una tincada hace años que erai gay po, y le achunté.
—¿Qué? —estaba sorprendido—. ¿Pensabas que era gay antes de que te lo dijera?, ¿por qué?
—Si po, o sea, eran tonteras en verdad, puros prejuicios que ahora me doy cuenta que na que ver.
—¿Como cuales? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Lo obvio, que no jugabai a la pelota —se rió. Lo suponía—; y bueno, otras cosas. Por ejemplo, habían veces que pasaba alguna mina rica, con ropa apretada y todo, así onda que te atrapa la mirada, y tu no la pescabas, te quedabas enfocado en lo que sea que estuvieras haciendo. Y bueno, también te pillé varias veces antes, que te quedabai pegado mirando al Huaso, al Bryan y a otros weones —se volvió a reir, y yo me puse rojo.
—¿Tan poco disimulado soy? —pregunté sorprendido.
—Poquísimo —se rió—, aunque no te culpo, el Huaso igual es el medio weon.
—Cuidadito —le dije, fingiendo celos—, que el Huaso esta conmigo.
—Tranqui Larry, si no soy de andar robando pololos. Aparte estoy enfocado en la supervisora por ahora —miró hacia arriba, como viéndola en su mente.
Pasaron los días y las semanas, y nuestra supervisora seguía sin mostrar ninguna señal de emoción, lo que parecía cautivar aún mas al Victor, que gracias a su crush pudo soltarse más y tener mas confianza en sí mismo, aunque para las interrogaciones seguía enredándose en los conceptos.
El ritmo de las prácticas nos tenía a todos agotados, y apenas podía ver al Huaso y al Bryan durante la semana (solo cuando nos cruzábamos en los camarines), porque con el Victor nos juntábamos casi todos los días a estudiar y a repasar la materia y los procedimientos prácticos.
El Huaso estaba feliz siendo pareja de la Claudia, ya que ella tenía buena cantidad de esquemas y resúmenes que hacían el estudio mas fácil. El Bryan con la Cata siempre se habían llevado bien y se complementaban perfectamente para el trabajo. Yo era el único que no había tenido una experiencia tan cercana con mi pareja de practica, pero de todas formas me sentía cómodo con él.
El primer sábado nos juntamos los ocho a carretear en la casa de la Claudia. La idea era despejarnos y relajarnos por nuestra primera semana, pero al final estuvimos gran parte de la noche contando nuestras experiencias y anécdotas con los distintos supervisores.
—La súper de nosotros es hermosa —comentó el Victor. Llamando la atención del Huaso y el Bryan.
—Pero es un plomo —recalqué, lo que no pareció importarles.
—El de nosotros también es el medio mino —comentó la Claudia—, ¿cierto Huaso?
—Mm si, tiene buena pinta —dijo sin interés, aunque incómodo. Miró serio a la Claudia, quien había olvidado la presencia de dos invitadas que no pertenecían a nuestro grupo principal.
—Nuestro supervisor es muy simpático, casi no nos hace preguntas y nos deja trabajar tranquilos —dijo la Cata, para romper la tensión que se había generado.
Finalmente el comentario de la Claudia pasó prácticamente desapercibido, y continuamos conversando y compartiendo de buena forma.
Pasaron los meses y fuimos rotando de área en área. Mi relación con el Víctor se fue afirmando cada vez más, y pude ver como él también agarraba mas confianza, llegando al punto en que él me tenía que ayudar a calmarme en ocasiones.
El Huaso con la Claudia, en cambio, eran otra historia.
—Me cagó llamándome la atención en voz alta frente al supervisor, diciéndome que me lavaba mal las manos —me dijo el Huaso una tarde del tercer mes en el camarín, después de terminar la jornada. Estaba muy enojado, rojo por la furia.
—¿Y que te dijo el supervisor? —le pregunté preocupado, sentado a su lado mientras le acariciaba la espalda.
—Me dijo que esa wea tenía que manejarla bien, y que me iba a bajar puntos en la evaluación por eso. Y después felicitó a la Claudia por ser buena profesional, por haberme llamado la atención y no haberse quedado callada para protegerme
—Tranquilo, amor —le dije—. Estoy seguro que esa wea no te va a afectar en total en la evaluación, si eres seco —le acaricié el pelo para calmarlo. Sabía que eso lo relajaba.
—Es que igual después de eso me puse re nervioso, y aparte por la rabia, me puse weon, se me caían las cosas… —dijo con pesar.
—Ya, pero es un dia nomas, de veinte. Mañana vas a estar mas tranquilo y lo vas a hacer todo bien.
—Obvio po —le dije sonriendole—. Aparte, ¿tu crei que si fuerai torpe estaría pololeando contigo?
—No se po —se rió—. Gracias —me dio un beso en la boca.
—Que esto te sirva para no volver a confiar en la Claudia po —le dije finalmente, apagando el fuego con bencina—. Tarde o temprano te iba a cagar.
Al comenzar nuestra cuarta sección, con el Victor llegamos a conocer al supervisor que les tocó a la Claudia y al Huaso en su primer mes. Si bien mi compañera había comentado abiertamente el atractivo físico del supervisor, yo por alguna razón preferí no creerlo, aparte que el Huaso también era muy escueto a la hora de referirse a él. “Si tampoco es la gran wea, le pone color la Claudia”, me respondió mi pololo una vez que le pregunté.
De todas maneras al llegar ese dia lunes a las 8 de la mañana quedé impresionado. De facciones marcadas y cabello claro, el supervisor se notaba que cuidaba su cuerpo, y le gustaba presumir de él asegurándose de que las mangas del traje clínico le quedaran apretadas, al igual que el pantalón. Intenté no hacer evidente mi impacto, aunque claramente no lo logré.
—Cierra la boca, wn —me dijo el Victor pegándome en las costillas cuando el supervisor se acercaba a nosotros.
Él se presentó como Ignacio, y nos mostró el área de trabajo, las salas y a nuestros nuevos compañeritos del mes.
—Te dejó loco el súper este —me comentó el Victor mientras almorzábamos unos nutritivos completos del kiosco.
—Es que la cagó —le dije, sin negarlo—. Dime acaso que no es rico —le dije para ver que tan frágil era su masculinidad.
—Si, estaba bueno el weon —admitió—. Coquetéale a ver si te sube la nota.
—Ni cagando —me reí—. Capaz que sea homofóbico y me repruebe. Me conformo con mirarlo nomas.
—Ah ya —dijo, intentando poner cara seria—, mira que estaba a punto de avisarle a mi amigo Huaso.
A mediados de semana, Nacho el supervisor me llevó con él a ver a un paciente, para observar el manejo, mientras el Victor hacía papeleos.
—Pero mantente a mi lado, no te quedes atrás —me decía, mientras íbamos caminando.
—Es que aún no me ubico bien acá, quería recordar el camino —inventé, para que no se diera cuenta que me había quedado embobado mirándole el trasero.
Llegamos a ver al paciente, que no se encontraba en su cama. El supervisor salió de la habitación para preguntar donde estaba, pero el paciente salió del baño en ese preciso momento, caminando con dificultad. Era bastante guapo, de unos treinta y tantos años, pelo negro corto y barba, tenía cicatrices de costras en la cara, y el cuerpo fornido cubierto por su bata de hospital, sin abrochar por detrás.
—¿Me ayudas? —me preguntó con confianza, señalándome las amarras en su espalda y mostrándome el yeso que llevaba en su brazo izquierdo.
Asentí con la cabeza y se volteó dándome la espalda. Pude ver privilegiadamente que no llevaba nada bajo la bata, dejando a la vista un trasero bien trabajado y firme, y tenía varios moretones en la espalda. Me tomé todo el tiempo del mundo, con la vista fija en sus glúteos, hasta que me di cuenta que no podía seguir alargando el momento.
—Listo —le dije finalmente.
—Gracias compadre —me hizo una mueca de agradecimiento y se acostó en la cama.
—¿Cómo te hiciste eso? —le pregunté, señalándole el brazo.
—Deberías saber, ¿o no? —me respondió un poco desafiante, señalándome la carpeta con su ficha médica, que tenía en mi mano. Se rió y luego continuó—. Tuve un accidente andando en moto —automáticamente me lo imaginé con una polera negra, y un jeans apretado sentado en su moto, inclinado hacia adelante y con el trasero hacia atrás, asomándose levemente la pretina de la ropa interior.
En ese momento volvió mi supervisor a la habitación y se puso a atenderlo, mientras yo miraba. El paciente le dijo que sentía una molestia en la espalda, e Ignacio le dijo que se acostara de guata en la cama.
Pude ver nuevamente sus bien trabajados glúteos, que me hacían acordar los del Huaso. El supervisor le desabrochó la bata, dejando al descubierto toda su espalda. Comenzó a palpar su espalda baja, pasando sus dedos peligrosamente cerca de la línea interglútea. Presionaba con el dedo índice en la parte superior de los glúteos, con el propósito de descubrir si presentaba alguna alteración subcutánea, mientras yo observaba en silencio, intentando que no se hiciera manifiesta la excitación en mi pantalón.
—No siento nada anormal, pero de todas formas llamaré al kinesiólogo para que venga a verte.
Abandonamos la habitación, y yo no podía creer que había presenciado tal nivel de homoerotismo con los dos weones mas ricos que había visto en los últimos días.
—Tienes que ser más proactivo —me aconsejó Ignacio, una vez abandonamos la habitación, ignorando que mi silencio era para enmascarar otras cosas.
Al terminar la jornada, el Huaso me estaba esperando en los camarines, ya que habíamos acordado ir al cine después de la práctica, y le conté lo que había presenciado mas temprano.
—No voy a seguir escuchando esta wea —dijo el Victor riéndose, y se despidió de nosotros tras ponerse rápidamente un buzo y una polera común.
—Quédate con ese weon potón entonces, si tanto te gustó po —me dijo un poco enojado el Huaso, una vez que el Victor salió del camarín.
—Ya, pero no te pongai celoso —le dije, sin perder el ánimo—, si sabi que no te cambiaría a ti —le dije, dándole un beso, que él recibió sin protestar—. No cambiaría por nada esto —le di un agarrón de glúteos.
—¿Ah si? —me dijo, volviéndome a besar, con mas pasión.
—Si. Nunca —le respondí, y nos quedamos besándonos fogosamente.
El Huaso me daba agarrones de glúteo también, primero sobre el traje clínico, pero no tardó mucho para deslizar sus manos por debajo de la tela. Me saqué la parte de arriba del traje, y el Huaso me presionó contra los casilleros mientras me besaba, provocando un fuerte ruido, ante el cual nos reímos.
Estábamos en eso, desatando nuestra pasión a besos, cuando apareció el Bryan a nuestro lado, haciendo sonar la garganta para que nos percatáramos de su presencia.
—Permiso… —dijo mirando al suelo. En ese momento me di cuenta que habíamos golpeado su casillero con mi cuerpo.
Con el Huaso nos asustamos al principio, pero nos relajamos un poco cuando vimos que era el Bryan. “Puta la wea” escuché que dijo entre dientes mi pololo.
—Disculpa —le dije con un poco de vergüenza, intentando no hacer tan incómodo el momento. Busqué su mirada, pero me evadía.
El Huaso se fue un par de casilleros mas allá, para recoger sus cosas y cambiarse de ropa, mientras yo seguía sin polera, buscando en mi casillero mi bolso.
Miré a mi lado y me di cuenta que el Bryan se limpiaba la cara con el dorso de la mano.
—¿Bryan estas bien? —le pregunté, acercándome a él, preocupado. Me miró a los ojos y vi que los tenía rojos, y llenos de lágrimas—. ¿Qué te pasó?
—La Karen… —comenzó a decir y tomó una pausa— me mandó un whatsapp diciéndome que quería terminar conmigo.
Me senté a su lado y le crucé el brazo por la espalda, intentando consolarlo.
—Larry, ¿nos vamos? —me dijo el Huaso, que ya se había cambiado de ropa.
—Espérate un rato, porfa —le pedí, indicándole que el Bryan estaba mal.
—Nos vamos a perder la película —argumentó el Huaso, exasperándose.
—Pato —lo miré serio, para que se ubicara—, aún tenemos tiempo.
—Anda nomas —me dijo el Bryan en voz baja.
—Estay loco —le dije a mi amigo, indicándole que no lo dejaría estando así.
—Ya, chao —dijo el Huaso entre dientes, cerró con fuerza el casillero, tomó su bolso y se fue.
Me quedé meditando por un momento, si me quedaba con mi amigo, intentando hacer que se sintiera mejor, o si por otro lado, salía a buscar a mi pololo para decirle que me esperara un rato más. Después de pensar unos segundos, me decidí.
—Cuéntame, ¿Qué pasó con la Karen? —le pregunté a mi amigo.
Siguiente Capítulo: El Aniversario