Solenoide
El hecho de no haberme convertido en escritor, el hecho de no ser nada, de no tener importancia alguna en el mundo exterior, de que no me interese nada de él, de no tener ambiciones ni necesidades, de que no me engañe a mi mismo dibujando "con sensibilidad y talento" puertas que no se abrirán jamás en la lisas paredes del laberinto, me ofrece una oportunidad única o, tal vez, la oportunidad que ofrece a todos los solitario y olvidados: la de explorar los vestigios extraños de mi propia mente tal y como aparecen en ella a lo largo de la retahíla interminable de noches en las que, mientras anochece poco a poco en mi habitación silenciosa, mi cerebro sale como si fuera la luna y brilla cada vez más. Atisbo entonces en su superficie palacios y mundos escondidos que no se les muestran nunca a los que, obsesionados con su pedacito de queso, corren por el laberinto sin concederse un momento de reposo, convencidos de que más allá de las paredes blancas y curvas no hay nada. Me pregunto cuántos individuos solos e insignificantes, cuántos funcionarios y cuántos conductores de tranvía, y cuántas mujeres desgraciadas y sufrientes, sin fortuna o sin títulos universitarios, sin fuerzas y sin esperanza, son tan solo cavadores de la tierra fértil de los crepúsculos de otoño, llena de larvas y de gusanos, que tiembla con el correteo de los topos por sus túneles.














